Artes y Letras

Antonio Díaz Oliva historias del Sur

Hay noticias que se pierden en el tiempo como una botella arrojada al mar. A veces, sólo cuando el azar lo quiere, encuentran un destino. Allen Ginsberg estuvo en Chile en 1960. Una carta del poeta Gonzalo Rojas sedujo irremediablemente al santo bebedor de la Beat Generation. La misiva también invitaba a Jack Kerouac, pero el autor de On the road salió con alguna excusa. Ginsberg supo aprovechar muy bien sus tres meses en el país sudamericano: se acostó con algunos jóvenes poetas, se emborrachó y consumió drogas, conoció a Ernesto Sábato, Nicanor Parra y Volodia Teitelboim, y de paso asistió al Primer encuentro de escritores americanos, organizado por la Universidad de Concepción.

Parte del viaje del autor de Howl por Chile es reconstruido en La soga de los muertos, primera novela del narrador y periodista Antonio Díaz Oliva (Temuco, Chile, 1985). Pero la obra, finalista del premio Roberto Bolaño, es mucho más que esa anécdota interesante. En verdad son tres historias: la de un grupo de fundamentalistas que emprende una delirante campaña para que Nicanor Parra gane el Premio Nobel de Literatura, la de niño que escribe su diario personal, y el del poeta en tierra extranjera.

El estilo para desarrollar la vida de estos personajes es la rapidez, una velocidad que hoy es la tiranía de las redes sociales. La soga de los muertos, por supuesto, es literatura. Díaz Oliva es parte de una generación de narradores chilenos que alejados de la sombra de José Donoso y cerca –a veces peligrosamente– de Bolaño, crean sin prejuicios: Francisco Díaz Klaassen, Juan Pablo Roncone, Claudia Apablaza, Pablo Toro y María Paz Rodríguez.

Desde el 2013, Díaz Oliva reside en la ciudad de Nueva York. Por estos días ha publicado 20/40, por el sello Sub-Urbano ediciones, una colección que reúne el trabajo de jóvenes escritores latinoamericanos residentes en Estados Unidos.

La soga de los muertos tiene un ritmo sostenido y veloz. ¿Esta estructura fue pensada de antemano o se fue edificando con el correr del trabajo?

La estructura se fue dando. Había escrito esas tres historias que conforman la novela por separado y en un momento se me ocurrió ir juntándolas, para ver qué sucedía, uniendo algunos hilos argumentales, pero que fuera sutil. Me gustaba la idea de jugar con diferentes historias dentro de una misma novela y que, por momentos, haya una ilusión de cierto orden. Y todo, además, bajo la premisa que dices: que fuera una novela de ritmo sostenido, veloz, que se leyera de un tirón, como se dice en Chile.

En la novela hay referencias al cine, el cómic, la televisión, algo que se proyecta en las situaciones que viven los personajes, que son muy visuales, como escenas o las viñetas de las historietas.

Sin duda, tanto mi educación artística como mi educación sentimental están barnizadas por la cultura pop. Como muchos escritores contemporáneos, creo. Ahora, me parece que decir cultura pop es un oxímoron. Finalmente todo es cultura, ¿no? Aunque entiendo que puede servir para ordenar, categorizar, hacer una distinción y a veces yo también uso el término con ese motivo. Algo de esa idea –traspasada por la ficción– se juega en la novela: cuando el protagonista asocia a Nicanor Parra con el Doc de Volver al futuro. Ahí hay una declaración de principios de cómo ser un lector cultural –en el sentido amplio– en estos días.

¿Fue difícil encontrar material sobre el viaje de Ginsberg?

En Chile un periodista llamado Vadim Vidal escribió un artículo sobre esa visita. Esa fue la primera vez que leí al respecto, y me sorprendió. En efecto: no es algo que mucha gente sepa. Me pasé dos meses yendo a la biblioteca, a sumergirme en diarios y revistas, y, en ese contexto, aproveché para ver qué se había escrito de la visita de Ginsberg a Chile. No mucho, por supuesto. Luego leí los diarios y cartas de Ginsberg y hallé más información, pero –de nuevo– no demasiada. Pero finalmente fue mejor: con la ficción llené huecos. Hay cosas que pongo en la novela que sucedieron. Otras no. Otras quedan en una zona fronteriza: en un estado en que la ficción y los hechos se vuelven ilegibles.

Es el editor de 20/40. Además del idioma, ¿qué conexión encuentra con lo que hacen esos escritores con los que viven en América Latina?

Hay una problemática respecto al idioma, no sólo al estar viviendo en un país donde para funcionar hay que hablar inglés (y eso tiene una consecuencia sobre el español), sino también porque uno conoce y comparte con gente hispana de otras partes, con otros acentos, y aquello también tiene un efecto sobre lo que uno escribe. La figura del escritor latinoamericano que vive fuera de su país (y no sólo latinoamericano, porque el autoexilio literario es algo que se puede ver en muchos escritores) es antiguo. En estos tiempos, eso sí, hay más cosas –en términos literarios– en Estados Unidos, que, digamos, en Europa.• 

hveraalvarez@yahoo.com

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de octubre de 2014, 8:00 a. m. with the headline "Antonio Díaz Oliva historias del Sur."

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