‘La belleza de la inutilidad’ una novela que se aparta un poco de las reglas
Lo usual es leer una novela que cuente una historia, pero hay libros que sin apartarse del todo de las “reglas”: desarrollo de los personajes, anécdotas y situaciones, destacan por hacer prevalecer en la narración un ambiente sensorialmente visceral. En esta forma de expresión se puede situar la novela, La belleza de la inutilidad (Editorial Verbum, 2020) de Elizabeth Mirabal (La Habana, 1986).
La literatura es magia y como tal resulta en una especie de metamorfosis del espíritu, provocada por conflictos emocionales, sueños rotos, aspiraciones existenciales, referencias y en gran medida lo vivido, que no tiene que ser, desde luego, como se vivió. Se hacen necesarias estas observaciones porque la novela de Mirabal se vale de una serie de recursos táctiles para motivar episodios que tienen lugar fundamentalmente entre La Habana y Miami, en los que unos pocos protagonistas, Ceuta, Gertrudis y Lillith, como los personajes femeninos, y Miguel Ángel y Él, los masculinos, se interrelacionan y hasta desdoblan, para brindar en esencia una historia de amor, en la que hay, como debe ser, celos, deseos reprimidos, fantasías, rupturas y recuerdos, en algunos casos recurrentes y a todas luces tormentosos, como la violación a la que fue forzada Lillith en la selva del Darién.
En La belleza de la inutilidad, ese amor se expone a través de una prosa por momentos oscura, llena de claves que se remontan en muchos casos a lecturas asimiladas, a conexiones con personajes célebres del arte, la literatura y la historia (en más de una ocasión la cubana). Es como si la vida de estos seres ungidos de lecturas tuviera sentido en la medida que puedan conectar las suyas con la de aquellos grandes. Tal vez por ello los lectores se sentirán más identificados con la novela en proporción directa a cómo puedan identificarse con esas obras y personajes citados por Mirabal.
Hay repetidas referencias que enriquecen la novela desde la simbología, como la locura y el rechazo que sufrió la escultora Camille Claudel. Las reflexiones sobre ciertos momentos de la vida de José Martí, en particular su relación con Micaela Nin, la esposa de José María de Mendive. El ambiente desolado de un minúsculo espacio para vivir en Puentes Grandes. La muleta que usa Miguel Ángel. El embarazo. La tragedia de un niño que no acaba de nacer. Los recuerdos y consejos de la abuela. El suicidio de la actriz Olga Andreu, entre otros muchos enlaces que se trenzan en el libro.
Los personajes que se mueven entre el Norte y el Sur del Estrecho de la Florida, van más allá de la simple geografía para verse impedidos de todo lo posible, de todo lo deseado, por el vacío al que conduce vivir (sobrevivir) en dos mundos distintos, y nunca mejor dicho lo de dos mundos, Cuba y Estados Unidos. Ambos se sitúan en el lado de las penurias, la insuperable en la Isla y la que emana de los primeros años en el exilio, en particular las económicas (casi siempre madre de todas las demás). Por ello hallamos a los personajes recogiendo muebles por la calle para acomodar su espacio, la falta de un trabajo adecuado, los horarios nocturnos, el desconocimiento del idioma. Todo esto está en el libro de Mirabal, que deja su toque femenino por la forma en que se aproxima a algunos temas y su relación protectora, sugerida en la narración como esposa y madre hacia Él, al que describe como un niño.
A pesar del hermetismo narrativo, en la segunda mitad de la novela la autora se despoja un poco de las referencias culteranas y va permitiendo que la prosa corra de una manera secuencial dejando espacio a situaciones que permiten encaminarse a un cierre alto. La escena de las “muchachas pastillas”, en el ginecólogo es realmente sobrecogedora.
Un libro es un mundo en el que todos se pueden adentrar, pero no todos alcanzan a disfrutarlo a plenitud. La belleza de la inutilidad no es para todos, pero aquel que se sumerja en sus páginas no se sentirá defraudado.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de septiembre de 2020, 9:41 a. m..