Olga Tokarczuk. Escritores que en verdad viven conversando o peleando contra su contemporaneidad
En uno de mis libros favoritos, El Danubio, del escritor italiano Claudio Magris, se narra la historia de un río que a la vez que condensa la historia de Europa, cartografía las subjetividades que por allí han pasado, construyendo –con ficciones, con anécdotas, con apuntes- una serie de ensambles que lo mismo pueden ser leídos como una novela (la novela de un cartógrafo miope) que como un estudio del archivo austrohúngaro, época, para decirlo de manera rápida, a la que Magris ha dedicado parte importante de su vida.
Algo parecido hace Olga Tokarczuk en Los errantes (Anagrama, 2019), una de las novelas más conocidas de la escritora polaca; premio Nobel en 2018 junto a Peter Handke, el polémico autor de El miedo del portero ante el penalti, entre otros.
Tokarczuk, quien antes de Los errantes ya había publicado varias novelas y varios tomos de relatos -una de ellas incluso fue llevada al cine por Agniezska Holland-, acopla en este libro una serie de ficciones que si bien no van a seguir accidente geográfico alguno (como en El Danubio), sí van a captar los movimientos de la errancia, del sujeto que por placer o trabajo está obligado a moverse por la transterritorialidad europea, por esas “platitudes” y no lugares que la componen.
De ahí que en su texto los aeropuertos tengan una presencia importante (no solo son huecos de entrada y salida, sino de yoga, conferencias, lecturas, encuentros…) y aparezcan cada cierto tiempo en el libro como señales que indican otra dirección.
Y lo mismo podría decirse de los mapas antiguos que atraviesan su novela: China, San Petersburgo, Nueva York; mapas que colocados estratégicamente ayudan a configurar una narrativa otra, más visual y a la vez más lúdica.
En Los errantes vamos a encontrar micronovelas, como la de “Los viajes del doctor Blau”, donde se narran visitas y asombros de un patólogo que había vivido toda su vida “enamorado” del gläserne Mensch (en realidad gläserne Frau) construido por Franz Tschackert a finales de los años veinte del siglo pasado y aún puede verse en el Museo de Higiene de Dresde; reflexiones sobre cómo recorrer una ciudad y no contagiarse con el síndrome parisiense, ese, sabemos todos, que padecen los japoneses que visitan los museos de Occidente; apuntes sobre la proliferación de copias y, por lo mismo, sobre la hipervaloración de los originales, ya que lo importante es “lo único”, “ese objeto sobre el cual se cierne la amenaza de destrucción”; sobre el panóptico y los Wunderkammer, concentraciones que -por cierto- han fascinado a Calasso en algunos de sus ensayos; sobre la momificación entre los maoríes o…, sobre Cioran y Borges.
Escritores ambos (casi pudieran compararse con un aparato de tomar la presión intelectual) que, fetichizados por sus fanáticos, son usados en provecho propio, como cuenta la propia Tokarczuk al hablar de un conocido suyo, “tímido y afable”, que “en los hoteles dejaba en la mesilla de noche [el libro de Cioran] y al despertarse lo abría al azar y encontraba la divisa que regiría el día”.
Divisa, podríamos agregar nosotros, que debió ser totalmente desesperada, ya que el rumano es un maestro de la risita y el desencanto, ese mix tan difícil de hallar en otros autores.
¿No son precisamente dispositivos como la risa, la histeria, lo caricaturesco, lo agónico o lo patológico, conceptos que trazan la singularidad de escritores que en verdad viven conversando o peleando contra su contemporaneidad, contra su brilla-brilla y límite?
Los errantes, esa novela que solo en apariencias se parece a El Danubio, es, estoy seguro, una respuesta exacta a esto.