Artes y Letras

Hija de revolucionarios: las reveladoras memorias de la hija de Régis Debray

En la tradición literaria hispanoamericana, a diferencia de la anglosajona, escasean las autobiografías y memorias. El poco arraigo que la Reforma protestante tuvo en suelo español, según el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, contribuyó a que los secretos y chismes de nuestras sociedades se fueran quedando en el confesionario. Esa tendencia, sin embargo, ha comenzado a cambiar en las últimas décadas y los “géneros del yo” tienen hoy una presencia cada vez mayor en nuestro ámbito literario. Dentro de esa corriente memorialista se ha destacado un subgénero en el que los autores, sin tapujos ni medias tintas, trazan el itinerario de sus vidas en torno a las figuras de sus padres. El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince, y Correr el tupido velo, de la chilena Pilar Donoso, son representativos de esa modalidad que oscila entre dos polaridades: el amor filial y el resentimiento; la añoranza por el hogar perdido y el ajuste de cuentas. A este grupo de memorias viene a sumarse ahora Hija de revolucionarios (Anagrama, 2018), de Laurence Debray, que aunque es una historiadora francesa, la condición latinoamericana de su libro está más que justificada pues se trata de la hija de Régis Debray y Elizabeth Burgos, los míticos militantes comunistas que llegaron a convertirse en piezas claves de la aventura guerrillera del Che en Bolivia.

“Nada quise saber durante mucho tiempo. Me la habían ocultado; era su historia. Cuanto menos sabía, más protegida me sentía. ¿Para qué hurgar en el pasado?”. Con esta confesión se inicia Hija de revolucionarios, y en esa negación, en esa postergación a “querer saber”, están ya anunciadas todas las contingencias, el drama y la extrañeza que marcarían la vida de la autora. Pero resulta imposible ignorar el pasado de tus padres, o impedir que otros te lo recuerden, cuando eres la hija del hombre a quien muchos han señalado, durante décadas, como el responsable de la delación que condujo a la captura y ejecución del guerrillero argentino. El momento de enfrentar la verdad llegaría durante una entrevista con motivo del lanzamiento de su biografía del Rey de España, Juan Carlos I, en la que un periodista le preguntó si era la hija del intelectual francés acusado de haber entregado al Che en Bolivia. No supo qué responder y a partir de ese momento, invadida por una sensación de malestar y repugnancia, la autora se dedicó a esclarecer aquella sospecha que ensombrecía sus orígenes. Su preocupación era estrictamente de carácter ético, moral, pues como queda expresado a lo largo del libro, el pensamiento político de la hija del autor de ¿Revolución en la revolución?, el manual de la subversión castrista en América Latina, está en las antípodas de la visión ideológica de sus padres.

En ese sentido, Hija de revolucionarios es la historia de una rebeldía: el testimonio de una valiente mujer que lejos de capitalizar el pedigrí revolucionario de sus padres sus padrinos de bautismo fueron la actriz Simone Signoret y el pintor chileno Roberto Matta–, todo el tiempo pone en entredicho sus sectarismos políticos y sus delirios emancipatorios. El bautizo sería, precisamente, su primer acto de insubordinación. Régis Debray se opuso tajantemente a aquella idea retrograda que se le había metido en la cabeza a su hija de diez años y fue solo gracias al apoyo de Matta ¡Lo que puede lograr un surrealista! – que el sacramento pudo consumarse. Otras veces las decisiones de los padres rayarían con la negligencia infantil, como cuando la autora tenía diez años y su padre la sorprendió con el siguiente anuncio: “Ha llegado el momento de que elijas dónde te vas a situar políticamente”. Para fundar su decisión, la pequeña Laurence tuvo que viajar sola a Cuba y pasarse un mes en un campamento de pioneros, donde aprendió, entre otras cosas, a desmontar y montar una ametralladora en menos de un minuto. Después viajó a Estados Unidos, donde permaneció por igual cantidad de días en un summer camp en California. A su regreso a París, la niña sorprendería a su padre con una declaración hedonista: optaba por la vieja Europa, donde “se come bien, se lee bien, se duerme bien”.

Algunos pasajes de Hija de revolucionarios se leen como una novela, como el que narra la historia de las familias de sus padres –la de Elizabeth Burgos: terratenientes venezolanos venidos a menos; la de Régis Debray: ilustres patricios de estirpe proustiana–; el que cuenta los inicios de Debray y Burgos en la militancia política y, sobre todo, el que narra todo el proceso de la captura, encarcelamiento y juicio del primero en Bolivia. “Me he hecho a mí misma gracias a lo que mis padres no eran”, confiesa en un momento la autora, y esa declaración adquiere su mejor definición cuando ésta compara el cautiverio de su padre con las penurias que sufren los disidentes políticos cubanos en las cárceles castristas: “No tuvo que enfrentarse a una tortura sistemática […] al tipo de tortura practicada por su amigo Fidel Castro, que se había convertido en un experto en represión incluso contra aquellos que habían combatido con él en Sierra Maestra”.

El libro de Laurence Debray constituye un testimonio muy útil para entender los entresijos de una época y unos acontecimientos sobre los que todavía queda mucho por escribir. Los lectores de Miami, donde viven tantas personas que crecieron bajo la promesa de un día ser como el Che, encontrarán en la autora una voz afín, solidaria, alguien que, como ellos, quedó “totalmente hermética a las utopías”.

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