Artes y Letras

“El privilegio de pensar’ de Jorge Brioso, ensayos que motivan

Jorge Brioso.
Jorge Brioso.

Fue el profesor Salvador Redonet Cook, (La Habana, 1944-1998), quién me explicó sobre la diferencia entre una investigación y un ensayo. Debió ser entre 1988 o 1989, cuando coincidimos en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Era yo un “infiltrado” en sus clases de Investigación Critico Literaria –asignatura que no estaba en mi programa de periodismo- gracias a Jorge Brioso, alumno de Redonet. Brioso le habló y él comentó con su característico humor: “Si quiere torturarse, que venga”. Y fue así que trabamos una amistad entrañable. Más de 30 años después leo El privilegio de pensar. Filosofía y poesía en las dos orillas del Atlántico (2020) de Jorge Brioso (La Habana,1965) que es ahora catedrático de literatura peninsular, con áreas de interés en filosofía, teoría literaria y literatura latinoamericana.

Es un magnífico libro de ensayo por los cuatros costados, de esos que te motivan a pensar, a pensar como divertimento, a pensar como fuerza e inspiración liberadora. Tiene de investigación porque hay de método de la llamada investigación aplicada, como también hay de la investigación exploratoria. Sin embargo, lo que sí nos hace vibrar en este libro es el pulso novedoso del ensayo. “El ensayo”, reconoce Brioso, “nace como otra forma de contar la vida a través de los conceptos”. Pero la filosofía -le comento- también nace así. “Sí, pero a diferencia de esta”, amplía Brioso “el ensayo dice: El tema de este libro soy yo. Colocar a un yo, a la contingencia de una vida, a su carácter fragmentario y tentativo, en el centro de la reflexión supuso una revolución sin precedentes para el conocimiento”.

Y ese latido, esa tonalidad tiñe la voz del narrador de las tres secciones que conforman este libro: Vidas filosóficas, Las paradojas de la tradición, y La literatura y el pensamiento. Visto así podría parecer temáticas académicas con aura de hermetismo, pero Brioso se las ingenia para hacernos fluir en un lenguaje coloquial, que armoniza la narración haciendo más digestivas las figuras retóricas del estilo. Por ejemplo, la primera parte cuenta la disputa entre filósofos y poetas sobre qué institución tenía la autoridad para proponer una vida ejemplar en la Paideia griega, un concepto que engloba los valores y saberes que deben transmitirse en la educación (social).

En la sección Vidas filosóficas, en el apartado ¿Es posible encontrarle un nomos al pensamiento? María Zambrano, las confesiones, los delirios y el mito de Antígona, aplica un trabajo filológico profundo en la selección de obras y trabajo textual. Construyendo un discurso sobre cómo cambian los conceptos cuando, para hacerse inteligibles, necesitan contar una vida. Resulta particularmente inspirador el enfoque de Brioso entorno a Zambrano y su visión sobre la tragedia griega Antígona de Sófocles, donde late la relación destierro/entierro. Antígona, pretende dar sepultura a su hermano Polinices desafiando al rey Creonte, quien ha prohibido el entierro de este por considerarlo un traidor. Antígona es apresada y se suicida.

Consecuencias trágicas por desobediencia sobre la que observa Brioso: “No se puede ser fiel, al mismo tiempo, a los deberes que nos impone la ciudad, los deberes que tenemos como ciudadanos y ciudadanas, y a nuestros deberes como hermanos, padres, esposos, hijos, amigos, en suma, nuestros deberes humanos”. Así, Antígona, quien define su desobediencia como “piadoso crimen” se convierte en los escritos de María Zambrano (La tumba de Antígona, 1967) en figura emblemática del exilio, al que enseña tres lecciones. El conflicto entre nuestra condición ciudadana y nuestra condición humana es, para Brioso, la primera lección. La segunda asume que, dar sepultura a su hermano, constituye un imperativo ético que es a-territorial y a-cultural e incluso a-político. Porque, señala, Brioso, “se considera anterior y más universal que cualquier nomo, que cualquier ley vinculada a las fronteras de una ciudad”. La tercera lección, comenta Brioso, apoyándose en Hegel, es que Antígona establece una relación entre el hogar y lo doméstico, donde los deberes impuestos por los vínculos de sangre y parentescos se revelan como antitéticos a las relaciones abstractas y convencionales que impone la ciudadanía.

Hay, en la sección II, una gran agudeza critico literaria y de interpretación en las valoraciones sobre los modos de cultivar y, a la vez, cuestionar la tradición en la obra de dos grandes poetas cubanos: Julián del Casal y José Lezama Lima en el apartado Leer lo que nunca fue escrito: Casal, Lezama y la tradición. Del mismo modo ello es notable en Reinventar el siglo XIX: contrapunto entre Antonio Machado y Walter Benjamín, cerrando esta sección. Ambos apartados visionan las posibilidades de futuro que laten en la tradición. Señalando la autocomplacencia de nuestra época, tan convencida de sus ideales y, a la vez, tan suspicaz con los ideales del pasado. Por eso, sería muy saludable, anota Brioso, “dejar que la tradición nos interpele y nos obligue a reevaluar lo que consideramos bello, justo, bueno, verdadero, etc”.

El libro esta escrito en clave de una narración que transita más por el ritmo del diálogo que por el de la meditación. Ese ritmo tiene que ver con la forma en que Brioso suele desplegar en los inicios de las secciones una batería de preguntas. Lo que supone un relato que va encabalgando respuestas pensando en un interlocutor que interpela al narrador, explotando con ello la dimensión comunicativa del texto. Es un estilo cuyos cambios y meandros tonales recuerdan el dinamismo y la chispa en las clases de Carleton College, donde imparte desde hace ya varios años.

Tal vez por ello la sección III, es un deleite: La literatura y el pensamiento. La estética del tranvía y la ética del camión. Algunas reflexiones literario-filosóficas sobre el privilegio del pensar. Es un relato hipnotizante sobre las mutaciones del concepto de soledad, esencial para el pensamiento, bajo el impacto de las megalópolis y su correlato: las masas. Y, también, sobre qué importancia reviste esta soledad para la definición de la vida humana, de lo humano en la realidad moderna. Brioso despliega una impresionante galería de narradores, poetas y filósofos: José Ortega y Gasset y Walter Benjamin (dos de los autores más citados en el libro), José Gaos, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Benito Pérez Galdós, Paul Valéry, Hannah Arendt, Pier Paolo Pasolini y Antonio José Ponte. Con ellos hilvana un maravilloso recorrido por las obras que nacieron, entre la soledad y el gentío, entre el amor y la crueldad al ritmo de la modernidad primera hasta nuestros días. Nos ilustra magistralmente que la soledad ahora tiene que ser descubierta en la multitud urbana por lo que, en nuestro tiempo, soledad y multitud, van de la mano y solo son pensable en relación dialéctica. En palabras de Baudelaire “Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo en medio de una atareada muchedumbre”.

Volviendo al principio cuando Redonet murió tenía 54 años, más o menos la edad que hora tenemos quienes en aquellos años fuimos sus alumnos. Estamos en otros tiempos y en otras tierras libres del dominio totalitario. Y, sí, es verdad que el pensar ha dejado de ser el privilegio de unos pocos. De hecho, podemos pensar en lo que nos de la gana, y ello entraña una paradoja y es que: “En las sociedades democráticas -como anota Brioso- a todos se les permite pensar; el problema radica en encontrar tiempo para hacerlo”

Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente que reside y trabaja entre Miami y Madrid.

Jorge Brioso. “El privilegio de pensar. Filosofía y poesía en las dos orillas del Atlántico”. Ed Casa Vacía. Richmond, Virginia, USA, 2020

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de marzo de 2020, 10:55 a. m..

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