‘Pobre Cuba’, las memorias de Alberto Müller
Las diferencias entre las autobiografías y las memorias, como géneros literarios, no son muchas. Son tan pocas que quienes las escriben pueden titularlas de cualquiera de las dos maneras. Sin embargo, la mayoría escoge llamarlas “mis memorias”. A mí ese título, por su carácter definitivo, me gusta. Tiene garra. Y aunque es lapidario y casi parece un epitafio, creo que resulta apropiado para un libro que cierra, contándola, toda una vida. Que es lo que acaba de hacer el escritor y periodista Alberto Müller en su libro más reciente, Pobre Cuba, mis memorias (Ediciones Universal, 2021), que recién ha salido a la venta.
Los libros de memorias, según el académico francés Phillipe Lejeune, suelen cubrir solo una parte de la vida del autor. Y es cierto, muchos nada más que exploran momentos esenciales de sus trayectorias. Este no es el caso de Pobre Cuba que, por el contrario, abarca la totalidad de una existencia. Sus capítulos son una prueba de ello: Niñez y juventud; Triunfa la revolución; Directorio Revolucionario Estudiantil; Clandestinaje y alzamiento; Horrores de la prisión política; El Estalinismo en Cuba; Regreso al exilio y Pensamiento y obra.
En el primero de ellos, con profusión de detalles, Müller narra su infancia en el seno de una familia católica de clase media. Y lo hace, en un tono cercano a la nostalgia, a través de los entrañables recuerdos de la casa en que creció (Calzada del Cerro 1613 frente a la calle Lombillo) junto a sus padres (Francisco Müller, médico de profesión y Sara Quintana, pianista por vocación), sus hermanos (Francisco y Juan Antonio) y una extendida familia de abuelos, tíos y primos.
Habla también en ese primer capítulo sobre su formación social cristiana como miembro de la Acción Católica de la Parroquia del Cerro: “Un periodo de mi vida donde aprendí las necesidades de los sectores más pobres del país. La Cuba que conocí de niño no era un país perfecto ni justo, pero había un margen amplio de decencia y sociabilidad que presagiaba crecimiento económico, espiritual y físico”.
Es a partir del capítulo dos, titulado Triunfa la Revolución en 1959, donde las memorias de Müller adquieren una dramática inmediatez. Y es que aquí está toda su trayectoria como dirigente estudiantil de una organización decidida a salvar la patria: la fundación del periódico universitario Trinchera; la histórica protesta contra la visita de Anastas Mikoyán en el Parque Central de La Habana; la creación en Miami del nuevo Directorio Revolucionario Estudiantil; el regreso clandestino a Cuba; el alzamiento en la Sierra Maestra; el desmantelamiento de los campamentos por falta de amas y, por último, su captura y condena a quince años de cárcel.
Lo que sigue, no por conocido, es menos impactante. Son los horrores del presidio político en Cuba, uno de los más crueles y largos que han existido. Y Müller, que los vivió, los describe, una vez más, para que no sean olvidados: trabajo forzado en las canteras, golpizas brutales durante las requisas, planes de dinamitar las circulares y el asesinato de indefensos prisioneros.
En los capítulos finales, Regreso al exilio (“En el aeropuerto de Miami me esperaba mi madre, familiares y compañeros del Directorio”) y Pensamiento y obra (ponencias, cartas, fotos y libros publicados), Alberto Müller cierra, de una manera íntima y reflexiva, sus memorias. Y lo hace, a pesar de lo doloroso que debió haber sido escribirlas, con esperanza, serenidad y sin odios.
Pobre Cuba es un libro escrito con la intención de recapitular y de compartir lo vivido. No solo desde un punto de vista personal, sino también histórico. Con sus cientos de fotografías documentando los textos y casi cuatrocientas paginas repletas de datos y anécdotas, será una valiosa fuente de información para los estudiosos de la historia de Cuba. Es una pena no poder reseñarlo en su totalidad. Porque, ¿cómo se resume una vida en setecientas palabras?
Sí, ha hecho bien Alberto Müller en publicar sus memorias. No solo porque son un testimonio invaluable de uno de los periodos más terribles de nuestra historia, sino también porque servirán para que las nuevas generaciones no olviden los sacrificios de aquella noble y heroica juventud cubana.