Artes y Letras

El cuerpo grotesco de ‘Umberto Peña: Bocas, dientes, cepillos, restos’

‘¡Plaf!’, 1967, óleo sobre lienzo.
‘¡Plaf!’, 1967, óleo sobre lienzo.

En 1965, Mijaíl Bajtín publica Rabelais y la cultura popular de la Edad Media y el Renacimiento. Como casi toda la obra de Bajtín, esta importante pieza sobre teoría literaria e interpretación social, había sido escrita mucho antes (en 1940 y bajo el título Rabelais en la Historia del Realismo), pero debido a la censura estalinista y al estallido de la segunda Guerra mundial, la obra no vería la luz sino 25 años después.

Bajtín parte del presupuesto de que la obra de François Rabelais había sido incomprendida por más de cuatro siglos.

Centrada principalmente en la icónica novela del escritor francés Gargantúa y Pantagruel, Bajtín recupera fragmentos previamente suprimidos y establece un análisis de la época en la que se inscribe la novela (Renacimiento) para trazar a cabalidad la importancia de la obra de Rabelais. En ese empeño Bajtín introduce dos importantes conceptos: lo carnavalesco y el realismo grotesco.

Como mismo Bajtín, el escritor francés había sido también víctima de la censura. Parte de su obra fue mutilada y a pesar del éxito rotundo de sus dos primeros libros que obligara a ocho reediciones entre 1533 y 1534, Rabelais es retribuido con una condena por obscenidad y debe publicar las reediciones bajo el seudónimo de Alcofribas Nasier. Más tarde, la publicación del tercer tomo, le merecería la condenación por herejía.

Pero volvamos a 1965. Esta vez a La Habana. El mismo año en que Umberto Peña (1937, La Habana, Cuba) realiza Dos San Sebastianes. La obra funciona como puente entre la serie de las reses desolladas que obsesionan a Peña a principios de los sesenta y el hombre-váter que distinguirá su obra madura de estilo Pop. Saeta y diana apuntan al tema visceral del cuerpo y de la carne a partir del martirologio.

“Mi paso de las reses al tema de San Sebastián era como una continuidad de la carne animal a la humana” –me apunta Peña. “El personaje me servía para seguir incursionando en el argumento del dolor, en la transgresión.”

Un año antes, Cagando I, II y III le merecerían a Peña la paradoja del premio y la censura. El jurado internacional le otorgaría a Peña el Premio de Litografía en La Exposición de La Habana, organizada por Casa de las Américas. La procacidad del guiño quevediano sería la excusa para la censura. El realismo grotesco enunciado por Bajtín en Rabelais era ya el sino de la dentellada de Peña. Ese cuerpo reducido a su condición de orificios, esfínteres, vísceras y genitales; maquinaria inacabada, impura, en constante proceso de ingestión, defecación y eyaculación, donde carne, pecado y martirio se consumen en el retrete.

Hacia 1971 y debido al recrudecimiento de la censura en Cuba, Peña opta por lo que ha dado en llamar “la protesta silenciosa”. Como Rabelais, tendría que esperar el paso del tiempo para la revisión y valoración pertinente de su obra.

Casi medio siglo después, en 2020, nos llega el imprescindible libro Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos, que recopila la obra de este ícono esencial de la cultura cubana contemporánea que desde fines de los años sesenta y hasta hoy ha sido punto de mira e inspiración para los artistas cubanos dentro y fuera de la isla.

El enjundioso volumen que comprende 150 páginas a color y más de un centenar de imágenes, es una revisión exhaustiva de la prolífera producción de Peña, desde 1961 y hasta la actualidad (después de un hiato de 35 años, el artista retoma la pintura en el año 2006).

Portada
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Bocas, dientes, cepillos, restos nos llega de la mano del escritor y ensayista Carlos A. Aguilera, quien ha escogido atinadamente la entrevista como hilo conductor del libro, permitiéndonos así acceder a un testimonio en primera persona de la obra y vida de este artista.

Editado por Zuiderdok, nuevo sello editorial para libros de arte de la conocida editorial Almenara Press, Bocas, dientes, cepillos, restos excluye con toda intensión la también esencial contribución gráfica de Umberto Peña para centrarse en el grabado, collage, trapiz y pintura.

Bocas, dientes, cepillos, restos debe ser entendido como una cartografía autobiográfica por la vida y obra de Peña en constante conexión con el acontecer insular donde Aguilera se ofrece como hilo conductor que guía la conversación en magistral sinfonía hilvanando zonas íntimas como familia, formación, vínculo con artistas e intelectuales (Los Once, Antonia Eiriz, Chago Armada, Severo Sarduy, Lezama Lima, Virgilio Peñera); periplo migratorio (México 1992-1993; Miami 1993-2006; Salamanca 2006-hasta la actualidad); hitos esenciales dentro de la carrera del artista (La Exposición de La Habana en 1964, La Bienal de París en 1967 y exposiciones personales como 12 Litografías, 1964; Trapices, 1980; la exposición antológica del artista en el Museo Nacional, 1988; hasta sus exposiciones personales más recientes en 2012, 2013); así como la percepción del artista de hechos vitales dentro de la política cultural cubana (UMAP, el infame Congreso de Educación y Cultura, la figura del censor en las artes visuales cubanas, entre otras).

En la fluida conversación, Aguilera va intercalando cada uno de los elementos esenciales de la producción Umberto Peña (Pop, escatología, uso de la palabra e interjecciones, lo erótico, la genitalia como fetiche de identidad, la violencia del color, la objetualidad higiénico-visceral) abriendo paso al artista a la revisión y valoración de primera mano sobre su propia obra.

Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos es un libro obligado para todos los amantes del arte cubano y la cultura cubana en general. Se lamentan, sin embargo, algunos escollos en el diseño y fidelidad de color de las imágenes, tan esencial a la estridencia Pop tan afín a la obra de Peña, que justo están siendo corregidos en este momento por el editor de Zuiderdok, Waldo Pérez Cino.

‘Puede caernos la mala suerte’, 2018, óleo sobre lienzo.
‘Puede caernos la mala suerte’, 2018, óleo sobre lienzo. Cortesía/Umberto Peña y Carlos A Aguilera

Con Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos, Zuiderdok abre una línea editorial más que necesaria dentro del ámbito de la cultura visual cubana: esa dedicada a la edición e impresión de libros de arte, con imágenes a color, tapa dura y valoraciones de primera mano que permitan reconstruir el tan fragmentado periplo del arte cubano.

En este momento la editorial se encuentra trabajando en la producción de dos nuevos volúmenes. Uno dedicado a Tomás Esson y el otro a Ana Albertina Delgado. Otros dos artistas que entroncan en esa vasta tradición del cuerpo grotesco enunciada por Bajtín.

Janet Batet es escritora, curadora y crítica de arte. Escribe para diferentes publicaciones, galerías y museos.

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