‘El polvo del torbellino’, antología poética
Las antologías poéticas, como todos los géneros literarios, están divididas en diferentes categorías: territoriales, colectivas y generacionales. A los editores, a pesar de las controversias que estas provocan, les encanta publicarlas. No les importa que casi siempre resulten incompletas y arbitrarias. Sobre todo, las compiladas por académicos a nombre de alguna institución educativa. Y es que, en ellas, invariablemente sobran o faltan nombres de poetas. A veces, por criterios artísticos privados; otras, por razones ideológicas. Las menos, afortunadamente, por vergonzosos celos profesionales.
Sin embargo, eso no ocurre en las llamadas antologías personales. En estas no hay omisiones o adiciones de nombres porque solo aparece uno: el del poeta antologado. Y es él quien -a instancias de su editor- escoge los poemas que mejor representen la totalidad de su obra.
Que es, justamente, lo que ha hecho el poeta Rafael Bordao en su más reciente libro, El polvo del Torbellino (Obsidiana Press, 2023), en el cual ha incluido versos de todos sus poemarios anteriores con la intensión de que el lector pueda apreciar la amplitud -en términos de temática, imágenes, cualidades estéticas y variedad rítmica- de su corpus poético.
El libro comienza -aunque no está estructurado en un estricto orden cronológico- con versos de Proyectura (1986), su primer poemario y en los que es posible advertir -a pesar de su tono hermético- reminiscencias de su pasado insular cuando el tiempo no transcurría y su vida, entre aniversarios y consignas, languidecía en medio de la irrealidad que lo rodeaba. Como en el titulado, Distancia II, cuando escribe: “En medio de c**** y cañas hay una cuba de fábulas, / una nomenclatura envejeciendo/ y un esqueleto de efemérides abandonado”.
Le siguen los de Acrobacia del abandono (1988), cuando ya Bordao vivía en Nueva York y se enfrentaba a nuevos entornos urbanos que le permitían, a través de la observación de sus paisajes, expandir su universo poético. De esa época es el poema titulado, Pájaros insomnes: “En el parque de Washington Square/ los pájaros no duermen. / ¿Cómo podrían dormir estas aves delirantes/ estas limosnas de la providencia, / sobre este étnico galope que retumba/ hasta en los refugios de la muerte?”.
De los poemas de su libro Escurriduras de la soledad (1995), agrupados originalmente en cuatro secciones, Bordao seleccionó algunos correspondientes a las tituladas, Oleaje, Marejada y Mar de Fondo. De la primera, en la que regresa -también lo hace en las otras dos- a un tema que lo obsesiona, una muestra: “Ola retórica de agua/ que te suicidas/ en los umbrales/ de tu propia elocuencia, / Dale tu golpe/ olímpico de sal, / quiere abrir con sus manos/ tus ostras”.
Y de la última, Mar de Fondo, no dudó en incluir algunos poemas con evidentes elementos autobiográficos, como en el titulado, Resaca 3: “¿A dónde habrá de ir su alma sin un bote? / Enrolla su ajada travesía/ la ruta acérrima de cruces/ el estropicio de todos sus salvoconductos/ y ofrécelos como una recompensa/ a los gélidos y voraces escualos”.
El polvo del torbellino, que cuenta con una introducción del profesor Louis Bourne, es una abarcadora antología en la que no solo se accede a las casi cuatro décadas de la producción poética del autor, sino también a las claves (reminiscencias del pasado, aceptación del presente, incertidumbre ante el futuro) que lo han ido caracterizando en cada fase de su trayectoria y lo han convertido en un referente obligado de la poesía cubana del exilio.
Rafael Bordao, (1951, La Habana, Cuba), es autor de numerosos poemarios, entre ellos los galardonados Acrobacia del abandono (Premio Agustín Acosta, 1988) y Propinas para la libertad (Premio “Poeta en Nueva York, 1997). Fundó las revistas literarias La Nuez y Sinalefa, ambas editadas en Nueva York, ciudad en la que vivió muchos años. En la actualidad reside en Hollywood, Florida.