Amor que ‘entró’ por... el arte
No siempre “el amor entra por la cocina”, como sentencia el dicho. El pintor Rafael López-Ramos y la artista Natasha Perdomo dan fe de ello; se conocieron en 1990 en la Casa del Joven Creador de La Habana, rodeados de obras artísticas. Veinticinco años después, continúan descubriéndose uno al otro, compartiendo la vida, la creación, el ejercicio del oficio, dos gatos y una mesa bien servida.
La pareja, radicada en Miami desde el 2007 tras vivir por una década en Vancouver, Canadá, combinan muy bien el complejo yin y yang. No es fácil sentir armonía en un hogar donde las dos personas que residen son artistas. “Es muy importante la convicción de que el éxito del otro es propio, para no ser devorados por ese monstruo que es el ego”, dice Rafael al hablar sobre la convivencia.
López-Ramos estudió en la Academia San Alejandro y en el Instituto Superior de Arte (ISA) de la capital cubana. Vive de su obra, representada por Jorge Mendez Gallery, de Palm Springs, California, y por los clientes que recibe en su estudio de la Pequeña Habana.
Natasha Perdomo, con un empleo de 8 a 5, le roba horas al día para su trabajo de joyería, pinturas, esculturas e instalaciones.
“Cuando regreso a casa –enfrentando el tráfico de una hora y media– llego bien agotada. Rafe me ayuda, adelanta la comida y va de compras generalmente. Atendemos y jugamos un poco con nuestros gatos, Oliverio y Master Yoda. Pero luego de la cena, seguimos trabajando”, dice Perdomo.
Rafael recuerda como una lección su primera exposición de pintura en 1980 titulada Muestra ecléctica, en una modesta galería de la barriada de 10 de Octubre, cuando aún era estudiante de San Alejandro, porque “significó una reafirmación fundamental en mi vocación y carrera artística”, explica. De las exhibiciones fuera de Cuba, menciona con satisfacción Wonderland, 2012, en Frost Gallery, “porque además de ser mi primera exposición en Nueva York, recibió una gran cobertura de la prensa y la crítica, y tuve un hermoso intercambio con artistas neoyorquinos del grafiti”.
Para su trabajo de orfebrería, Natasha utiliza bronce, cobre, plata alemana y argentina, acero, cristal fundido, piedras semipreciosas, fragmentos marinos, objetos y piezas industriales.
“No hago moldes, ni uso técnicas de cera perdida o arcilla de plata para modelar las joyas con texturas fáciles y diseños preconcebidos. Cada pieza es única; voy fundiendo, soldando y concibiendo a medida que el fuego o los ácidos trabajan sobre ellas”, cuenta Perdomo, cuyos brazaletes, sortijas y collares de volúmenes amorfos en metales aleados, responden a vibraciones energéticas y recrean el mundo industrializado que vivimos.
“Lo femenino y masculino, el ánima y el animus de la filosofía de Jung expuesta como complemento en el vestir”, dice Natasha.
Por su parte, López-Ramos, quien además de la pintura trabaja otros campos artísticos como la crítica, la curaduría y la instalación de exposiciones en museos, a la hora de enfrentarse con la tela donde bate sus demonios, no ve con buenos ojos al óleo.
“Mi pintura la realizo mayormente en acrílico sobre lienzo, pues el óleo –a pesar de todo su pedigree ha probado ser altamente tóxico para el artista y para el medio ambiente– y el acrílico es un material de tanta calidad y perdurabilidad como el óleo, solo es cuestión de escoger las mejores marcas”, comenta Rafael, quien contrario a Perdomo le dedica gran parte de su tiempo al trabajo creativo.
Natasha es una artista autodidacta, empírica. En un viaje en 1989 a Cienfuegos, su ciudad natal, estando desempleada y atravesando una crisis de identidad, comenzó a recolectar objetos salidos del mar, caracoles, fragmentos de vajillas antiguas y cerámicas y “lo que me pareciese interesante, en cuanto a evolución, historia o estética, lo engarzaba en metal y lo llevaba encima. Amuletos o no, cada cual carga sus memorias. Yo cargaba la historia y naturaleza de mis raíces”, comenta sobre cómo comenzó a interesarse por la joyería.
Sobre Perdomo, López-Ramos dice: “Otra de las virtudes por las que sigo enamorado de ella es la de su voluntad para hacer y conocer cosas nuevas, como haber aprendido a pintar maravillosamente como lo hace, a base de esfuerzo y pintar mucho”.
Si bien a la pareja el amor le “entró” por el arte, la cocina es el lugar preferido de los dos para la complicidad. “Cuando la musa o el estado del tiempo no nos acompañan, nos metemos en la cocina a preparar platos exóticos mientras tomamos una copa de vino y conversamos. La cena debe ser espectacular, servida con gusto y buena presentación. Es un momento sagrado”, confiesa ella.
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Esta historia fue publicada originalmente el 17 de julio de 2015, 0:26 p. m. with the headline "Amor que ‘entró’ por... el arte."