Artes y Letras

El paraíso literario de Camilo Pino

Camilo Pino.
Camilo Pino.

Hay novelas que marcan el pulso del tiempo, describen mejor que esa Historia con mayúscula lo que sucede en las arterias de la sociedad. Estas obras son clásicos instantáneos sin necesidad de ser obscenamente políticas, otro panfleto estridente. Solo basta con la confección de personajes sanguíneos que caen en las redes de una trama íntima, personal, construida con eficacia y sensibilidad artística. Esos personajes suelen ser muy jóvenes mientras transitan el camino tortuoso de una educación sentimental.

Entre las obras publicadas en el Siglo XXI que son el fresco de una época a la vez que clásicos recientes figuran Todos se van (Wendy Guerra), Formas de volver a casa (Alejandro Zambra) y Valle Zamuro (Camilo Pino).

El escritor que estudió Periodismo en la Universidad Central de Venezuela y Comunicación en la Universidad londinense de Westminster, próximamente publicará Crema Paraíso (Alianza Editorial). Se trata de un texto irónico y elegante, un vértigo en espiral que es una metáfora potente del desengaño revolucionario y del vínculo complejo entre un padre e hijo. Y también, una novela admirable.

Camilo Pino reside desde hace 19 años en la ciudad de Miami. Parte involuntaria de una diáspora de autores latinoamericanos, en esta entrevista con el Nuevo Herald habla sobre su nueva novela, la literatura de los otros, Venezuela y su vida en los Estados Unidos.

Tu primera novela, ‘Valle Zamuro’, es una historia de iniciación; la segunda, ‘Mandrágora’, tiene sátira y algo de ciencia ficción tropical. Aunque siempre sea difícil hablar de lo que uno escribe, ¿qué me dices de la tercera?

Hace un par de años me senté a escribir una novela de padre e hijo. El padre, un prócer de la cultura, el mejor poeta de su generación. El hijo, un bueno para nada, un jugador de Candy Crush. Los embarco en dos viajes. Uno hacia el pasado, a la Latinoamérica poseída por la fantasía revolucionaria. Y otro, en el presente, a las profundidades del entretenimiento basura, al infierno pixelado de Internet. En el camino está la poesía, pero una poesía cargada de feromonas, frustraciones y ambición, una poesía enferma de prosa, avergonzada de su luminosidad. Me senté a escribir una novela de padre e hijo y me levanté con el manuscrito de Crema Paraíso.

‘Valle Zamuro’ y ‘Mandrágora’ se publicaron en editoriales de prestigio, aunque pequeñas. Ahora Crema Paraíso sale por Alianza, casa editorial con una larga historia en el mercado iberoamericano.

Es verdad, he tenido la suerte de trabajar con editores que han respetado y mejorado mi trabajo. En cuanto a Alianza, sus libros me han acompañado desde temprano, como a todo lector en nuestra lengua. Y es una editorial que está pasando por un momento de renovación y expansión muy interesante. Entrar en ese catálogo me entusiasma mucho. Lo que más aprecio es la oportunidad de ser leído.

¿Para un autor que escribe en español en los Estados Unidos se complica difundir su obra?

Y para el que escribe en euskera en Euskadi o en inglés en Nueva York. Difundir una obra es un trabajo más difícil que escribir. Miento, quizás no sea más difícil, pero sí diferente. Hay escritores muy buenos difundiendo su obra. Yo los veo en Facebook y quiero comer sus meriendas, ir a sus festivales, brindar en sus eventos, pero nunca leería sus libros. Como decía Juan de Mairena, hay libros tan malos que nunca los he leído. Y luego hay otros autores que se pasan la vida callados, avergonzados de su obra, pero se mueren y son Kafka o Poe o Emily Dickinson. Una amiga paisa un día me dijo: deje de preocuparse por el cómo y concéntrese en el qué, póngase a escribir que es lo que importa. Yo trato de hacerle caso. Total, es lo único que puedo controlar.

¿Sigues la literatura venezolana actual?

A Venezuela más que seguirla, la padezco, como la padecemos los millones de venezolanos en el extranjero. Y su literatura, que es mi literatura y que también es la literatura latinoamericana, la sigo todo lo que puedo. Desde que cerraron Altamira, la librería de Carlos Souki, es difícil encontrar libros nuevos. Quedan Internet y las visitas ocasionales de amigos y autores. Opiniones, tengo muchas y variadas. Creo que hay que leer a Enza García Arreaza, una escritora de mucha fuerza; a Yolanda Pantin, Igor Barreto, Adalber Salas y Douglas Gómez Barrueta, poetas excepcionales todos; las novelas de Barrera Tyszka, que por fortuna tienen difusión, o el trabajo de Keila Vall de la Ville, que vive aquí en los Estados Unidos y tiene una novela espléndida, Los días animales. Las listas son complicadas, injustas, subjetivas, así que mejor paro.

¿Qué escritor venezolano fallecido piensas que está injustamente olvidado?

Bueno, como dijiste muerto, pienso en uno que puso a bufar a los eunucos el día de su muerte: Alejandro Rebolledo. Fue horrible, el cuerpo estaba tibio y lo primero que hacen los sacerdotes del canon es excomulgarlo en actos públicos y notorios. Si hubieran podido, queman sus libros. Nunca le perdonaron no haber venido de los círculos literarios y nunca entendieron su literatura. Nunca la van a entender, porque se metió por caminos vedados a los eunucos. Pero olvidado no está. Pim Pam Pum siempre ha estado presente. Todavía se escuchan los bufidos, y ese es el signo de la buena literatura. Oyelos bien, chillan como los manatíes del realismo mágico.

Vives desde el 2000 en los Estados Unidos. ¿Qué has aprendido de la sociedad norteamericana?

Soy un venezolano que vive en Miami desde hace 20 años. Tengo casi la mitad de mi vida acá. Mis hijos son estadounidenses. Todo mi trabajo literario está escrito en el Surfside, ese pueblo enterrado en las playas de Miami. Los Estados Unidos me han formado, me han hecho la persona y el escritor que soy. No sé si he aprendido algo, pero sí sé que soy, en gran medida, un producto de este país.

Siga a Hernán Vera Álvarez, @HVeraAlvarez

  Comentarios