El mundo creativo de Liliana Blum
Uno de los tantos valores de la escritora Liliana Blum (Durango, 1974) es haber creado para la literatura mexicana del XXI una galería de criaturas personalísimas, juguetes rotos que se mueven desaforados por la vida. Allí está Pandora, una jovencita que padece el rechazo social y familiar por su inmensa gordura, y Gerardo, un respetado ginecólogo, casado y padre de gemelos, sumergido en el gozo de la parafilia. Los dos se inmiscuyen en un romance caótico y tirano.
Si la oscuridad erótica surca los capítulos de la novela Pandora (Tusquets, 2015), en El monstruo pentápodo (Tusquets, 2015) el personaje de Aimee busca la contención afectiva en las manos de Raymundo Betancourt, un ciudadano honesto y responsable que guarda secretos escabrosos como el asesinato y la violación.
Además de El monstruo pentápodo y Pandora, Blum es autora de la novela Residuos de espanto (Ficticia, 2013), así como de los libros de cuentos Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019), No me pases de largo (Literal Publishing, 2013), Yo sé cuándo expira la leche (IMAC Durango, 2011) y El libro perdido de Heinrich Böll (Editorial Jus, 2008), entre otros. Blum estudió Literatura Comparada en The University of Kansas y tiene una maestría en Educación, con especialidad en las Humanidades, por el ITESM.
Diez años tardó en escribir Pandora. ¿Puede contar cómo fue proceso de esta novela?
No fue un proceso constante. Tampoco es que escriba tan lento. Me tomó un buen tiempo tener clara la historia en mi cabeza. El primer borrador me tomó casi dos años, porque escribía muy poco, y a veces con semanas o incluso meses entre cada sesión de escritura. Cuando por fin terminé con el borrador, intenté corregirlo, pero me fue imposible. No se trataba solo de buscar errores de dedo, palabras repetidas, párrafos no claros: los errores eran de otro tipo, mucho más complejos. Yo tenía la sensación de que la novela no funcionaba; como un reloj al que se le averiaron los engranes. Después de darle vueltas y perder horas y días tratando de repararlo, hice algo que me costó muchísimo: tomé el archivo de mi novela y lo puse en el icono del bote de basura de mi computadora. Cuando pude encontrar la fortaleza mental, abrí un archivo nuevo y comencé a reescribir Pandora desde cero. La historia era la misma, pero no la forma de abordarla. Este segundo borrador me tomó casi dos años más. Por fortuna, éste sí se dejó corregir. Y el resto del tiempo para completar los diez años se lo debo a la dificultad de encontrar un editor. Tras varios rechazos, y casi al punto de darme por vencida, Tusquets me abrió sus puertas.
Algunos dirán que el protagonista masculino de Pandora es un perverso.
Lo es, sin duda, pero no porque tenga una parafilia, que nada tendría de malo si encontrara una persona adulta que consintiera a explorarla junto con él y pusiera sus propios límites. Gerardo es perverso en el sentido de que es alguien que obra con maldad y disfruta de ello. Utiliza a las personas, en este caso a Pandora, como si fuera un objeto, y no tiene empacho en hacerle daño. Allí radica su perversión.
Los estereotipos de belleza que nos llegan a través de los medios de comunicación y el arte tienen que ver menos con nuestra cultura hispana que con la anglosajona.
Creo que en este punto de la historia es muy difícil separar qué influencias no vienen de la cultura anglosajona y cuáles nos son propias. La proximidad que ofrecen las nuevas tecnologías de información elimina fronteras y los kilómetros que antes pudieran separar a un país de otro. Me parece que los estereotipos de belleza obedecen más bien a una tendencia global occidental que alcanza a influir a básicamente todas las culturas del planeta. Excepto, quizás, a las que se mantienen aisladas del resto del mundo. Creo que además es un ejercicio estéril apunta el dedo hacia un lado u otro: necesitaríamos más bien enfocarnos a ver cómo afectan estos estereotipos a las mujeres, pero en especial a las niñas.
La novela toca muchos temas, entre ellos, el de la parafilia, feederism (en inglés). ¿Para la historia se puso a investigar sobre el asunto?
Solamente un poco. Durante mi época universitaria conocí a un hombre guapísimo que siempre salía con mujeres muy obesas. Más adelante, gracias a un amigo que era psiquiatra forense, supe que existía esta parafilia. En realidad no hay mucho que saber. Lo más importante era tratar de ponerme en los zapatos de alguien que compartiera estos gustos y tratar de entender cómo se movería en la esfera privada y en la profesional y familiar. Esa doble vida, que más que con la parafilia tiene que ver con las expectativas y presiones sociales, con las apariencias, y el mantener una fachada aceptable para el resto del mundo.
Hay una crítica a la obesidad pero también a la extrema delgadez.
Más que una crítica a la obesidad, que pocas veces es una elección, mi novela hace una crítica a las expectativas sociales en torno al cuerpo de las mujeres. La mujer nunca está a gusto con su cuerpo: siempre buscará pesar un poco menos. Al mismo tiempo, si a las mujeres se les exige juventud, belleza y pocos kilos, se asume que estas características son los ideales en cuanto a gustos masculinos. La idea de que a un hombre puedan gustarle las mujeres mórbidamente obesas es algo que muchas cabezas no terminan de comprender: va en contra de todo lo que los medios nos muestran cada día. En mi novela, hay una transgresión a estas expectativas.
El personaje de Aimee, de El monstruo pentápodo, y Pandora, por falta de afecto, soportan todo tipo de humillaciones. Es común que la gente castigada por la sociedad busque amor en el lugar equivocado.
Creo que todos buscamos amor en cualquier lado, pero mis personajes son especialmente vulnerables porque nunca han sido amadas. Ni siquiera han sido aceptadas por sus propias familias. Si las expectativas sobre una mujer “normal” son muy difíciles de llenar (juventud, belleza, delgadez), para alguien con un físico tan fuera de la norma como son estas dos mujeres (una con acondroplasia, otra con obesidad mórbida) ser el objeto del amor de un hombre les ha resultado imposible. Por eso son la presa perfecta para ser manipuladas y usadas por este par de hombres (Raymundo y Gerardo) que comparten rasgos muy parecidos: solo les importa su propio placer y no tienen problema en atropellar a quien se interpone en su camino.
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