Artes y Letras

‘Manoseados’: personajes en el lodo de la existencia

Eduardo R. Rubin
Eduardo R. Rubin

El título del nuevo libro de Eduardo R. Rubin (Buenos Aires, 1962), Manoseados. En un mismo lodo (Ediciones Sol62) parafrasea los versos del tango “Cambalache”. La canción habla de un eterno dilema moral que muerde la conciencia de los hombres. Y así viven los personajes de estas historias: al borde de una catástrofe inminente donde la invención de la trama ahonda en una nostalgia que se vincula con el presente, como una fuga hacia adelante. Allí están los relatos “Miss Bolivia”, “Calma al niño”, “Cuarto oscuro” y “El último café”.

A esta nostalgia, muchas veces, se le adhiere una atmósfera enrarecida que exuda deseo. Es el caso de “Olga”. “A las tres de la tarde, nos paramos en la puerta del edificio regalando sonrisas nerviosas al aire. Me consumían los nervios de la primera vez, pero había que pasar por ello. En la escuela se empezaba a hablar demasiado del tema y estaban los que habían debutado y los que aún no. Había que transmutar rápidamente para no dañar la reputación”, recuerda el protagonista.

Eduardo D. Rubin es escritor, psicólogo social y coach. Ha hecho su carrera en el ámbito de la publicidad y el marketing y luego como fotógrafo ha exhibido su trabajo en Hong Kong, Beijing, Shanghái, Barcelona, New York, Miami y Buenos Aires. En 2002 se trasladó con su familia a los Estados Unidos. En 2011 publica su primer libro de fotografías de la serie “El Voyeur de la Ciudad” dedicado a Barcelona. Luego siguieron Beijing, Praga, Roma, Venecia, Marrakech, Berlín y el glaciar Perito Moreno. Muchos de sus trabajos literarios han aparecido en distintas antologías, entre las que se destacan Don’t Cry for Me, América. Antología de escritores argentinos en Estados Unidos (‎Ars Communis Editorial) y Relaciones imperfectas: Antología de escritores hispanos en los Estados Unidos (Ediciones Aguamiel).

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¿Cómo fue el proceso para escribir ‘Manoseados’?

Creo que comenzó como comienzan las mejores historias: sin proponérmelo. Yo no sabía que estaba confeccionando un libro. Fui hilvanando historias (como en la sastrería de mi padre donde se usaba mucho el hilván) en el taller de escritura creativa de Miami y un día me di cuenta de que esas historias dialogaban muy bien entre ellas. Si bien hay un hilo que las atraviesa a todas, cada una de ellas actúa de manera independiente. Son muy pocos los personajes que se repiten. Te diría más bien que son 23 cuentos que no buscan conexión entre ellos, pero que cuando los lees, te sumerges en una atmósfera que los atraviesa a todos. Las historias que componen Manoseados fueron creciendo solas, amparadas en los temas que me aquejan y que me interpelan. Por ejemplo, los últimos días de la vida de mis padres están relatados en varios cuentos, de distinta manera, ya que resulta imposible tener sólo una versión de tamaño acontecimiento.

El sexo es una corriente subterránea que acecha en varias historias del libro.

Considero al sexo como una de tantas pulsiones vitales. Nuestras relaciones, de cualquier tipo que sean, están atravesadas por el deseo y la pasión. Y aunque no siempre éstos son condimentos del sexo, lo son en mis historias y en mi mundo. El sexo no está en mi libro como un elemento de marketing, sino como aquello que hacemos los humanos: respiramos, reímos, dormimos, jugamos, conversamos y, sobre todo, tenemos sexo. Me gusta mucho indagar en el comportamiento de las personas, encontrar sus zonas oscuras, sus deseos inconfesables, destacar sus vulnerabilidades, encontrarlos indefensos frente a situaciones inesperadas. Me resulta más interesante abordar la vida de quien se está despidiendo de sus padres por lo inevitable del paso del tiempo, que de quien hace un negocio exitoso o remonta un barrilete. Hay mucha vulnerabilidad en las relaciones sexuales y en los encuentros cargados de erotismo y relaciones no consentidas. Es en esos recovecos donde transcurren mis ideas, buscando comprender qué le ocurre a las personas en esas situaciones.

Otro tema de ‘Manoseados’ es el ejercicio de memoria. Hay cuentos que transcurren en el pasado.

Manoseados es una serie de relatos que creí o imaginé escuchar cuando niño en la mesa de la casa de mis abuelos, donde tres generaciones nos reunimos para celebrar la vida. Dos de esas generaciones vinieron de Polonia y de a ratos parecía que seguían viviendo allí a pesar de haber estado en Buenos Aires casi toda su vida. Aquellas historias se comentaban hasta que alguien, algún adulto, lógicamente, decía que debían callarse porque los niños estábamos escuchando. No quedó otra alternativa más que imaginar el final de las historias. El pasado es un territorio narrativo muy rico. Todos los elementos de tu vida y lo conocido, está ahí esperando para que los escojas para tus historias. Es como un gran cofre repleto de recuerdos que sólo uno conoce. Claro que también podría decirte que me increpa el pasado que mi madre olvidó producto de su Alzheimer. También estoy trabajando un libro del tipo “me acuerdo”; quizás para que no me tomen desprevenido los achaques de la edad que acechan. Nuestra mente viaja al pasado para traer al presente algo que nunca ocurrió, pero podría haber ocurrido y eso es lo mágico.

¿Qué otra ciudad, aparte de Buenos Aires, es importante en su obra?

Mi mundo mental tiene las voces de Buenos Aires sonando en los cafés, los olores de Varsovia que vinieron en barco y acamparon en la cocina de mi abuela, el diseño de los edificios de Barcelona que veo en cada ciudad, la temperatura de Miami en los cuerpos sudados de mis personajes y muchos otros detalles que cargo en mi mochila viajera.

Tiene una serie de libros de fotografía dedicados a ciudades. ¿Qué es lo primero que hace al llegar a una?

Mi serie de libros de fotografías están desarrollados bajo el título de “El Voyeur de la Ciudad”. También ahí, como en la escritura, la idea es la de explorar las idiosincrasias de los habitantes de las ciudades. Los primeros días de llegar a una ciudad son como cuando entras en un tenedor libre, comes rápido, atolondrado y te cae mal. Es recién cuando conoces la ciudad que podés caminar por sus calles buscando con la mirada del explorador. No quiero que nadie me diga donde debo ir y qué debo visitar (eso pertenece al libro de fotos del recomendador) sino que disfruto perdiéndome entre las calles sin tener un plan. Me gusta quedarme en una esquina esperando que algo ocurra; algo que le diga a mi lente que lo que veo es extraordinario. Los bares con mesas en la vereda son mis lugares favoritos para entrar en la escena. Me gusta captar las imágenes sin modificar nada; pasar desapercibido, mimetizarme con el entorno y mirar sin ser visto.

¿Qué le dio y qué le quitó a su trabajo creativo vivir fuera de la Argentina?

Principalmente me llenó de hambre. De necesidades insatisfechas. Transitar un área que desconoces es un gran desafío. Pero el desafío es doble ya que eres desconocido para el resto. Parece una obviedad, pero vivir donde fuiste creciendo de pequeño te acuna, te deja arrullado y tranquilo. En cambio, estar en una ciudad en la que no tenés pasado es abrasivo, primero porque debes ir construyéndolo, pero también te deja muy solo. Es como una adicción adrenalínica a poder inventar lo que ocurrió (como en los cuentos), pero a su vez hay que poder soportar la secuela. En USA me las tuve que arreglar sólo: primero con la cámara fotográfica y luego con las palabras. Haberme liberado de las responsabilidades de conducir una pequeña agencia en Buenos Aires, me obligaron a poner mi libido en nuevas cuestiones.

¿Qué autores le atraen?

Leo un poco de todo. Me gusta mucho más leer cuentos que novelas. Lo último que fui leyendo fue a Samanta Schweblin, Luciano Lamberti y Philip Roth.

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