Artes y Letras

‘En brazos de la mujer casada’, la desilusión y el desamparo

Al cineasta Carlos Lechuga (La Habana, 1983), las circunstancias lo han llevado a escribir narraciones que define como “una serie de textos sobre mi día a día, pero sobre todo […] un grito para los amigos que ya no están acá. Para que vean cómo se mueve un poco La Habana del 2019-2020”. A partir de estas premisas, que además marcan un período determinado, Lechuga publica en portales cibernéticos una serie de crónicas, que también podrían parecer notas de un diario, hasta el soliloquio de un hombre atrapado (por decisión propia) en el horror de un país donde la vida no depende de un proyecto personal, sino de un aparato de poder dictatorial que impone sus reglas. También podría ser el abarcador guión de un futuro proyecto cinematográfico, pues muchos elementos apuntan a ello. Hay que destacarlo, a Carlos Lechuga, desde la aparición de su valiosa película Santa y Andrés, se le han cerraron muchas puertas en Cuba.

El ambiente tóxico que le ha tocado vivir a Lechuga se refleja en En brazos de la mujer casada (Editorial Hypermedia, 2020), una serie de crónicas de desahogo que tejen como “se mueve La Habana”. Son textos descarnados y directos, agónicos por momentos. Narraciones que fluyen como un torrente de pasiones, alucinaciones, gritos, todo como un exorcismo. Una parte considerable de las crónicas gira alrededor del mundo del cine, como era de esperar tratándose de un realizador.

En brazos de la mujer casada (título que conecta con la novela En brazos de la mujer madura de Stephen Vizincze, también llevada al cine), es un libro de ambiente, de cotidianidad, hilvanado por una relación sentimental entre el autor (¿personaje?) y una mujer casada, pero el ritmo narrativo lo marca la atmósfera asfixiante que genera una Habana, donde vivir, parece ser morir a pedacitos.

Las historias son deliciosas, con mucho humor, sin barreras, como un monólogo interior que requiere con urgencia conjurar las palabras, las emociones y dejarlas fluir sin condicionamientos, ni reservas. El lector acepta con gozo y estupor las historias que lee, llegando a identificarse en lo que piensa y le pasa al narrador, que a su vez asume su realidad sin mayores exaltaciones. Algunos textos son fabulosos, como Los pornógrafos, Picadillo de palma real, No juego, Gente fula, Axilas, las doce partes de Te amo y te llevo al cine, Estar enamorado es tremenda mierda y Carta a una niña suicida, entre otros. Es un libro de múltiples aristas, pero muy armónico en su estructura. Además, incluye conversaciones con otros cineastas, amigos, recuerdos y entrevistas.

Quizás para un lector más atento a las formas que a la historia que se cuenta (o a ambas), está el lenguaje narrativo. El vocabulario en más de una ocasión es soez y roza la vulgaridad, y hasta se despeña por el abismo, ruborizando, provocando. Aun así fluye con soltura y el humor salva la intensidad del contenido narrativo y las palabras empleadas, que penetran directas, crudas, sin imágenes. Hay fetichismo, experiencias sexuales explícitas, en general un léxico callejero, sin contención. Sin embargo en En brazos de la mujer casada hay un claro control del narrador en lo que está haciendo: retar, resistir y escribir.

Ese enorme caudal de palabras y episodios prosaicos no se puede percibir como un estilo narrativo, aun cuando hay conexiones con la llamada “literatura sucia” o “realismo sucio”. En el caso cubano tiene un factor extra: el reflejo de una sociedad y su desvalorización como un todo, no de un sector marginal. En las páginas del libro de Carlos Lechuga, queda retratada esa sordidez social generalizada. Cuba es hoy un país obsceno, producto de la hediondez de un gobierno putrefacto de más de seis décadas que ha dañado la esencia social y familiar, lo que conlleva a la bestialización y el primitivismo. Quizás eso explique el deterioro del habla del cubano.

En brazos de la mujer casada no es un libro para encasillar en ningún género literario, es un libro de la cotidianidad salvaje, la desilusión y el desamparo que induce el convencimiento de que no hay escapatoria.

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