Humberto Castro: una vida traducida en imágenes
El artista Humberto Castro (1957, La Habana, Cuba) cuenta su vida artística en las imágenes de una fascinante retrospectiva expuesta en la galería Latin Art Core de la Calle Ocho en Miami.
Cuadros y esculturas van acompañados de una monografía de su vida y obra, por la curadora, historiadora y crítica de arte Francine Bribragher. Editada por la propia galería, cuyo dueño es Israel Molinero, y la editorial hCg Collection, es un volumen de 200 páginas en el que se puede ver una antología de las obras a todo color del artista desde sus inicios hasta nuestros días.
Algunos de esos ejemplares han sido creados en Cuba, Francia y Estados Unidos, explorados en el libro bajo las denominaciones “El ascenso de Ícaro”, “Ulises” y “El caminante”.
Humberto Castro ha sostenido una reputación ganando múltiples premios desde antes de mudarse de Cuba en el año 1989, para radicarse en París. En ese entonces tuvo la cooperación del coleccionista y marchante de arte Raphael Doueb y se unió al grupo de su galería Le Monde de L ‘Art. Desde entonces viajó por toda Europa. En 1990 visitó Miami y finalmente se estableció en esta ciudad en el año 99.
Reconocido como exponente de la corriente neo expresionista, su visión ha sido siempre temática, la cual ha multiplicado en series de pinturas, esculturas e instalaciones. Desde que se inició en Cuba su trabajo se podría explicar como una especie de arte comprometido y rebelde -social e individualmente-, en el contexto de una isla con graves limitaciones políticas. Aunque no tuvo que someterse al realismo socialista de rigor de las primeras décadas que forzaba a ciertos temas cubanos, como los del guajiro o el paisaje, y que negaba el fluir de las corrientes contemporáneas.
“En realidad, no creo que se pueda forzar a nadie a hacer nada”, opina contrariamente Castro. “Creo que el que pintó guajiros o eslogans en favor del régimen fue porque lo quiso hacer o estaba de acuerdo con hacerlo, porque creía ingenuamente en esa equivocada doctrina o de alguna forma quería sacarle cínicamente algún provecho al hacerle el juego a la ‘dictadura del proletariado’ ”.
Además, el artista no considera que el tema “guajiro” y rural sea negativo, y cita a destacados artistas como Landaluze, Menocal, Abela y Carlos Enríquez en el cultivo de ese arte figurativo.
“Hay que destacar que fue el régimen el que se apropió de estos temas, como de muchas otras cosas, incluido el Apóstol y otros héroes de la patria, cambiándoles el valor tautológico y convirtiéndolos en elementos represivos”, insiste Castro. “Por ejemplo, a Reinaldo Arenas [autor de El mundo alucinante y otras obras] nadie lo pudo obligar nunca a escribir lo que no quería”.
“En mi generación tuvimos la suerte de tener otras influencias y estábamos armados de una información que nos permitió manejar el terror de otra forma”, explica.
“La Caída de Ícaro” en Cuba
Su época fue la del glasnost y la Perestroika en la Unión Soviética. “Nosotros salimos a la escena en un periodo de decadencia del comunismo, cuando las grietas ya eran más que evidentes y nos proporcionaban el escenario para interpretar el rol de los nuevos rebeldes”.
De niño comenzó dibujando barcos. ¿Era eso quizás un deseo de viajar, de salir de la isla?
“El problema de la insularidad afecta a algunos con el síndrome del viaje y en ese grupo me encuentro yo. En mi caso va más allá de las limitaciones que tuvimos al principio para poder explorar el mundo. Cuba no era un país de emigrantes antes del desastre. Al convertirse en un país donde las gentes se van, tus amigos se van y las familias se fracturan, la cohesión de nación y de familia se pierde y esta es la piedra fundamental que utilizan estos regímenes para poder dominar”, explica Castro. “Quizás esos primeros dibujos fueron un vaticinio para mi vida futura”.
Su obra dentro de la isla en los 80 usó simbolismos provenientes de nuestro pasado grecolatino, como el de Ícaro, en 1984, del que realizó una serie.
“La cultura griega siempre me interesó. Todo comenzó cuando leí a Homero, los filósofos y el teatro griego. Después investigué las mitologías y comencé a utilizarlas como un puente a través del cual podía realizar un discurso sobre temas de la cotidianeidad”, expresa.
Así fue con la instalación “Caída de Ícaro” que se encuentra hoy en la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes en La Habana, y tiene el referente de la libertad.
“El color que utilizaba en las piezas que realicé en los 80 eran gamas y colores vivos, estridentes, donde los tonos eran enfrentados a sus complementarios, amarillos y azules contra naranjas y violetas, verdes contrapuestos a rojos. La idea era de molestar, de agredir y de gritar”, afirma el artista. “En el contexto de un país dictatorial donde el estado lo dirige todo abogando por la uniformidad, la rectitud, y un arte al servicio del gobierno, estas piezas constituían un ruido infernal en el sistema”.
En 1987, Castro participa en la exposición “Cuatro artistas cubanos” en la Galería Realidades, de Río de Janeiro, y en su estancia allí encuentra una foto antigua de un fallecido Ernesto “Che” Guevara con los ojos abiertos. “Era extraño verlo así, porque en Cuba no hay fotografías de los revolucionarios muertos”, confiesa en su biografía. Y al regresar a La Habana, realizó la instalación “Los lobos y el hombre” (de 1988), usando la foto y proyecciones de lobos.
¿Esto no tenía un mensaje doble?
“De cierta forma esta pieza se fue construyendo ella misma poco a poco. Prefiero que el arte teja en sus redes la política de una forma subliminal, pero en este caso y por primera vez se me escapó el animal, porque en Cuba jamás habíamos visto algo igual de ninguno de los llamados ‘héroes’ ”, dice Castro.
“Recuerdo que la noche de la inauguración del salón cuando llegué ya muchos artistas y el público se me acercaban augurándome el premio de instalación con toda seguridad. Es evidente que los organizadores no quisieron que hubiera la mínima posibilidad de que alguien abogara por la segunda lectura y prefirieron no solo censurarla dos días después, sino además, dejar desierto el premio de instalación”.
“Ulises” en París
Al establecerse en París, Humberto Castro se enfocó más en el ser humano universal, y eso le llevó a buscar otros símbolos, como los del Zodíaco, para representar a personas conocidas.
“Recuerdo que la idea de la serie sobre el Zodíaco comenzó en una reunión de amigos intelectuales en París, después de una conversación en relación a la polémica obra de Gustave Courbet, ‘L’origine du Monde’ [hoy en el Museo de Orsay]”, cuenta.
“La pieza representa un detalle del desnudo de una mujer, y Jacques Lacan, que la poseía, la utilizó como base de estudios sobre la sexualidad, enfrentando a sus pacientes a la pieza”, sigue narrando. “Eso me sugirió la idea de realizar lo contrario: retratar psicológicamente a una persona mediante entrevistas y con esos datos realizar una pintura sobre cada signo zodiacal, en un paralelo entre lo narrado por la persona y la descripción psicológica de cada signo”.
Ulises es el otro personaje mitológico que utilizó para titular la segunda parte del libro, la etapa de tu vida radicada en París y sus viajes por Europa. ¿Quién es Ulises en Humberto Castro?
“Ulises es el símbolo del eterno viajero que queda atrapado dentro de un trayecto errático marcado por su destino, en su regreso a Ítaca. Yo tomo la historia de Ulises en 1995 para hacer un paralelo con el éxodo ocurrido en Cuba en esa época después de los sucesos del ‘maleconazo’, ocurridos en agosto de 1994”, define el pintor. “Con esta propuesta intento hacer trascender la mitología que es un hecho ficticio, transformándola en historia real. La parte de Ulises que puede encontrarse en mí, es el nexo con el viaje constante, pero en mi caso es un viaje programado y dirigido de forma consciente”.
Ya en Europa Castro viaja a Pamplona, como lo hizo Ernesto Hemingway, o Pablo Picasso, se inspira en los toros, y se encuentra con otro mito griego, el minotauro, un ser encerrado. Los colores ocres en contraste con los tonos de sol son vívido ejemplo de la arena roja de esas regiones.
“Más tarde realicé un paralelo entre la mitología del minotauro en su laberinto y el pueblo de Cuba que vive encerrado en un laberinto infernal por más de 60 años”, analiza Castro. “Así surgió esta serie de dos decenas de pinturas que fueron expuestas en Miami por la Galería Ambrosino y en México por Nina Menocal”.
“El caminante” en Estados Unidos
Ya desde entonces comenzaría a relacionarse con otros vínculos artísticos, como el de nuestro amigo el crítico de arte y poeta Ricardo Pau-Llosa. ¿Cómo afectó su obra el trasladarse a Miami?
“En 1990 comienzo a visitar Miami, donde reencuentro a mi padre y otros miembros de mi familia separados de mí por muchos años de exilio”, narra Castro. “El encuentro con la cultura americana me abrió una nueva vía para el desarrollo de mi obra, aquí reencontré un nuevo nexo con la cultura de mi país, la verdadera que había dejado a Cuba después del 59. Fue un acercamiento a mis colegas artistas e intelectuales cubanos exiliados”.
Las series que hace desde entonces son imágenes del movimiento migratorio del ser humano. En 1999 se establece en Miami, y resurge Cuba con el tema del balsero. Pero el sello de su arte es siempre el mismo, aunque cambie la visión.
“El tema y el concepto de mi obra siempre han tenido un carácter universal, de hecho la utilización de mitologías como base le ha dado siempre este enfoque a mi discurso”, arguye el artista.
Estas últimas décadas de la retrospectiva son una explosión de color. Aparece el cuadro El dorado, de 2012, que cubre la portada de la monografía titulada Humberto Castro. Es una obra que representa a los conquistadores en las Antillas y las Américas. Es de la exposición Tracing Antilles en el Frost Museum de la Universidad Internacional de la Florida en octubre de 2013. Aquí se destaca la forma de abordar la figura humana que tiene el artista y su atención a los tonos.
“La obra tiene un discurso que narra la búsqueda del oro por los conquistadores que están representados por una caballería de españoles cabalgando sobre el agua con sus armas y corazas. El personaje del centro representa la muerte. Sobre esta escena flotan los símbolos taínos originales, pintados en oro y que ellos dibujaban sobre sus cerámicas y en las cavernas”, narra su creador, demostrando su intensa investigación para realizar esta serie.
“Diría que ha sido uno de los proyectos más grandes y complejos de los que he realizado”, anota. “El concepto fue hacer un estudio sobre la historia de las Antillas basado en mi escrutinio personal”.
También hay figuras en las que se destacan los tatuajes de alas o rosas en las espaldas. “Las últimas piezas de la exposición forman partes de varios proyectos en los que trabajo actualmente. Algunas pertenecen a una serie que llamo ‘Océanos’ y que trata sobre el mar y el agua. Otras en las que aparecen los tatuajes. Estos me comenzaron a interesar por ser dibujos sobre el cuerpo, viéndolo como una repetición del dibujo sobre el dibujo”.
Latin Art Core, 1648 SW 8 St., Miami, Fl 33135. (305) 989-9085. Hasta el 31 de agosto. Horario: Lunes a viernes de 11 a.m. a 7 p.m. Sábado de 11 a.m. a 5 p.m. Domingo cerrado.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de julio de 2021, 7:00 a. m..