Artes y Letras

La Semana Negra de Gijón cumple 32 años

No existe tema peregrino o baladí en la Semana Negra, todo interesa, desde las nuevas propuestas de los narradores jóvenes del género hasta el estado del cuento en Panamá, las historias apocalípticas del rock o cómo afecta el derecho a los superhéroes.
No existe tema peregrino o baladí en la Semana Negra, todo interesa, desde las nuevas propuestas de los narradores jóvenes del género hasta el estado del cuento en Panamá, las historias apocalípticas del rock o cómo afecta el derecho a los superhéroes. /Cortesía

Milan Kundera decía que la novela es el territorio donde nadie posee la verdad, pero todo el mundo tiene derecho a ser comprendido. La Semana Negra de Gijón se erige un año más en ese topos trascendente, un sitio donde se comprende incluso a los asesinos en serie -aunque no se comparta su ideario, claro-. Este año hay una vocación de renovación y de creación de vínculos internacionales. Ha cambiado incluso su mascota, que de Rufo a pasado a Rufa, bañada en los efluvios de la reivindicación feminista. Los tentáculos a lo Cthulhu vibran en todas direcciones: hacia Argentina -BAN-, con Francia -Goéland Masqué-, con Italia -Torino Noir-… En esa dinámica me encuentro a Alexandra Ramírez, José Campoh y Fernando López. La guapa boliviana es directora del festival de cómic “Viñetas con Altura”, que ya dura 14 años, el nexo con Colombia se realiza mediante José Campoh, director del festival “Calicomic”, en Cali, con una solera de 25 de años, y hacia el cono sur nos dirigimos con Fernando, cuyo festival “Córdoba mata” se presenta este 2019 con el sugestivo logo “Justicia, superstición y muerte”. ¿Quizás algún día nos liemos con Miami?

El Tren Negro llega desde Madrid a Gijón cargado de autores que se batirán dialécticamente durante nueve días en un entorno popular de atracciones, terrazas y fiesta. No se trata de decir la verdad -al no ser un objeto definible y preexistente al mensaje-, escribía Simone Weil, sino de hablar de escribir con el espíritu de la verdad, es decir, teniéndola como meta. Tebeos, novelas negras, ciencia ficción, música, fotografía, cine, jams poéticas, sociología, periodismo de investigación, cuentacuentos… siempre con una cerveza o un pincho de tortilla en la mano.

La presencia internacional es potente: John Connolly con su mezcla de gótico y noir, que al decir de los expertos hizo germinar el famoso True Detective de Pizzolatto; el thriller legal de Steve Cavanagh; los asesinatos históricos de Milos Urban; las calles insomnes de Manchester recorridas -y ensangrentadas- por Joseph Knox; la novela nórdica de Johana Gustawsson… En el apartado español, la intención es, según Ángel de la Calle, el director, mantener cada año a los diez o quince autores más importantes del país en una rueda constante: Lorenzo Silva, Rosa Montero, Ignacio Martínez de Pisón… y en un ejercicio de transversalidad, mezclarlos con los grandes fenómenos de superventas en las redes sociales, como Javier Castillo o Blue Jeans, en un permanente mestizaje que forma parte del ADN del festival desde su año 1.

Desde el principio, desde la época en que la novela negra no era el filón madre de la literatura, sino la periferia, la Semana Negra apostó por demostraciones artísticas en ocasiones denostadas, como el cómic o la novela de terror: Keko, con su trilogía Yo, asesino, Yo, loco y Yo, mentiroso, o Jesús Palacios con su denso libro TerrorVisión, sobre los relatos que inspiraron el cine de horror moderno, son perfectos exponentes. En la película Town without pity -1961- le preguntan a Kirk Douglas si cree que los americanos tienen el monopolio de la libertad de expresión, y él contesta con un cinismo cansado que no: todo el mundo tiene derecho a revolver en la mierda.

Tanto el periodismo de investigación como el fotoperiodismo conforman otro prisma de la Semana Negra, con los ensayos de Miguel Carretero “En el corredor de la muerte”, sobre el rocambolesco caso de Pablo Ibar -sobrino del mítico boxeador Urtain-, aún preso y vestido de naranja en una cárcel de Florida, o “Cazaré al monstruo por ti”, de Manuel Marlasca, sobre la caza de la policía judicial de un terrorífico pederasta en Madrid. Las sesiones golfas de poesía y conciertos no cesan cada noche, y como decía Tony Curtis en Sweet smell of success, no hacen nada que él no haría, lo que les concede un montón de libertad.

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Cartel de la 32 Semana Negra de Gijón. /Imagen de cortesía

Los nuevos vientos feministas se traducen en un cambio de sexo: la mascota del festival, Rufo, se ha convertido por arte de birlibirloque en Rufa, que saca músculo en un remedo de Rosie La Remachadora “We can do it”. Siguiendo su estela hay numerosas mesas en la que se generan escolásticas de género, Roxa Luxemburgo, Kate Miller, Jane Eyre, las estéticas de la resistencia de género, con nombres propios como Marta Sanz o Susana Carro.

Si, como decía el clásico, España hace los hombres y los gasta, la Semana Negra echa más madera a los temas y autores: aquí siempre se pide la cabeza de Alfredo García, a lo Peckinpah. Y no existe tema peregrino o baladí, todo interesa, desde las mesas de literatura y ciclismo, con Eugenio Fuentes, Luis Pasamonte, Paco Ignacio Taibo II… pasando por las nuevas propuestas de los narradores jóvenes en género negro hasta el estado del cuento en Panamá, las historias apocalípticas del rock, cómo afecta el derecho a los superhéroes o cómo tratar con los tiburones, el libro de Alfonso Mateo-Sagasta y Karlo Simón.

Ya lo decía Terencio: “Soy un hombre, nada me es ajeno”. Y hablando de superhéroes, si en Miami hay mucho admirador de Thanos y la troupe de nuevos mitos griegos a los que se enfrenta, aquí también tendrán reguetón. Entre los cinco premios que se conceden, hay uno específico para las novelas de fantasía, el Celsius 232, y las mesas sobre el tema se suceden, como la de “Philip K. Dick: homenaje o debate” o la de agujeros negros en colaboración con la Universidad de Oviedo. Y no olvidemos la historia, por supuesto, que Juan Maeso de la Torre nos trae Comanche, cuando los dragones de cuera españoles se movían por todo el salvaje oeste americano, rodeados de indios y búfalos, o las luchas en el siglo XV entre moros y españoles de El secreto de Wadi-Ras.

Cuenta Gibbon que cuando el antipapa Juan XXIII fue arrestado en 1416, se suprimieron los cargos más escandalosos: el Vicario de Cristo solo fue acusado de piratería, asesinato, violación, sodomía e incesto. En la Semana Negra también nos ocupamos de todos los cargos que fueron soslayados, así que tienen el entretenimiento asegurado. No nos pierdan de vista.

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