Artes y Letras

‘Ciervo fugitivo’, de Sergio de los Reyes, poemas sobre la paternidad y más

‘Ciervo fugitivo’ de Sergio de los Reyes.
‘Ciervo fugitivo’ de Sergio de los Reyes.

Es un libro luminoso. Ciervo fugitivo, de Sergio de los Reyes (Cuba, 1978), apenas se abre, resplandece. Paisaje frente a mi hija es el primer poema que nos invita a una exaltación, a un crecimiento, a iniciar un camino hacia bellezas nuevas y luminosas como una niña, Sofía; hacia sentimientos prístinos como los de un padre hacia su hija. A ella va dedicado el libro.

Este paisaje que se mueve en el tiempo, va desde la imagen del sonograma, aún en el vientre materno, al arbolito navideño a sus dos años, pasando por el cromo inolvidable de la recién nacida bebiendo en “la aureola de la vida” “la luz”, “el alma que trasciende”, la mejor de las leches.

Las palabras son solo el sistema más común de comunicación; pero para el que sabe ver hay otros lenguajes que nos acompañan en la vida: emblemas, símbolos, triunfos del tarot que los poetas y profetas suelen descubrir y develar, perfilar y difundir. Es el lenguaje de lo divino en lo cotidiano.

Este Ciervo es un libro breve y sin embargo, tan abarcador como una biblioteca. Hay aquí pulidas muestras de la sensibilidad y versatilidad de un poeta mayor. De los Reyes expone los placeres tiernos de la paternidad con palabras sencillas, pero a la vez las imágenes trascienden a una sabiduría más alta, más compleja. Versado en el arte transfigurador de la alquimia, su arsenal poético encierra imágenes, metáforas y otros tropos finos que al lector avisado le darán una lectura poliédrica de sus poemas.

Es una sencillez aparente, sabia, que tiende un puente entre dos grandes Josés de la literatura cubana Martí y Lezama Lima. Del Ismaelillo al Dador, “del poro a la estrella” huye de la flecha fijadora este ciervo que cabalga en citas inquietantes de Pico de la Mirándola, de Jung, de Martí, de san Juan de la Cruz.

Como en un antiguo álbum de láminas o un misterioso Mutus Liber, el lector descubre paisajes que hablan, palabras que tienen música inusitada, especialmente en sus sonetos, donde la rima perfecta añade armonía a las ideas depuradas como en atanor que ha estado funcionando mucho tiempo hasta altas horas de innumerables madrugadas. Son poemas breves, porque son destilados, llevados a su albura final sin prisa, sin vanidad, pero sin sosiego, porque el poeta, aunque ya padre y maduro, no deja de vivir ese mundo del niño que siempre se asombra ante la vida.

El libro, dividido en tres partes, comienza con Ánima Sofía, donde a los bellos poemas dedicados a su hija se suman los tributos a su abuela bailadora de danzones. Con pespuntes de la vida de Sofía (sabiduría), De los Reyes se desnuda con una ternura conmovedora al tocar la dura realidad de una hija que tiene una infancia muy distinta a la que él tuvo en su lejana Cuba. Se podría agregar también que esa hija vivirá fundamentalmente en inglés, mientras que su padre siempre conservará como raíz profunda el español. Son “miradas de amor que no se tocan”.

Los poemas dedicados a la abuela bailadora cotidiana “para multiplicar los peces”, “para alegrar la casa” son también de gran belleza, son además el toque histórico que une el pasado generacional, la continuación de la semilla. El poeta encierra en otra imagen femenina (ánima) el poder de la magia natural: la mano de su abuela “convertía en oro cada sombra que tocaba”.

La segunda parte del libro: Reino sumergido, es de corte general, filosófico, aunque no se pierde el tono íntimo y personal. Abundan los poemas muy visuales y los dedicados a cuadros, de Leonardo, de Salvator Rosa, de Ugolino di Nerio … , donde el verso quiere traducir la imagen de lo visto en el lienzo, el subtexto con que el poeta de colores y figuras dice lo suyo y el poeta de palabras y armonías verbales quiere también develar y hacerlo suyo.

Todos son hermosos y sutiles, pero me llegaron más Daniel en el foso de los leones de P. P. Rubens y Cascada, donde con asombro se enfrenta a las cataratas del Niágara, como otro gran José poeta y cubano, Heredia, que le cantara a ese inagotable espectáculo que es milagro natural y a la vez poema del paisaje. También se queda cimbreando en su música perfecta, el exquisito soneto La desilusión de la memoria: “En el espejo roto de la ausencia/ la memoria proyecta su retorno / intuye que el recuerdo es un adorno/ fugitivo, banal y sin esencia;”.

Pero hay mucho más en esta parte que invita a la relectura, a la decantación tranquila del poema que se debe dejar reposar, como el buen vino recién abierto. Así brillan logros de pura cepa como Luz natural, soneto magno con cita de Paracelso; o Biblioteca interior, que es “un oleaje de sal pura”; o En el bosque, uno de los poemas más sabios del libro.

Finalmente, Alma mínima es la parte dedicada a esa forma brevísima de poema, originada en Japón y llamada haikú, en la que De los Reyes también da muestras de su facilidad y certeza. Bastaría el primero para situarlo entre los maestros del género:

“Toda la luz

es tenue resplandor

de nuestra muerte”.

Ciervo fugitivo entra por la puerta más marfileña de la poesía como un sueño realizado. Son poemas decantados con paciencia de orfebre donde puede el lector refugiarse y aprender, disfrutar y descubrir. Como un espejo fiel de la vida, la mirada del poeta ilumina y hace resplandecer lo cotidiano y lo invisible, y como la abuela bailadora de danzones, el nieto poeta con su verso vuelve oro toda sombra que toca.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de febrero de 2021, 4:28 p. m..

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