‘Planeta de cristal’ o el (des)habitar en la Tierra de Dagoberto Rodríguez
Ha sido muy intensa la presencia artística de Dagoberto Rodríguez (Las Villas, Cuba, 1969) en 2020. De ello hablan tres exposiciones individuales: “Geometría popular” (Te Tuhi. Auckland, Nueva Zelanda), “Visión de túnel” (Sabrina Amrani, Madrid, España) y “Guerra interior” (Centro Atlántico de Arte Moderno, Las Palmas de Gran Canaria, España). La más reciente “Planeta de cristal” (Piero Atchugarry Gallery, Miami, Estados Unidos, 2021). Tiempo en el que hemos vivido de todo: La pandemia que supera en el mundo ya más de 2 millones de muertos, que se dice rápido. Wall Street, el capitalismo y la economía se desplomaron y aún no se recuperan. El ser humano cotiza a la baja, mientras llegaban las vacunas anti Covid, pero aumentaron aún más las riquezas de los que ya eran inmensamente ricos. El cambio climático no dio tregua: ardió por meses Australia, mientras las lluvias arrasaban Brasil y el sudeste asiático, y África sufría la mayor plaga de saltamontes devastando miles de hectáreas que dieron con la hambruna de millones de seres.
Mientras el Perseverance aterriza en Marte con la misión de encontrar vestigios de vida, se recrudecieron las guerras o conflictos internos en más de diez países de África y Medio Oriente que están fundiendo millones de vidas entre desplazadas y muertas. Por si fuera poco, estallaba la guerra entre Armenia y Azerbaiyán (dos ex repúblicas soviéticas) cuya paz, mediada por Rusia y Turquía, solo ha congelado el conflicto, manteniéndose todos los atributos para explotar en cualquier momento. Precisamente en “Planeta de cristal” (2021), Rodríguez reflexiona sobre el habitar en la tierra cada vez más enrarecido, bien por las guerras, por la pandemia, el cambio climático o la nueva barbarie del capitalismo ultraneoliberal.
La muestra curada por el Colectivo Curatorial Aluna (Adriana Herrera y Willy Castellanos), está formada por una veintena de obras, la mayoría acuarelas, pero también esculturas, fechadas en 2020, donde prima el lenguaje de la neo figuración. Hay toda una iconografía referente al habitar: Edificios, túneles, búnkers, estructuras circulares alusivas al planeta tierra, etc. Repertorio iconográfico como en ‘Iceberg de ladrillos’, ‘Hielo 7’, ‘Planeta de arcilla’, ‘Planeta de cristal’ o la series ‘Colisiones’, que hablan de elementos de la naturaleza como tierra y agua que, en lugar de representarse como tal en su apariencia natural, están hechas de ladrillos y otros elementos artificiales.
La colisión de sentido en la representación de estas obras acentúa su apariencia de ensoñación, (“hielo de ladrillo”, “búnker de arcilla”, “edificio de diamante”...). Los efectos visuales de la paleta neofigurativa acentuada por las transparencias de la acuarela, incitan a una recepción surreal de estas imágenes. Como surrealista es también la acuarela ‘Luz azul’, que sumerge nuestra mirada en un túnel con la sensación de estar en caída libre. Un túnel cuya piel tatuada de elementos abstractos geométricos constructivistas, recuerdan decorados de dos grandes filmes sobre el espíritu contradictorio de la razón moderna: ‘Tiempos modernos’ de 1936 (Charles Chaplin, Reino Unido, 1889-Suiza,1977) y ‘Metrópoli’ de 1927 (Fritz Lang, Austria, 1890-Estados Unidos, 1976). La perspectiva visual de ‘Luz azul’ y, también de la monumental escultura ‘Túnel blanco’, es una perspectiva cinematográfica, desarrollada más desde un ojo que ilustra con cámara, que desde aquel que emplea un pincel. De ahí el instantáneo efecto de vertiginosa profundidad y, también esa sensación de comprensión espacio temporal acelerada.
Volviendo a la iconografía del habitar en “Planeta de cristal”, recordamos la charla de 1951 “Construir, habitar, pensar” de Martin Heidegger (Alemania, 1889-1976), quien comenta que solo se llega al habitar a través del construir.
“Sin embargo, no todas las construcciones son moradas”. Por ejemplo, un túnel o un búnker, muy presentes en la obra de Rodríguez, son construcciones donde el hombre puede “amadrigar”, pero no habita en ellas. Son construcciones que nos dan cobijo bajo tierra, que comunican dos mundos, uno con estructuras visibles y, el otro, soterradas. Y en esa oposición, entre lo que esta en la superficie y lo sumergido oculto a nuestra vista, entran obras como “Hielo 7” e “Iceberg de ladrillo”. Ambas imitan formas naturales, dígase Iceberg o montaña, y ambas también llevan tatuada la piel de elementos prefabricados, una de ladrillo y la otra, como en “Luz azul”, un conglomerado de estructuras entrelazadas, cuya apariencia es la de una abigarrada metrópoli futurista vista desde el aire. Una metrópoli que, en proporción similar, permanece sepultada.
El desplazamiento hacia esa realidad soterrada, hacia los túneles y los búnkers, apunta simbólicamente a una experiencia del habitar distanciada de la señalada por Heidegger cuando dice “El habitar es la manera en que los mortales son en la tierra”. Pero la vida y el habitar están cada vez más condicionados por estructuras, construcciones y fenómenos no visibles en la superficie de la tierra, sino que, ocultos, se desarrollan debajo de ella. En palabras de Gilles Deleuze (Francia, 1925-1995) y Félix Guattari (1930-1992) en el libro “Rizoma. Introducción” (1976), estaríamos dejando atrás una cultura arbórea donde, simbólicamente, el árbol que brota de la tierra, en su parte visible, tallo, ramas y hojas, encarna una serie de atributos que marcan las jerarquías con las que percibimos el mundo en superficie, visión más propia de la modernidad. En la postmodernidad estaríamos, en cambio, según Deleuze y Guattari frente a una pulsión hacia lo subterráneo, hacia el embrollo y la asimetría de las raíces, hacia umbrales de oscuridad y luz difusa cuya horizontalidad y lógica difiere de la verticalidad del tronco y las ramas del árbol. Es un mundo cuyas distinciones han perdido el arraigo a su identidad y pueden clonarse, multiplicarse y conectarse con todo, sin tener que formar parte esencial de nada.
Si todos los días nos levantamos con la lista de muertos por pandemia encabezando los titulares de medios masivos globales. Si cada vez más, todos los días, se arremolinan cadáveres, bien por pandemia, por los efectos del cambio climático, las guerras, o bien por los excesos de la inequidad social, pareciera que el habitar se ha hecho hostil al cuidado de la vida. Cuando la vida ha dejado de ser sagrada, lo que tengamos por más improbable, puede ocurrir en cualquier momento. Eso es el reino de la incertidumbre. No es casual entonces que el arte pernote en túneles, o en búnkers, en ciudades fortalezas subterránea y, a la vez, a flor de tierra en lugares aislados y sigilosos como sucede “Planeta de cristal” de Dagoberto Rodríguez. Estas obras nos conectan con metáforas de un habitar que se percibe amenazado, desprotegido y vulnerable cuya expresión social comienza verse en una obsesión por la autonomía, por un regodeo mórbido en el confort, por el ostracismo, por una disyuntiva entre el enclaustramiento y la libertad atrincherada. Todo ello alumbra un mudo distópico, pero cada vez más real, un mundo en el que mientras desguazamos la vida y el habitar de la Tierra, también somos capaces de aterrizar en Marte buscado esperanza de vida.
“Dagoberto Rodríguez. Planeta de cristal” en Piero Atchugarry Gallery, 5520 NE 4 Ave., Miami. Hasta el 24 de julio, 2021. www.pieroatchugarry.com