Qué han leído o están leyendo en este 2020 algunos autores hispanos
En un 2020 que difícilmente se pueda olvidar, la humanidad encontró en la lectura uno de sus placeres favoritos. Por eso, el cierre del año es una buena oportunidad para que el Nuevo Herald convoque a una serie de escritores hispanos que residen en distintas ciudades de los Estados Unidos para elegir el libro que más disfrutaron durante estos meses. Como siempre, en la selección hay sorpresas y obras rescatadas del olvido.
Antonio Orlando Rodríguez
De mis lecturas del 2020 quiero recomendar una obra de más de 700 páginas y difícil clasificación: La lengua suelta, escrita por Fermín Gabor, editada por Antonio José Ponte (dicen que son una sola persona) y publicada en Sevilla por Renacimiento. ¿Semblanzas? ¿Crónicas? ¿Ajustes de cuentas? ¿Testimonios? ¿Exorcismos? En cualquier caso, se trata de un sui géneris ejercicio de antropología cultural en el que se disecciona, con agudeza y humor vitriólico, la personalidad e impronta de numerosas figuras de la literatura cubana contemporánea: escritores, críticos, comisarios políticos y otras yerbas de la misma familia. Aquí (casi) no queda títere con cabeza, pero lo que podría ser solo una vendetta se disfruta también como el brillante ejercicio estilístico de un francotirador de temer.
Pedro Medina León
Veneno (SED ediciones), de Hugo Fontana, entra en nuestras bibliotecas como la novela del primer uruguayo condenado a muerte en Estados Unidos, pero, como todo buen libro, admite varias lecturas. Veneno es la historia de Tapita, inmigrante, que hace un periplo por Venezuela y Estados Unidos. Son muchísimos años afuera y en ese lapso regresa a Uruguay, de visita, y es aquí quizá donde encontraremos la versión más potente de Veneno: en cada choque contra “su tierra” veremos cómo se desdibuja la identidad de Tapita, hasta perder completamente su lugar de pertenencia en el mundo y descender al infierno. Probablemente el mayor logro de Fontana es no ser inmigrante y haber escrito una de las obras más interesantes y precisas sobre el proceso emigrar que tocará las fibras del que lo haya experimentado. Sin duda, Veneno debería ser un libro de cabecera para quienes lidiamos con aquellos demonios de la patria lejana.
Anjanette Delgado
No es un año cualquiera. No se trata de los mejores ahorita. Se trata, creo, de los que lograron nacer y lo hicieron envueltos en magia. Historias oscuras y misántropas y hermosas hasta el llanto. Relatos loquísimos. El primero, Crema Paraíso (Alianza) de Camilo Pino. Qué novela esa. Al principio pensé, “Ay no, no otro Bolaño imitando a Cortázar. Pero a las dos o tres páginas, ya solo pensaba en encontrar el cinturón de seguridad para no salir disparada de la motocicleta de novela esta. Al final, terminé satisfecha. No fumo, pero si fumara, me habría fumado un cigarrillo con el último capítulo. La otra, no sé cuándo nació, pero la leí hace poco. Es como su protagonista, humilde y hermosa en su asquerosa escatología: Maldito Lasticön (SED ediciones), de Gastón Virkel, es una novela inmigrante, rabiosa, puerca y bella, humana. La poesía de la acera escondida en una vida aparentemente maldita.
Camilo Pino
El mejor libro del año escrito en español, ¡qué decisión tan cruel! A ver, en la categoría de clásicos, el mejor fue una novelita perfecta de Jorge Ibargüengoitia: Dos Crímenes (Plaza & Janes). Cuánto daría por escribir un libro que se le acerque. Tiene profundidad, belleza, intriga, crítica social, erotismo y ese sentido del humor tan característico de Ibargüengoitia; toda la luz y oscuridad que pueden caber en cien páginas. En la categoría de descubrimientos (tardío y necesario en mi caso): Viudos, sirenas y libertinos (Equinoccio) del escritor venezolano Miguel Gomes, una antología de sus cuentos. Sentí una afinidad estilística fuerte con Gomes, un escritor que tiene décadas en los Estados Unidos y que escribe sobre sus dos países. No hay como encontrar compañía en esto de la escritura. Si no han leído a Gomes, háganse el favor de buscar cualquiera de sus libros en este momento.
Fernando Olszanski
Este ha sido un año de muchas lecturas. Las razones son bastante obvias, mucho tiempo encerrado y además, la necesidad de nutrirse de lo que pasa en el afuera literario. Tuve la grata sorpresa de encontrarme en mi última visita a Buenos Aires con una de las novedades del año: Negro el dolor del mundo (Alfaguara), novela ganadora del Premio Clarín 2019, de Marcelo Caruso. Me gustan los trabajos de ficción que se animan a hacer una revisión histórica, que tengan un trasfondo real, un contexto social, analítico y convincente. Esta novela lo tiene todo. Pero valoro más que este escrito se anime a hablar de una parte histórica del país que parece oculta en el ostracismo del olvido: la comunidad negra de Argentina, la esclavitud, y de lo que queremos evadir como que nunca ha existido. Es una novela que ayuda a empezar a releer la historia de un país que aún no ha dejado las brumas de su pasado.
Sergio Andricaín
De los libros que leí este año recomiendo Misterioso asesinato en la casa de Cervantes (Espasa), del escritor español Juan Eslava Galán, una obra que deparará deliciosos momentos a quienes se adentren por sus páginas. Entre otros aciertos de la novela está el de ofrecer un retrato espléndido y pormenorizado del Valladolid de comienzos del siglo XVII, donde se asentaba, por aquel entonces, la corte de Felipe III. Precisamente en esa ciudad se ha cometido un asesinato frente a la casa donde vive, nada más y nada menos, que Miguel de Cervantes Saavedra junto a su familia (todas mujeres). A la enigmática joven Dorotea de Osuna, que a veces se transforma en el pesquisador Teodoro de Anuso, le corresponderá averiguar quién cometió ese crimen del que se acusa al autor de El Quijote. Además de intriga y humor, este ameno thriller histórico, concebido con gran rigor documental, brindará al lector la posibilidad de hacer una inmersión en la gran riqueza de la lengua española.
Sara Cordón
Aunque se publicó a finales de 2018, ha sido en 2020 cuando he leído Lectura Fácil (Anagrama) de Cristina Morales. En esta novela, cuatro mujeres jóvenes con diversos grados de lo que las autoridades consideran “discapacidad intelectual” conviven en un piso tutelado en Barcelona. Desde sus diversas perspectivas, los lectores cuestionamos -y nos horrorizamos- ante el asedio que los poderes administrativos, patriarcales, culturales, políticos y mercantiles ejercen especialmente sobre Nati, Patri, Marga y Àngels. Pero también (en diversos grados, tal y como ocurre con las protagonistas) sobre toda la sociedad. Creo que una duda que inquieta últimamente a los escritores es la de: “¿sobre qué tenemos autoridad para escribir?”. ¿Puede una autora vietnamita representar las dificultades de un hombre mexicano? ¿Debe un hombre blanco heterosexual español abordar literariamente el tema de las mujeres transexuales en una comunidad indígena mexicana? Cristina Morales muestra en esta novela cómo puede y debe hacerse. Para mí ha sido una lectura iluminadora.
Ulises Gonzales
Opus Gelber (Anagrama) es una historia ‘detallosa’, excesiva, como su personaje: el pianista Bruno Gelber. Leila Guerriero siempre lo consigue. Uno se mete a sus perfiles y termina enganchado a un escenario, a unos protagonistas. Gelber, semi aislado en una zona popular de Buenos Aires, va descubriendo su vida en conversaciones con Guerriero. Así sabemos que es un glotón, que es vanidoso, chismoso, pero también un profesor exigente, que nunca deja de trabajar. Conocemos al hombre que vive con la polio que lo dejó paralítico, que se metió muy joven en un mundo de palacios y aristócratas europeos que lo recibieron como un milagro; para reinstalarse en Argentina ya viejo, con sus rutinas, sus aliados que lo acompañan y lo protegen, sus libretas de Laura Hidalgo a quien él idolatra. Guerriero es otro personaje: la periodista interesada en seguir todas las pistas, que consigue cautivar al lector obsesionado durante 336 páginas.
Keila Vall de la Ville
Ahora mismo leo Lo que soñó Sebastián, novela de Rodrigo Rey Rosas abrigada en el volumen Tres novelas exóticas (Alfaguara), que me atrapó desde el inicio, cuando asegura que la obra de un guatemalteco sin importar su discurrir es exótica debido a la nacionalidad de su autor. Ocurre en las tierras bajas mayas y me lleva a mi estadía en el Amazonas hace varias vidas. Va sobre forasteros lectores (exóticos), cazadores mafiosos, tierras protegidas y la justicia enclenque, malas sombras y pesadillas. No sé más, recién lo empecé. Antes leí Nuestra parte de noche (Anagrama), de Mariana Enríquez, una historia de terror sobrenatural y político cuyas imágenes se retuercen en el inconsciente de manera inusitada y me fascinó; también me trajo pesadillas. Y hace una semana leí Fisuras (Libros del Fuego), de José Urriola, un libro sobre amores imposibles y pasadizos que no se recorrerán jamás, alimentado de imágenes poéticas en textos epistolares de registro cotidiano. Si la capacidad metafórica es una suerte de tercer ojo, estos personajes viven iluminados sin saberlo, hallan conexiones sutiles al intentar superar heridas, hacer las paces con lo que no fue, y sortear trozos continentales helados para reencontrarse. Música y máquina, dos de mis trasnochos, son el corazón de la historia.