‘Viajeros’ poetas cubanos ‘hiperbóreos’.
No leo poesía. Cuando es mala, me aburre; cuando es buena, me hace llorar. Prefiero Netflix que no me lleva a esos extremos. Pero un poeta amigo y la autora de la muestra Viajeros. Diez poetas hiperbóreos (Arjé, 2019) me mandaron este libro que reúne poetas que admiro y otros que desconocía, justo a pocos días de que se me muriera entre las manos (el 20 de octubre), Nick Tosches, poeta de sangre y whiskey, a pocas semanas de haberlo descubierto. Lo tomé como una señal de ese Dante de Manhattan, y con los poetas no se juega. Menos, si son poetas muertos.
Los poetas suelen ser (incluso los geniales), soberbios, narcisistas, atormentados, perplejos, alcohólicos, y hasta algo dementes. En el caso de los poetas cubanos, habría que agregar: desarraigados, nostálgicos, tristes, coléricos, y en este caso, hiperbóreos.
Sin embargo, ¿qué sería de la vida sin poetas, sin poesía? Esta colección organizada por una de las poetas incluidas, María Eugenia Caseiro, editada por ella y por otra del escogido grupo Kayron Kuma, reúne cinco voces masculinas y cinco femeninas, cada una con su desgarro personal, pero participante del naufragio colectivo, nacional. Cubanos todos.
Cada uno de ellos merecería un ensayo, un estudio, un libro. Son poetas prolíficos, cultísimos, versátiles, imposibles de sintetizar. Como el título indica, son viajeros que van por el norte buscando su camino y haciéndolo. En el orden en que aparecen en el libro: Mireya Robles (Guantánamo, 1934) exhibe su propia mitología y esoterismo, su mundo de chakras, soledades y amores. Expresa bellamente su “verdad entre los dientes”, su misterio.
Jesús Barquet (La Habana, 1953) escribe con sus “tizas viejas/ rastros, marcas/ que la experiencia y no la razón convoca”. Su poema Havana mon amour es imprescindible. En la colección figura una de las joyas de la poesía cubana exiliada: El silencio y la furia, de Lilliam Moro (La Habana, 1946). La que más me llega, porque tenemos casi la misma edad y eso nos aúna en experiencias, en lecturas, en malos y buenos recuerdos.
Jorge L. García de la Fe (Cárdenas, 1954), entre lo coloquial y lo trascendente detalla su periplo del Malecón habanero a los fríos vientos de Chicago. Maya Islas (Cabaiguán, 1947), generosa, dedica poemas a escritores que admira, Baquero, Lezama, Woolf; también ilumina a Dublín y a la pintora Eloísa Castellanos. Y no faltan las transformaciones, los vuelos, las señales de la luz.
Alberto Lauro (Holguín 1959) ostenta, entre muchas cosas, su amor por lo helénico en poemas homoeróticos que trascienden con un sabor de madurez. Destaco: Exilio, inolvidable. María Eugenia Caseiro (La Habana, 1954). Poeta cultísima, de múltiples registros y voces, inagotable. Cada poema es una aventura que a veces hasta nos lleva al diccionario.
Una selección de poemas de William Navarrete (Banes, 1968), inspirados por su reciente viaje a la India, presenta viñetas como instantáneas de ese misterioso subcontinente. Destaco La música del viento en Hawa Mahal, doce pulidos versos en una sola oración. Magistral. Y el último poema que, envuelto en el perfume de la cúrcuma y el cardamomo, despierta el recuerdo ancestral de la abuela cubana en su cocina y esa “sabiduría ya perdida para siempre”.
Karyon Kuma (La Habana, 1964), en verso y en prosa despliega sus contradicciones sibilinas y oraculares, su vuelo personal entre el olvido y el recuerdo.
Leí este libro con culpable fruición, y aun más, con rapidez. Escribo esta reseña en primera persona, desde mi gusto irredento, un poco en homenaje a Tosches, un poco en homenaje a estos poetas que lanzan su verbo en la oscuridad. Los poetas también tienen de niño, porque a pesar de toda su sabiduría y su experiencia, como un niño, el poeta confía en que encontrará un lector que compartirá su dolor, sus versos, su soledad.
Me ha impactado esta muestra por la honestidad y solidez de los autores; aun aquellos con los que no encuentro mucha correspondencia, como José Luis Santos Muñoz (Santa Lutgarda, 1968), que vive en Cuba y cuya “imaginología” me resulta más distante, aunque no exenta de interés. Como dice el poeta Yoan Vega: “Todos hemos vivido una Cuba distinta”.
Poetas para todos los gustos: de la Cuba interior y la exterior, de ambos sexos, de diferentes generaciones, que viven en distintos lugares y han tenido distintas y muy variadas trayectorias. Hiperbóreos. Una colección inteligente y bella ha armado Caseiro.
¿Serán eternos estos poetas, como los míticos hiperbóreos? ¿O perecerán como la Medea, del exiliado Ovidio, de la que solo nos llegaron dos versos? No importa, ahí está su obra como propuesta. Son poemas de ahora y de siempre, que quizá alcancen su “definición mejor”, cuando, como dice Barquet: “caigan al fin los parentescos barrotes/ y la marea baje sin peligro de volver a inundarnos”.