Artes y Letras

Conrado Massaguer: un duende en la caricatura cubana

Si el Estados Unidos de las postguerras tuvo entre los escritores a algunos de sus cronistas más honestos, Cuba tuvo uno en Conrado Walter Massaguer. Ilustrador, caricaturista y publicista nacido en Matanzas, en 1889, su obra redefinió la identidad de la nación, jugó con ella. Es en torno a ese juego que gira Cuban Caricature and Culture: The art of Massaguer, exhibición curada por Frank Luca para el Wolfsonian Museum.

La muestra —cuyo conjunto de obras fue donado por Vicki Gold Levi— oscila entre la nostalgia y la fascinación y recorre los nudos discursivos del artista: la sátira política, la feminidad avant-garde, la cubanía como tema. Burbuja y máquina del tiempo, su curaduría preciosista e íntima pone a dialogar cuatro cuerpos de trabajo: Caricatures; New York, New Deal; The New Woman and the Massa-Girls y Promoting Cuba. Con su arquitectura art decó y sus ascensores Gran Gatsby, el Wolfsonian es el lugar ideal para que Massaguer visite esta ciudad donde la comunidad cubana aún cuelga, en restaurantes y bodegas, reproducciones de sus viñetas. Massaguer es a Cuba lo que Cuba fue a Massaguer: cotidianidad y filiación.

Para entenderlo, para entender el lazo, hay que remontarse a la historia de la caricatura cubana. Salvo algunos episodios aislados y las ocasionales viñetas humorísticas de Felipe Poey, conjugar viñetas y texto no fue práctica común en la prensa sino hasta la segunda mitad del siglo XIX. La llegada de la linotipia a la isla, con la consecuente baja de los costos de producción, lo haría posible. Fue, sin embargo, un gesto particular el que marcó el nacimiento de la sátira política en Cuba: en 1854, en la entrada del Teatro Tacón, se repartió una octavilla —impresa en una hoja suelta— que arremetía contra el gobierno español. A partir de allí, la guerra también se libró en el terreno de lo lo gráfico y lo simbólico: desde los pasquines pro-coloniales de El Moro Muza y Juan Palomo, hasta la contraofensiva mambisa producida desde el exilio en Nueva York, New Orleans y Tampa (porque, al parecer, todo en la isla se repite). Periódicos como Cacarajícara, La Charanga (el primer periódico “joco-serio”, como sus editores lo llamaban), Don Junípero y Don Circunstancias o caricaturistas como Francisco Cisneros, Juan Jorge Peoli, Federico Mialhe, Francisco Camilo Cuyás, Jorge Ritt y Ricardo de la Torriente sentaron las bases para la aparición, ya en el siglo XX, de una escuela propiamente cubana. También la de una industria, el diseño gráfico, que se colaría hasta en las marquillas de tabaco.

Sin embargo, no fue hasta la aparición de Massaguer que la caricatura cubana dejó de ser producto de consumo nacional para convertirse en uno de exportación. De México —donde pasó buena parte de su juventud y donde dio sus primeros pasos como ilustrador—, había traído un sentido más cosmopolita de la ilustración: un discurso interesado en dirigirse a muchos al mismo tiempo. Su regreso a la isla, en 1908, coincidió además con la renovación y auge de El mundo que, bajo influencia norteamericana, había pasado de ser un medio literario y político a uno de carácter informativo: noticias nacionales e internacionales convivían con chismes de célébrités, artículos de variedades y recetas de cocina. Se inaugura así una nueva etapa en la prensa cubana: los periódicos dejaron de ser cosa de un público culto.

Fue allí (y en Letras) donde Massaguer hizo sus primeras apariciones y, aunque rivalizando con Rafael Blanco y Jaime Valls, para finales de la década del 20 ya era el favorito del público. A diferencia de Blanco, cuyo estilo sintético, agresivo y su humor hermético lo convertían en un caricaturista para una élite o de Valls, cuyo trabajo de raíz art noveau empezaba a lucir algo anticuado, Massaguer apostó por un lenguaje visual vanguardista y soluciones gráficas que dialogaban con contemporáneos como Erté, Gropper y luego Disney (de quien también era amigo personal). Su estilo, entre lo erudito y lo popular, gustaba a todo el mundo y los cubanos apreciaban, además, su sentido del humor, su obra fue profundamente criolla. Largo sería mencionar todos los aportes que Massaguer hizo a la cultura cubana: la primera planta fotolitográfica de América Latina, la Unión de Artes Gráficas de Cuba, el primer salón de humoristas; las revistas Salón, Carteles y la pionera Cinelandia. No obstante, tal vez el más importante de todos —y es lo que sutilmente rescata y señala esta exposición— es que colocó a Cuba en el imaginario del mundo y al mundo en el imaginario de Cuba.

Es esa vuelta de tuerca lo que exploran las secciones o cuerpos de trabajo que integran la muestra (y que se combinan con documentos personales e instalaciones interactivas diseñadas por Yucef Merhi, curador de la colección digital del museo). Caricaturas reúne su sátira política, donde el choteo —esa tradición del humor cubano que tanto nos acerca a la picaresca— se transforma en arma crítica contra los políticos corruptos, los personajes de estado y la guerra. ¿No sigue siendo, acaso, ridiculizar el poder nuestra forma favorita de combatirlo? En Doble Nueve (1941), su obra más conocida, Roosevelt y Churchill juegan dominó contra un angustiado Hitler y un sudoroso Mussolini, mientras Hirohito y Stalin contemplan gozosos. Tampoco escaparon del choteo figuras icónicas de la cultura nacional e internacional: Capablanca, Disney, Sarah Bernhardt, Caruso. Cuentan, incluso, las malas lenguas que Hemingway amenazó con molerlo a golpes, molesto por una caricatura. Agudo, rebelde, de avanzada, Massaguer no fue nunca complaciente, ni siquiera con su propio oficio. Su obra y su vida fueron una apuesta por la libertad y el riesgo. No en vano, a finales de la década del 20, una caricatura contra Machado le valió el exilio. Uno que vivió en Nueva York y que fue clave en su carrera, pues fue el primer caricaturista latinoamericano en exponer en la Quinta Avenida y Life, The New Yorker, Vanity Fair, Cosmopolitan y Sunday World se disputaron su presencia. New York, New Deal es, precisamente, la sección donde estos años de trabajo se recogen.

De su estadía en Nueva York, a donde cada vez que volvía las muchachas tenían el pelo más corto y las boquillas más largas, nacen sus icónicas Massa-girls, que conforman el tercer cuerpo expositivo: flappers cubanas que, desde sus sintéticas, desenfadadas bellezas y sus cortes bob, sacudieron el conservador entramado social de la isla y el rol tradicional de la mujer. No más sumisión, no más buenas muchachas. Escandalosas, descaradas, pícaras, las Massa-girls nos miran directo a los ojos desde las revistas. Nos sonríen, seducen e interpelan. Son una feminidad otra, independiente y libre. Su creador fue también un seductor: encantador y persuasivo, diestro en el manejo de la línea-flauta.

Y, por último, está Cuba; esa circunstancia a la que dio línea, color y forma. Al fin y al cabo, era también publicista y las autoridades estaban interesadas en promocionar la isla como destino turístico. Una isla que, de su mano, se convirtió en gracia festiva, en criolla flapper. Los años de la colonia y las tímidas visitas de balcón quedaban atrás o, al menos, esa era la idea que se vendía. Paraíso tropical art decó libre de culpas, Hotel Nacional que vio pasar todos los deslumbres y todos los desmadres, el costumbrismo de Massaguer era subversivo: danzón y jazz, ron y whisky, palmas y veleros. Para bien o para mal, con sus verdades y clichés, inscribió una imagen particular de Cuba en la consciencia colectiva.

¿Cuál es el destino de la sátira en un mundo donde lo políticamente correcto, tan necesario en tantos ámbitos, pareciera estar convirtiéndose también en motor para la censura? ¿O en un mundo donde los caricaturistas son perseguidos, silenciados y asesinados por regímenes y doctrinas totalitarias? Más allá de rescatar la importancia de la obra de Massaguer para la cultura cubana y universal, esta muestra bien puede ser bandera naranja. Nos recuerda que el humor será siempre una forma de libertad, de transgresión e inteligencia y que, para decirlo con Umberto Eco, el diablo es la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. Del otro lado de Jorge de Burgos, Conrado Massaguer y su estirpe.

‘Caricaturas’ de Conrado Massaguer en el Wolfsonian-Florida International University, 1001 Washington Ave, Miami Beach, FL 33139. Hasta marzo del 2020. wolfsonian.org/whats-on/exhibitions+installations/2019/08/caricaturas.html

Kelly Martínez-Grandal (La Habana, 1980) es escritora, editora e historiadora del arte. Fue profesora en la Universidad Central de Venezuela, país donde vivió por veinte años. Su trabajo ha sido incluido en diversas antologías y revistas especializadas. Actualmente es parte del grupo editorial de Penguin Random House en Miami.

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