Carmen Herrera: el estoicismo de la espera
Hay historias que de tan hermosas –y también algo tristes, claro– parecen sacadas de la ficción y no de la realidad. Y lo cierto es que la historia de la artista de origen cubano Carmen Herrera, no es sino el testimonio de una gran emancipación personal, el reclamo de una enorme voluntad; el mayor alarde de paciencia titánico que conozca y un incuestionable estoicismo ante la espera, que le convierten, aún en vida, en un todo mito. El solo hecho de pensar que, aunque pintaba desde la década de los 1930, no fue hasta sus 89 años que vendiera su primer cuadro (2004), nos coloca frente a una mujer singularísima, frente a una artista de estatura envidiable, frente a una creadora que más allá de toda aprobación o reconocimiento social –de esa rancia y restrictiva noción de éxito– supo hacer algo a todas luces extraordinario: amar la pintura y el arte. “No dejo que nadie me diga lo que tengo que hacer”, dijo Herrera hace unos días a The New York Times, mientras se preparaba para celebrar su 100 cumpleaños.
Y lo celebró con la gracia y el virtuoso don de haber sabido esperar. Allí, como las estatuas, quieta, tranquila, serena, como la réplica de una Penélope contemporánea que enarbola la paciencia como la mayor de las virtudes. Esperó, y supo hacerlo, a que llegara su momento. Y este llegó. Su nombre se inscribe hoy, a tan solo unos años de su descubrimiento, en esa exclusiva constelación en la que habitan los nombres y figuras más importantes del arte del siglo XX. Su narración personal es la escritura de la espera, el relato de la confianza en el “yo” ante la tempestad, ante la estridencia ajena. Es, sin duda, un elevado ejemplo de esa convicción profunda en lo que se cree a ciegas y que tristemente advertimos peregrinar con tanta frecuencia a nuestro alrededor.
Nacida en La Habana en 1915, su padre fue el editor fundador del diario El Mundo y su madre era periodista. De niña Herrera tomó clases de arte y terminó la escuela en París, donde estudió arquitectura para luego ingresar en Art Students League de Nueva York. En 1939 se casó con Jesse Loewenthal, un profesor de inglés en la Escuela Secundaria Stuyvesant en Manhattan. Su estilo artístico se desarrolló durante los años de la posguerra en París, donde la pareja vivió entre 1948 y 1953. Entre París y Nueva York, la pareja socializó con artistas de la talla de Jean Genet, Barnett Newman, Wifredo Lam y Willem de Kooning. En algún momento de este periodo, su obra fue mostrada en la influyente galería parisina Salón de las Nuevas Realidades, donde exhibió junto a artistas abstractos como Max Bill y Piet Mondrian. Pero su obra nunca se vendió.
Y esa suerte de anonimato ensordecedor la acompañó como un amante perfecto hasta que el azar la conectó con tres grandes mecenas del arte: Ella Fontanalls Cisneros, Estrellita Brodsky y Agnes Gund, quienes compraron varias de sus piezas, algunas de ellas hoy en manos de prestigiosas colecciones como la del Museo de Arte Moderno de Nueva York; la del Tate Modern en Londres; el Museo Hirshhorm y el Jardín de Esculturas, en Washington D.C. En el 2016, el Whitney Museum of Art de Nueva York planea la primera restrospectiva completa de la artista. Finalmente, también Herrera está representada por una prestigiosa galería de Londres –The Lisson Gallery– con la que trabaja hasta el día de hoy. “Es liberador poder hacer lo que está dentro de mí sin las presiones del mercado”, afirmó la artista en la breve entrevista que concedió a The New York Times.
Su vocación por el lenguaje del expresionismo abstracto de portguerra, con una obra pulcra, de precisas composiciones y de muy estrictos diálogos –puristas– entre el color, la forma y la luz, le han valido un lugar cimero en el contexto de la historia de la abstracción latinoamericana. Abstracción que no por su frialdad formal y su aparente asepsia se haya exenta de lirismo y emoción. Si de algo puede alardear la obra de Herrera es, precisamente, de la emoción que contiene y que lanza a la mirada del otro. Algo de su trabajo presagiaba este final, este éxito mediático que hoy se celebra. Y puede que sea esa misma obsesión por construir, por articular, por fundar una obra esmerada, exquisita, rabiosamente bella que supo más de las licencias del olvido y de la ignorancia que del arrebato furibundo de la fama y el saber social sobre ella. Puede, insisto, que sea justo a ese mismo olvido, por paradójico que parezca, al que debamos hoy tamaño reconocimiento. Solo desde ese lugar, tranquilo, silencioso, a espaldas del ruido de afuera, se fraguó uno de los más elevados relatos de esa abstracción que parece fijar el cielo en la tierra.
Andrés Issac Santana reside en Madrid y es escritor, comisario y crítico de arte.
artnexus73@yahoo.es
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de junio de 2015, 10:13 a. m. with the headline "Carmen Herrera: el estoicismo de la espera."