Artes y Letras

Siete escritores, siete historias de confinamiento

Confinados en sus casas, siete autores nos cuentan desde diversos horizontes cómo viven la pandemia del coronavirus. Un escritor, de por sí, se confina para escribir, pero la profesión obliga a viajar, a entrar en contacto con lectores y colegas, presentar libros, ofrecer charlas, ver la vida en vivo. Todo un universo que, por ahora, parece derrumbarse.

Desde Buenos Aires, en donde vive desde que se ausentó de su Perú natal, Katya Adaui es una de las escritoras jóvenes prometedoras de Hispanoamérica. Ofrece talleres, es fotógrafa y periodista. “Leer o escribir, aunque actividades contemplativas, no dejan de ser productivas. No considero que pensar sea inútil. Lo útil ahora es no hacer nada. Soportar. Esperar. Seguir vivos. Atestiguar el mañana que debamos reconstruir juntos, pensarnos como una sola entidad, parte del mismo mundo, comunidad sin fronteras. Humanos con humanidad o no ser nada. Son tiempos urgentes, de un luto que envuelve. Todos conoceremos a alguien que ha muerto por este virus. Y si sobrevivimos, no podemos volver como los cisnes a Venecia, a las aguas nuevas. Tenemos que volver siendo otros. Solidaridad, empatía, piedad”.

Su compatriota Jeremías Gamboa, novelista y periodista, vive en la capital peruana. Es una de las voces de mayor expectativa, desde que Mario Vargas Llosa promovió Contarlo todo, su primera novela.

“Vivo este confinamiento en una lucha intensa por sostener la concentración, tanto en la lectura como en la escritura. Preservar la primera me parece primordial: me encargo de dirigir un círculo de lecturas y comparto con mis compañeros la misma dificultad para entrar a un mundo de ficción que suspenda las noticias, imágenes y proyecciones del exterior. En estos días hemos leído La hondonada, de la escritora norteamericana de ascendencia bengalí Jhumpa Lahiri, y seguirán ficciones de Zadie Smith y Toni Morrison”.

El escritor peruano Jeremías Gamboa.
El escritor peruano Jeremías Gamboa. Foto de cortesía

Y añade: “Varias veces me he quedado pegado al mismo párrafo que me toca leer, incapaz de abandonar la Lima en toque de queda que nos confina en casa desde hace semanas. Me sorprende el contacto físico entre los personajes del libro que leo, me impresiona la manera en que pasean su vacío, tristeza o desconcierto en espacios abiertos y libres como Rhode Island o atiborrados como Calcuta. En el mundo estrecho en que me toca vivir termino leyendo en espacios que creía imposibles. Lo mismo me ocurre con mis sesiones de psicoanálisis, que ahora llevo desde la habitación de mi hijo. En cierto momento mi analista y yo imaginamos que estamos cada uno en un arca con nuestros seres queridos mientras afuera el océano toma formas inesperadas hasta cristalizar en un modo que no podemos vislumbrar”.

Carlos Cortés, desde su San José de Costa Rica me envía una nota que es testimonio y relato a la vez. Su novela mas reciente: El año de la ira (2019). Nuestro último encuentro: un festival de letras en Bolivia hace cinco años.

“Botella al mar. Supongo que no se espera nada más que seguir vivo y recordar. Soy malo escribiendo un diario, así que apenas hago unos apuntes, un hilo de palabras que mantenga el fuego encendido. Hace décadas que no leía poesía, mi pasión original, y si vuelvo a ella es porque la necesito como una solitaria canción de cuna. Vivo en una de las mayores contradicciones de la ciudad, una especie de ‘zona rosa’ con decenas de bares y restaurantes, ahora desiertos. Los habitantes, casi todos septuagenarios y octogenarios, siguen aquí agazapados en sus casas neocoloniales. Tienen miedo, igual que yo. He pasado 21 días de confinamiento y estoy lejos de cualquier certeza. Intento seguir con la vida normal, leer, escribir, preparar clases virtuales, poner buena cara. En realidad, espero. Hoy leí que los manatíes volvieron a las playas. Si la cuarentena siguiera por años se recuperaría el planeta, pero sería otro planeta. Siempre me pregunté qué me llevaría conmigo si tuviera que dejar de súbito mi casa. Ahora, con excepción de mis afectos más queridos, todo me parece excesivo y superfluo, como un residuo irreconocible de mí mismo”.

Jean-Paul Didierlaurent, es uno de los escritores franceses más exitosos del momento. Vive en La Bresse, pueblo de los Vosgos, cerca de Mulhouse, uno de los focos del virus. Sus libros han sido traducidos al español. Su destino singular lo llevó de empleado de Orange a escritor, tras el éxito de su primera novela. Nos envía “Cuando la rueda gire”, texto que traduzco:

El escritor francés Jean-Paul Didierlaurent.
El escritor francés Jean-Paul Didierlaurent. Foto cortesía de ©Gwendolyne Delisle.

“Cuando pienso en la vida de antes, es decir, antes del confinamiento, veo a unos hámsteres que se agitan en su rueda sedientos de libertad, veloces en una carrera contrarreloj desbocada en aras del crecimiento y los bienes. Y de pronto, un grano de arena bloquea esta fabulosa maquinaria, el Covid 19, un grano de unas decenas de nanómetros de diámetro, detiene el tiempo. Y la jaula en que vivíamos sin saberlo, aparece en toda su dimensión. Más allá de lo dramático de la epidemia, quiero ver que esta situación única permite redefinir, sin parásitos foráneos, las prioridades. El confinamiento debe influirnos como un revelador y toma de conciencia del mundo. Lejos de replegarnos, es motivo para abrirnos al otro. Lograr que este tiempo suspendido no sea tiempo muerto, sino de escucha. Una de las mejores enseñanzas que debo retener es la que nos da la naturaleza: la humildad. Nunca el canto de las aves fue más diáfano, el cielo más azul, el aire más puro. Y como escribió Fernando Pessoa en su poema Cuando vuelva la primavera: ‘La realidad no me necesita’”.

Conocí a Imma Monsó, en el pasado festival literario de Morges (Suiza), en donde era presentador de su novela mas reciente, El aniversario, uno de las mejores que he leído en estos tiempos. Desde Barcelona, donde vive, me envía su texto “Extraño deber” sobre esta vivencia.

“Conozco bien el confinamiento domiciliario. Lo he practicado siempre que he podido. Lo sé todo de él. Cuando me pasaron el video del brasileño que extiende aceite y agua por el suelo de la cocina, se apoya en el fregadero y empieza a resbalar como quien hace deporte en una cinta de correr pensé: ‘Yo ya lo hice antes’. Creo que casi todo lo que se puede hacer fuera de casa he logrado hacerlo sin salir de casa. Creo que todos los pretextos para no salir los he inventado yo. Creo que me hice escritora para poder autoconfinarme con un pretexto válido. Siempre sentí por el hogar (y, en general, por los espacios reducidos), una fascinación desmedida. Pero la situación actual me ha hecho ver que hay un confinamiento de calidad superior al que yo practicaba por gusto: el autoconfinamiento obligado. No precisa de pretextos para declinar salidas ni reuniones con gente que tiene la manía de verse. Ni de autojustificaciones para no acudir al dentista o al fisioterapeuta (ellos tampoco están operativos). Por primera vez, el mundo exterior está en resonancia con mi interior. En el mundo de los confinados sanos, el frente se ha desplazado, las prioridades son otras y nada irrumpe con sus exigencias ni sus plazos en el tiempo suspendido del hogar. Francamente, hay algo tan hermoso en este extraño deber que nos han impuesto que deberíamos haberlo inventado antes. Mucho antes y en otras circunstancias, es decir: cuando podíamos haberlo disfrutado más.”

Ignacio del Valle, autor de exitosas novelas, entre las que cuenta Coronado, su mas reciente publicación, nos cuenta desde Madrid: “Escribo con una intensidad casi absurda, y posiblemente termine la novela antes de tiempo. Paso horas llenas de cine y literatura. Las condiciones de trabajo son similares a la prebunkerización, salvo mis horas en la Biblioteca Nacional y la piscina. Hablo cada día con mis padres, inquieto, ellos juegan en esta ruleta con más balas en el tambor. Admirado por el trabajo de los sanitarios, cuerpos de seguridad, y la capacidad de los españoles para hacer piña. También estoy muy atento a periódicos y telediarios, vigilando la gestión del gobierno, que debemos apoyar, pero también controlar y criticar, por si acaso a alguien le da por imitar a Orban, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Tras la crisis, todo volverá a ser igual, en un año regresarán las inercias sociales y políticas, espero que con una diferencia: el reforzamiento de la sanidad pública y la ciencia. Ojalá”.

La escritora mexicana Liliana Blum nos cuenta desde Durango (México) sus impresiones de este momento. Autora de Tusquets, ha publicado recientemente el libro de cuentos La tristeza de los cítricos (Páginas de Espumas, 2019).

La escritora mexicana Liliana Blum.
La escritora mexicana Liliana Blum. Foto de cortesía

“Estoy en casa con mi hija adolescente (atípicamente adorable, buena compañera de películas de terror y gran ayuda para la limpieza) y mis cuatro perras rescatadas de la calle. Empezamos la reclusión casi tres semanas antes de que el gobierno lo sugiriera de manera oficial. Hay momentos en los que veo, aterrada, el actuar del presidente (hazmerreír del mundo, por decir lo menos) y la realidad de países como Italia y Ecuador. Es difícil mantener la cabeza fría y no abandonarse al miedo. Me preocupa en particular la economía de mi país (ya de por sí en recesión desde el año pasado) y el futuro de muchos mexicanos que viven al día o que ya han perdido su empleo. Mientras, intento trabajar en mis proyectos personales y en mis otros compromisos. He estado leyendo mucho, pero no he tenido mucha cabeza para la novela en la que trabajo ahora. Tengo la fortuna de vivir en las orillas de la ciudad, así que puedo caminar o correr todos los días con mis perras por una hora sin toparme con ningún ser humano. Si acaso algunas vacas. Soy muy afortunada en verdad”.

William Navarrete es un escritor cubano radicado en París, confinado en Niza por el Covid-19.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de abril de 2020, 11:12 a. m..

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