Artes y Letras

La pedrada de Ena Columbié

La poeta, narradora y fotógrafa Ena Columbié, autora de “Piedra” (Bokeh, 2019).
La poeta, narradora y fotógrafa Ena Columbié, autora de “Piedra” (Bokeh, 2019). /Cortesía

Cada vez que un rostro curtido y arañado por el hambre se me acerca, tengo un deja vú. Los conozco desde siempre. De Buenos Aires, de Santiago de Chile, de La Habana, de Houston, de la vida. Y, también, agazapados unos sobre otros, suelen observarme desde las paredes de una cueva que suelo visitar. De la casa/cueva que habita la escritora y fotógrafa Ena Columbié en la Pequeña Habana. Las paredes gritan. Y yo me hago todo tipo de preguntas. ¿Cuándo?, ¿Por qué?, ¿Cómo esos rostros se dejan retratar, a pesar de saber que LaPitu Columbié (heterónimo usado por la poeta para su labor de fotógrafa), les robara el aliento? Consienten aun pensando que dentro de esa cámara se irá el poco hálito de vida que les queda. LaPitu viene, les roba y ellos se dejan robar. Qué más da, parecen decir. Y también parecen ordenarle: ya que estamos, no dejes de retratar mi cuerpo tal como lo ves. Esos cuerpos están para siempre cargando su piedra de Sísifo. La piedra que cae. La que castiga una y otra vez. Hasta el cansancio. Hasta la eternidad. Pero robarles el aliento con su cámara parece no ser suficiente, entonces viene Ena Columbié (heterónimo usado por LaPitu para su labor de poeta) y hace usufructo también de sus almas. Las exprime hasta hacerlas llorar y nos tira sus miserias por la cara. Nos lanza sin misericordia su pedrada.

En casi ninguno de los libros anteriores de poesía de Ena Columbié, encuentro ese desdoblamiento, o entrecruzamiento, entre estas dos labores, de manera tan arraigada como en Piedra. Los personajes desamparados que retrata son los mismos que aparecen en este, su último poemario editado por Bokeh. Cada vez que Ena LaPitu dispara el flash, está no solo retratándolos, sino que está también profundizando, perfeccionando su propio retrato. Y cuando detrás de su rostro, cuando desesperada frente al espejo se busca, aparece otro: el de su madre. Porque tal vez sea este el rostro primigenio, el rostro madre de todos los desamparados.

La dedicatoria de la primera página da la primera pista: a mi madre, que la mató la presión de la piedra. Luego, en la página siguiente, dice: Visita el interior de la tierra y buscando encontrarás la piedra oculta. Y, ¿cuál es la piedra oculta? Quizá otra piedra arquetípica: la filosofal, la que otorga inmortalidad a su portador. Pero, ¿de qué inmortalidad se habla, si una vez encontrada la piedra, es portadora luego de un castigo? Solo con piedras también se construye un lindo infierno. Labor extremadamente difícil esa de construir, pues paradójicamente, debajo de las piedras, hay paisaje cenagoso, manojo de tentáculos, raíces viajeras, charcos y arroyuelos empedrados. Todo es movedizo. Las referencias a los sólidos, abundantes también, son expresiones de añoranza. Lo sólido no es lo que se tiene, es lo que se ambiciona. Necesito la piedra, el caracol, nos dice en el poema Milagro. Y, en otro poema, Raigón, nos dice: el terreno resbaladizo no tiene fin. Soy una raíz viajera que intenta su equilibrio en los charcos y arroyuelos empedrados/ donde pernoctan los hombres/ tras el aliento de otros hombres./ Llegan con sus botas llenas de lodo/ y las limpian contra la raíz/ es decir contra mí.

Sólido o no, en el inframundo no hay pudor, ni reglas que obedecer. Por eso las confesiones se disparan, en imágenes muy visuales, unas tras otras. Piedra es un libro confesional. Una especie de testamento que no quiere dejar nada a la deriva. Está escrito con urgencia, con cierta violencia. La poeta nos tira por la cara todo aquello que la mayoría quiere dejar oculto en lo profundo del closet. Se declara soberbia, no sana. Capaz de mentir, de beber. De drogarse. En Réquiem (uno de los mejores poemas del libro) dice que es una ególatra que se ha despojado de cuanta alma quedó ligada a la suya. Nos advierte que no apretará los puños, que apretará el gatillo. No importa si empujada por Dios, o por el diablo (que también la ronda).

Piedra está dividido, un poco arbitrariamente, en tres partes: Yo, Ellos, Ella. División que se me antoja una maniobra para mostrarnos diferentes ángulos del mismo asunto. Porque todos son uno. O sea, ella misma. Y en última instancia: su madre.

Y, en medio de todas estas confesiones, aparece aquí otra piedra, con la que la poeta nos lanza a la cara otro desafío, pues aunque no lo diga oculta en ese exhibicionismo, hay todavía otra pregunta que ronda en el aire: ¿Quién está libre de pecados? Que tire la primera piedra. Ella no está libre, por supuesto. Yo tampoco. Acaso su madre sí lo esté. Acaso sus vagabundos. Los únicos capaces de mirar a la cámara con sus ojos diáfanos. Porque por alguna razón que a la mayoría escapa, ellos no le temen. Yo, que hace más de 30 años tuve el privilegio de compartir con ella y con su madre (sin salir un día entero de la cocina) en su casa/cueva de Guantánamo, tampoco le temo.

Piedra es también, Piedra, a secas.

¿Podrás con eso?

Allá tú.

“Piedra” (Bokeh, 2019), de Ena Columbié, se presenta en la Feria del Libro de Miami el domingo 24 de noviembre a las 5:00 p.m. Salón 8503, edificio 8, quinto piso. 300 NE 2nd Ave., Miami, FL 33132.

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de noviembre de 2019, 8:50 p. m..

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