Artes y Letras

‘Diccionario amoroso del psicoanálisis’, un libro de combate

Nadie ha sintetizado tan bien a Freud como Élisabeth Roudinesco (1944, París, Francia).

Nadie ha logrado ponerlo tanto en equilibrio, en relación, en entrevistas como ella.

Lo mismo describiéndolo en Diccionario amoroso del psicoanálisis (Debate, 2019) como a un señor conservador con rayita al lado y bifocales redondos (señor que además tenía poca idea de la literatura contemporánea: su desencuentro con André Breton era famoso), que recortándolo contra su propia neurosis y el mundo que habitó, contra sus discípulos.

Discípulos que lo mismo se encontraban en Maine que en París, en Berlín que en Budapest (ciudad donde Ferenczi propuso el “análisis mutuo”: ese donde el paciente codirige su tratamiento), y hoy forman parte de ese atlas de excesos y exactitudes que es el psicoanálisis.

Delirios que tendría entre sus ilustres a Wilhelm Reich, fundador de Orgonon, quien en una disputa con Einstein en 1941 sobre las variaciones de temperatura en su Acumulador de Energía Orgónica empezó a gritar “que se fomentaba una nueva conspiración en su contra” y que sus perseguidores habían obligado al científico a romper con él.

(No está de más decir que Reich llegaría a ser un pensador de culto unos años después gracias a su Psicología de masas del fascismo, donde afirma que lo facha era nada más y nada menos que “la expresión de una estructura inconsciente nacida de una insatisfacción sexual colectiva.)

O a Tausk, psiquiatra brillante, según Roudinesco, quien “tras haber escrito un texto sobre la esquizofrenia (…) se dio muerte en 1919, estrangulándose y disparándose con un arma de fuego”.

Arma que en el caso de Freud siempre estaría cargada (nada desespera más a la claque que el tema infancia-sexo), y además de vejaciones, escupitajos, chismecitos y toda la bibliografía en contra que tuvo que sufrir el autor de La interpretación de los sueños, tendría al final de su vida una alta dosis de exilio, de destrucción política y de mundo.

¿No es precisamente esa destrucción, esa Zerstörung, lo que siempre ha intentado desentrañar la “cura”; aquello que por diferentes vías expone, muestra, desgarra, y a la vez intensifica?

Pienso que sí, y pienso que no hay discurso más inexacto y a su vez que aspire tanto a lo preciso como el del psicoanálisis: cámara donde siempre muere alguien, sea porque no busca lo que encuentra (el paciente), sea porque en el fondo no hay nada que hacer contra un phantasma bien construido (el terapeuta).

Falla que vio como nadie Lacan al limitar sus sesiones a diez o quince minutos -después de este tiempo ya solo hay límite del habla, solía decir-, y que Roudinesco territorializa muy bien al cruzar en este libro todas las zonas del freudismo con diferentes eventos de la propia vida y con líneas donde se pone en juego lo literario, lo erótico o los estereotipos.

No por gusto conceptos como Edipo, Angustia, Pulsión quedan mejor trazados en este Diccionario amoroso que en muchas mamotretos ad usum, y tecnicismos como Psiquiatría dinámica, Psicoterapia institucional, Autoanálisis… atraviesan lo mismo la esquizografía de Georges Perec que El segundo sexo de Simone de Beauvoir, aquel libro que el feminismo de los años cincuenta denostó tanto.

“Tratada de burguesa por el Partido Comunista, Beauvoir no recibió el apoyo de las asociaciones feministas. Éstas habían centrado su combate en el reconocimiento de la igualdad social entre hombres y mujeres, en el derecho a la contracepción y en la valorización del estatuto de la madre en el seno de la familia“.

¿No implica siempre la lucidez un combate cara a cara contra la estupidez y el esprit reaccionario de la época?

Diccionario amoroso del psicoanálisis además de ser un libro de recuentos, de conceptos, de historias, de trazas personales, de monólogos, de reseñas, es un libro de combate. No solo contra los eternos negadores del agón, como decía el primer Nietzsche, sino contra la mala escritura.

Es decir, contra eso que ocultándose se narra.

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