Humberto Calzada: la casa y el habitar
Cuando Humberto Calzada (1944, La Habana) llegó a Miami tenía 16 años, en 2020 cumple 76 y lleva 60 viviendo ininterrumpidamente en la ciudad. De esos, suman ya 40 habitando una casa de Coral Gables que el mismo construyó inspirándose en su casa de La Habana, pero también en las casas de estilo colonial de familiares cercanos. Y es inevitable no sentir esa aura de regia cubanía, cuando traspasamos el umbral de la puerta y entramos a la sala. Es como si las imágenes de Cuba, los retratos de las familias, las fotografías de La Habana, los muebles, el suelo, las lámparas, el ajuar y un sin fin de otros objetos convocaran un aquelarre de hábitos que destilan un sabor profundo de lo cubano. Algo que se puede pensar y sentir, una cosa que se puede describir, pero nunca asir o tener. Y la casa, como albergue de todas esas sensibilidades, de todos esos afectos socioculturales ha sido el icono central de la obra de Humberto Calzada hasta convertirse en una especie de obsesión que atraviesas más de cuarenta años de trayectoria pictórica.
En sus pinturas el espectador se adentrará en un maravilloso repertorio de casas, cuyo habitar nos refiere a paisajes de inspiración cubana, tanto campestre, como a paisajes citadinos. Casas de arquitectura colonial del siglo XIX que, en las primeras obras de Calzada, están sumergidas en ambiente pautados por símbolos autóctonos del paisaje rural cubano, como la palma real o los vitrales. Aquí, las perspectivas dan profundidad a la imagen, para mostrarnos estas casas con patios interiores o exteriores, donde los jardines y las florestas desprende una sensualidad desbordante.
En Coral Gables su casa es amplia, luminosa y recargada de recuerdos por los cuatros costados. Sus jardines suman hasta 30 palmas reales. Hay un momento del día, cuando llega el ocaso, en que la brisa suave y fresca hacen arrullar a las palmas con una melodía indescriptible. Es una melodía que se cuela por los poros y nos hace vibrar mirando el bamboleo majestuoso de las palmas, con el azul intenso del cielo como fondo, rodeando el perímetro ajardinado de la casa.
“En los primeros años del exilio en Miami –comenta, con seño fruncido- escuchaba a la gente quejarse mucho más de las casas que habían perdido que de los negocios, fincas o ingenios que también habían perdido”. Y es que, para Calzada, la cultura hispana, a diferencia de otras, le da mucha más importancia, mucho más valor a la casa. La casa es el habitar de la familia, el lugar donde se forjan los valores, una educación sentimental. Porque, a fin de cuenta no hay imagen alguna que defina el habitar humano en su expresión más autentica, más íntima que la casa. En ella, el infante juega y forma sus primeras nociones espacio temporales. Mientras que la adolescencia nos descubre en sus estancias la intensidad de la luz, el mágico espectro de los colores y, también, la oscuridad misteriosa y las pulsiones que rodean al deseo. La casa es ese micro mundo donde cultivamos las percepciones primarias, aquellas sensibilidades que darán forma a nuestro carácter en la vida adulta. Un universo en el que, lo material y la espiritualidad destilan ese cúmulo de recuerdos que fundan la memoria de nuestro ser.
En esas primeras casas campestre, la pintura de Calzada relaciona elementos expresivos naif con recursos pictóricos del impresionismo. Naif porque la pintura, empapada de naturalismo, asume el habitar dentro del medio natural como expresión de un mundo autentico. Impresionista porque, llevado por esa intención, su estilo figurativo recrea la luz, sin descomponerla como caracteriza a la vanguardia impresionista, desde una percepción ambiental. No es cualquier luz, es la luz del trópico o, más precisamente, es la luz del caribe antillano. Una luz cuya latitud se proyecta sobre nuestra percepción de la vida como una especie de cóctel, donde lo eufórico y la añoranza comparten la misma proporción de sensualismo. Es esa luz, tenue e intensa a la vez, que tiñe nuestra mirada sobre el paisaje de un cálido aliento neo romántico.
Pero conforme pasan los años estas casas, por un lado, se desplazan hacia lugares que tienen de fondo al mar. Construcciones que pasan, de estar en el horizonte de la imagen, a ser el primer plano de las obras. Por el otro, la arquitectura colonial, donde el vitral se convierte en iconografía de expresión pictórica fundamental, comienza a incorporar elementos de la arquitectura racionalista moderna del siglo XX. Es algo perceptible en la pintura figurativa de Calzada cuando, a la hora de pintar estas casas, las líneas se tornan más geometrizantes y los colores se hacen más planos. Entonces la mirada enfatiza el interior de las casas, en sus cuartos y salas. Cobran protagonismo, en las obras de los años 1990 y principio de los 2000, las puertas y los frontones, las ventanas y los balcones. El paisaje comienza a ser la casa propiamente dicha. Pero son casas, fundamentalmente, destechadas como novedad respecto a las obras anteriores. En estas, sin abandonarse la luminosidad y calidez caribeña, queda a la intemperie el espíritu que las habita. Son casas solitarias que, además de estar fragmentadas, porque pierden sus columnas o techos, están inundadas por aguas omnipresentes. Sin embargo, es una inundación de marea calma, apaciguada, que contrarresta el drama y la convulsión existencial de vivir a la intemperie. Casas que aún desvencijadas e inundadas se resisten a caer en la ruina y el olvido.
La cuarentena ha puesto a prueba todo ese habitar, porque un mes antes de que comenzará el confinamiento, Humberto Calzada vio morir a su esposa Carmen. En momentos en que su compañía se hacía más necesaria y vital, se encontró con la soledad más total, con todos los recuerdos de una vida en común tatuados en la piel de la casa pulsando su imaginación. Pero una vez más, fue su inmersión en los pasajes de toda una vida volcadas entre cuatro paredes, recreados a través de sus nuevas obras, lo que le hizo superar la angustia y proyectar el deseo de vivir en lo que ha sido la casa del ser, donde perviven la sensibilidad y los afectos más auténticos.
Dennys Matos es crítico de arte y curador independiente que reside y trabaja entre Miami y Madrid.