Artes y Letras

Fallece Víctor Batista Falla, mecenas de la literatura cubana del exilio

Lorenzo García Vega y Víctor Batista Falla en la Feria del Libro de Miami, el 21 de noviembre de 2010.
Lorenzo García Vega y Víctor Batista Falla en la Feria del Libro de Miami, el 21 de noviembre de 2010.

Tendría yo 18 años cuando por primera vez visité, con fines estéticos, el Cementerio Colón de La Habana. Me acompañaba Ariel Díaz de Arcaute, un amigo que, cámara en mano, inmortalizó aquel momento en que dos adolescentes exploraban la ciudad de los muertos y descubrían admirados que la escultura podía magnificar la vida más allá de sus límites y a la necrópolis habanera como museo al aire libre. Una de las tumbas delante de la que posamos, por llamarnos la atención su peculiar forma, era una pirámide trunca, coronada por una escultura de Jesucristo. En la arista frontal de la pirámide se leía el nombre de sus propietarios: Familia Falla Bonet. Y el autor de la escultura –algo que supe después– era el valenciano Mariano Benlliure, de quien el magnate José Gómez Mena había adquirido anteriormente El coleo, un conjunto escultórico sobre este deporte tradicional, que terminó en una plazuela de su ingenio Amistad, en Güines, poblado de los campos habaneros.

En Madrid, diez años más tarde, en una de las tertulias mensuales del Café Central (Plaza del Ángel) en donde durante años se reunió la comunidad cubana exiliada en la capital española, conocí al nieto del creador de aquel panteón habanero: Víctor Batista Falla, quien acaba de fallecer en La Habana, la ciudad en que nació en 1933 y a la que nunca había vuelto en 60 años, desde que abandonara el país con su familia en 1960.

De Víctor ya me había hablado en París un gran amigo suyo, el pintor Ramón Alejandro. Y en el momento de nuestro primer encuentro, como sus abuelos y algunos de sus tíos en el pasado, ya había emprendido una labor filantrópica destacada, fundamentalmente en el ámbito de la literatura. En el periodo en que residió en Nueva York fundó Exilio (1965-1978), una revista seria que codirigió con el poeta Raimundo Fernández Bonilla y en la que colaboraron Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Eugenio Florit, José Mario, José Ignacio Rasco, Mercedes García Tuduri, María Zambrano, y muchos otros escritores, además de pintores como Waldo Díaz-Balart, quien ilustró su portada. Más tarde, financiará escandalar (1978-1984, con minúsculas), revista trimestral dirigida por el poeta Octavio Armand, en la que reunió también a las mejores voces de la literatura del exilio: José Triana, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Lorenzo García Vega, etc. Y continúa publicando libros y ayudando a otros escritores como a Gastón Baquero, residente durante 24 años en un piso de la calle Antonio Acuña, el mismo barrio madrileño de Salamanca donde vivía Víctor, y de donde salió rumbo a la residencia de ancianos que hoy lleva su nombre en Alcobendas, hasta su muerte en 1997.

Portada de Waldo Díaz Balart para la revista Exilio, fundada por Víctor Batista en Nueva York.
Portada de Waldo Díaz Balart para la revista Exilio, fundada por Víctor Batista en Nueva York.

Era frecuente encontrarlo, siempre afable y sencillo, en las reuniones de cubanos de Madrid. Javier Fernández Olano me recuerda que era parte y financiaba cuando hacía falta el Comité Pro Derechos Humanos, fundado por la Dra. Martha Frayde. Asimismo, participaba activamente en las actividades del desaparecido Centro Cubano de Madrid (calle Claudio Coello hasta 2011), a donde me llevó en una ocasión para almorzar con su infatigable primera vicepresidente, la cubana María Comella, fallecida en 2008. Luego, y durante años, solía encontrarme con él cada vez que visitaba Madrid, en casa de la arquitecta cubana Irma Alfonso Rubio, a quien lo unía una vieja amistad y obraba para que muchos amigos pudiéramos reunirnos con frecuencia.

Era costumbre de Víctor apoyar iniciativas que tuvieran que ver con la historia cubana. A fines de 1999 cuando tres jóvenes cubanos de París fundamos una asociación para recordar el centenario de la instauración de la República cubana, y su consiguiente revista-boletín Cien Años (que publicamos por casi 30 meses), se hizo miembro de la asociación. En esa época ya había fundado uno de sus proyectos literarios más encomiables: la editorial Colibrí (1998-2013) que publicó valiosísimos ensayos de unos 27 autores cubanos, entre los que figuran Marifeli Pérez-Stable, Antonio José Ponte, Wilfredo Cancio, Ernesto Hernández Busto, Jorge Ferrer, Carmelo Mesa-Lago, Orlando Jiménez Leal, Enrico Mario Santí, Enrique del Risco, Alejandro de la Fuente, y otros.

Víctor Batista Falla ha fallecido en Cuba, a los 87 años, en el Instituto de Medicina Tropical del Country Club, víctima del coronavirus. Me he enterado leyendo la nota de Diario de Cuba, el primero en dar esta triste noticia. Lo acompañaba quien fuera su secretaria durante los años de Colibrí, Helen Díaz Argüelles. La Corte Ducal de Luxemburgo también se hizo eco de su muerte, pues su sobrina María Teresa Batista Mestre es la actual Gran Duquesa de ese país.

‘El caso PM’, de Orlando Jiménez Leal, uno de los libros publicados por Víctor Batista en las ediciones Colibrí.
‘El caso PM’, de Orlando Jiménez Leal, uno de los libros publicados por Víctor Batista en las ediciones Colibrí.

Víctor regresó al país en que nació después de una larga ausencia porque tenía la ilusión de reencontrarse con algo que, los que nacimos y partimos después, sabemos que ya no existe. Aún así, me gusta imaginar que pudo visitar las viejas iglesias de Bejucal y de Remedios, que restaurara con sus propios medios su tío Eutimio Falla Bonet. Que anduvo husmeando entre las ruinas de los viejos centrales Adelaida, Patria y Andreíta, propiedades de Laureano Falla Gutiérrez, su abuelo, quien como muchos montañeses (los cántabros) llegaron a Cuba sin recursos y fundaron un imperio entre finales del siglo XIX y principios del XX. Entre estos indianos perseverantes de la historia cubana no solo estaba Laureano Falla, sino paisanos como los Cacicedo (de Ceceña), los Trueba y Regil (fundadores del café Regil de Guanabacoa, originarios de Arredondo), los tabaqueros José Cano y Florentín Mantilla, el marqués de Comilla o los Blanco Herrera (fundadores de la Cervecería La Tropical, de Cristal y la Maltina).

Me imagino a Víctor delante de la fachada del Hospital Oncológico de La Habana o el Sanatorio de la Purísima Concepción de Cienfuegos, ambos financiados por sus abuelos maternos Laureano y Dolores, o de Escuela Técnico Industrial Rosa Pérez de Velasco, en Santa Clara, para cuya creación su tío Eutimio dio algunos millones. Lo veo, finalmente, frente a esa pirámide trunca que fue la última morada de sus antepasados fallecidos en la Isla.

Walkyria Batista, su ex cuñada, me envía desde París una foto reciente. Me dice en su email que en ella Víctor está la costa cercana a Anero, de donde salió su abuelo materno para Cuba, y a quien sus habitantes agradecen, como a muchos indianos del norte de España, que el agua corriera un día por las tuberías del pueblo.

Entre el Anero cántabro, el Madrid de sus últimos años y la inolvidable Habana, debe andar ahora el espíritu de este buen cubano. Me parece que fue su voluntad despedirse de ellos sitios. Un intento de dejar unidas para siempre las geografías esenciales de una identidad propia, de su existencia, de su historia.

William Navarrete es escritor cubano residente en París.

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