Gustavo Pérez Monzón: tramas y melancolía
Toda la historiografía reciente del arte cubano (la de dentro y la de fuera) coincide en señalar al colectivo Volumen I como el acontecimiento más relevante del arte en la isla en la segunda mitad del siglo XX. Sin duda lo fue. Supuso un cambio radical que otorgó visibilidad a un importante grupo de artistas que calificados luego de “disidentes”, reportaron el más significativo “corte epistemológico” en el modo de entender el arte y sus funciones dentro del contexto institucional del arte y la cultura en Cuba. Es precisamente de ahí, de ese germen de insubordinación y de desobediencia, de nuevos re-posicionamientos y ansias de subvertir el orden de lo establecido, de donde procede el artista Gustavo Pérez Monzón. Se trató de la “generación luminosa”, esa que fue capaz de reformular los paradigmas existentes, dinamitar las premisas dogmáticas del decenio anterior y desobedecer la política servil a la que las artes visuales había quedado reducida. Lo que implicó, para la mayoría de sus artífices, la única opción posible frente a la ruptura y escisión entre la Institución Arte y la voz del artista: el exilio.
La exposición “Trama”, que actualmente exhibe el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba bajo las gestiones y el mecenazgo de CIFO Cisneros Fontanals Art Foundation, resulta la más completa cartografía trazada hasta la fecha respecto de la obra de este importante creador. Supone una oportunidad de lujo para recorrer los intersticios, fracturas y objetivaciones de una poética muy personal, construida desde el silencio y la más rabiosa melancolía. Más de 75 obras sirven para “investigar” –y disfrutar- la naturaleza sui géneris de un proceso de articulación discursiva y morfológica que advierte de una grandísima destreza en el trato directo con el material y sus implicaciones conceptuales, un modo muy suyo de arbitrar una relación efectiva con el objeto y su emplazamiento en el ámbito de la percepción. No en balde, y con una precisión quirúrgica y lúcida, el escritor y también artista Néstor Díaz de Villegas, señala que “Gustavo -en Guanabo- es la viva estampa del desplazado. En una cabaña a pocos metros del mar crea algunas de las obras por las que lo celebramos hoy. El acento de esas piezas es abiertamente melancólico; su frialdad conceptual, toda una declaración de principios. Los materiales son tomados directamente de la playa: guijarros, trozos de conchas, cosas traídas por la resaca, vinculadas por redes de cuerdas. El artista aprendió de los tejedores: sus instalaciones son tarrayas extáticas, una práctica inclusiva que continúa hasta el presente en su colaboración con artesanos de Oaxaca”.
Al observar el amplio y sofisticado repertorio de piezas que conforman esta muestra, entre instalaciones, algunas tintas, dibujos en papel y cartulina, técnicas mixtas como el collages en su más resuelta pulsión travestida, relieves que rememoran el sistema de Braille de escritura, cuadros de formatos y escala bien diversos (la mayoría sin título), entre otras, se comprende –al cabo- la versatilidad, la destreza, la pericia y el “saber hacer” de este artista cuyas obras restituyen, a su modo, el tan controvertido paradigma del arte. El conjunto de todas estas obras, reitero, pareciera reclamar para sí la audacia de un texto narrativo con infinitas entradas y salidas, centrado en la estructura especular poliédrica. Un texto que no por gusto recordaría algunas de esas estrategias escriturales que tanto se han ocupado de la figura del laberinto ciego, en tanto que alegoría (y elegía) de la vida misma.
La dimensión abstracta, el sentido cabalístico, la predisposición numerológica y el humanismo acendrado que se descubre en estas formulaciones suyas, resultan por fuerza elementos que terminan por dibujar el perfil identitario de su poética. Tal y como insiste Néstor de Villegas en el delicioso ensayo de ese catálogo que no vio la luz, “con Gustavo aparecen el orden y el número, pero también el caos, la cifra de la nulidad. Lo no-figurativo y lo inorgánico ocupan el centro del esquema. Las manipulaciones de cifras, hilos y cantos es chamánica, la iteración incita al conjuro. Lo mineral es la materia imantada que cobra vida gracias a la distribución geométrica. El guijarro es un betilo, la piedra sagrada. En su trabajo con niños, la roca sirve de soporte a un ánime pobre —heredero del "cinema anémico" de Duchamp— e introduce la idea del petroglifo mucho antes de las intervenciones de Ana Mendieta en el parque Escaleras de Jaruco: no es gratuito afirmar que, en la historia del arte lapidario, Ana es otra niña de Gustavo”.
Lo cierto es que, con distancia y autoridad no escamoteada, pese al silencio de tantos años, esta muestra revela un hecho hasta hora bastante dado a la (in)atención de críticos e historiadores del arte cubano: la influencia que ha podido ejercer la obra de este gran artista en otros muchos creadores jóvenes que del mismo modo que este, enarbolan el estandarte de la virtud y el buen hacer. Este mapa localiza un legado fecundo, pero nada prolijo, sienta las bases de una legitimación necesaria y sirve (a la historia del arte) como abrevadero pertinaz y pertinente en sus re-escrituras y ficciones.
Andrés Issac Santana reside en Madrid y es escritor, comisario y crítico de arte.
artnexus73@yahoo.es
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de junio de 2015, 9:07 a. m. with the headline "Gustavo Pérez Monzón: tramas y melancolía."