Artes y Letras

 ‘De donde son los gusanos’ crónicas de horror y dolor

Confieso que no quería leerlo. No soy dado a las nostalgias, y ni siquiera tomo café. Al igual que el autor de De donde son los gusanos (Vintage Español, 2019), Néstor Díaz de Villegas, “jugaba al olvido”, pero Zoe Valdés, me lo recomendó, me dijo: “Es un libro muy doloroso. Trata de sus recientes viajes a Cuba”. Al día siguiente, me encuentro casualmente en un supermercado a Benigno Dou, escritor mencionado en el libro, amigo de siempre de Díaz de Villegas, y a quien yo no veía desde hacía muchos años; él me ofrece un ejemplar extra que había encargado “por si alguien se interesaba”. Dos señales seguidas de que debía leerlo.

A las 72 horas, más o menos, de la recomendación de Zoe, yo tenía, obsequio de Benigno, De donde son los gusanos en la mano. Lo leí en un día. No podía soltarlo. Como el autor, pasé del “juego del olvido” al triste “juego del recuerdo”.

Este libro imprescindible y tremendo resume cuatro viajes a Cuba después de 37 años de ausencia a través de una colección de viñetas o crónicas que aparecieron originalmente en el blog del autor: N.D.D.V. Este origen hace que a veces nos quedemos con deseos de saber más de alguna persona, ampliar un incidente, tener más detalles, pero a la vez esa ansia de beber más de esta fuente fresca de un horror olvidado precipita la lectura como en una ceremonia macabra, un oficio de tinieblas. Hay descripciones verdaderamente dantescas: “Nadie cedía el paso a nadie, los taxis se abalanzaban sobre las viejas cargadas de bolsas, el humo negro de mil tubos de escape fumigaba la avenida, hasta donde alcanzaba la vista. Había musculosos camilitos esperando la guagua, muchachas con pantalones de licra con los sexos marcados”. Este libro es un emblema del ‘Inferno’ que no llegó a escribir Lezama Lima.

La comparación no es traída por los pelos, porque hay en Díaz de Villegas un barroquismo que lo acerca al Lezama de Paradiso. Un barroquismo con el sabor apocalíptico del Bosco, pero a la vez con una desbordante riqueza léxica. No conozco a nadie que escriba en castellano con un mayor dominio de la lengua. Va de la cita en latín o de la frase en inglés de un poeta o un cantante de rock a la “guarandinga” más cubanaza. Su poder de adjetivación tiene una originalidad envidiable. No hay aquí redundancias ni gerundios mal puestos, pero abundan las metáforas, las alusiones, las ironías y los guiños para iniciados, para entendidos.

Pero lo mejor de este estilo de culterano desenfado, de insolente profundidad, de desfachatada sensibilidad, es la honestidad que lo engendra y ampara. Una virtud que comenzó a escasear entre cubanos a partir de 1959. De Villegas no quiere epatar a nadie, sus tiempos de poeta maldito y remaldecido han quedado atrás, ha vuelto a Cuba como “un viejo cínico de sesenta años” que se considera “una caricatura de sí mismo”; pero poco a poco estos viajes con motivo de la restauración de una casa familiar se vuelven un oficio de tinieblas, un exorcismo del que lo rescata, apenas, el niño que fuera hace tiempo en Cumanayagua.

Escena a escena, inolvidables, en crescendo, vamos descendiendo al infierno cubano y a la vez el autor va teniendo transformaciones proteicas, cambios de piel, mutaciones. Pasa por el devaneo patriótico de sus ancestros independentistas, el heroísmo de sus primos contrarrevolucionarios a los que les tocó perder en la “lucha contra bandidos” y hasta brevemente es cautivado por el espejismo del “buen comunista” o “buen salvaje” encarnado en un viejo amigo; pero paulatinamente van cayendo las inconscientes vendas y hasta suelta las alegóricas muletas de San Lázaro, para arder finalmente en la realidad monstruosa, el experimento sin redención, la abominación sin absolución posible que es la tragedia cubana y de la que sólo se puede salir huyendo.

Al cuarto viaje, como siempre, la vida supera al arte, un incidente trágico que no quiero revelar al lector, sube los decibeles de este libro-aullido hasta un punto insoportable, desgarrador. Se me hizo difícil terminarlo, no porque perdiera el interés ni me aburriera, sino porque las lágrimas no me dejaban leer. Parece cursi, pero es cierto, tengo un testigo, ya en las últimas páginas temblorosas, recibí la llamada salvadora de una amiga, Anna Sotelo, y al notarme la voz rara me preguntó que si me había despertado, y le expliqué que había estado llorando. Entre nuevos sollozos le hablé del libro…

Sé que esta no es una reseña objetiva, serena, profesional; pero es que este libro tampoco lo es. Ya el dolor de Cuba no es para literaturas. Este no es un libro para leer, es un libro para sentir, y algunas partes, para aprendérselas de memoria. Si las lágrimas lo permiten, claro.

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