Historias sobre mujeres inspiradoras
Hace algunos años sacudió el mercado editorial Manual para mujeres de la limpieza, de la estadounidense Lucia Berlin, un libro que reunía un puñado de historias que giraban en torno a los oficios mal pagos que deben ejercer las mujeres cuando son el único sostén económico de la familia. El libro de la escritora Patricia Carvallo (Caracas, 1963), En esta casa nadie come pan (ni cuentos) (OT editores) también describe ese mundo, pero a diferencia de Berlin, sus protagonistas muchas veces enfrentan lo trágico con humor, un recurso que tonifica las tramas y el contexto social. A partir de la ironía, de manera seductora, se llega a contar vidas difíciles.
El libro, que reúne una veintena de relatos, está estructurado en cuatro secciones: “Olores”, “Pequeños oficios”, “Gente sin oficio” y “Oficios varios”. Así, los hilos de la realidad se cortan para exponer personajes contundentes. Es el caso de “Marielita nun va”, “Mi abuela Braulia” y “El hambre de Amparo”.
Patricia Carvallo es escritora y abogada egresada de la Universidad Católica Andrés Bello con especialización en Derecho Procesal Civil. Ha realizado los diplomados en Escritura creativa, Competencias especializadas de escritura y Guion y lenguaje audiovisual en la Universidad Metropolitana, y en Narrativas contemporáneas en la Universidad Católica Andrés Bello. Es editora de la web Suburbano.net y primer premio en la VI edición del concurso “Cuéntale tu cuento a la nota latina”. Sus cuentos han sido incluidos en varias antologías, entre las que se destacan Inficciones / Relatos de escritoras en confinamiento (ediciones Aguamiel, 2020) y Vacaciones sin hotel (ediciones Aguamiel, 2021).
¿Cómo surgió la idea de escribir historias sobre empleadas domésticas?
Un día que llegué tarde a una clase del Diplomado de Escritura Creativa en la Universidad Metropolitana en Caracas y el profesor me llamó la atención. Yo casi que con los lagrimones afuera empecé a decirle que claro que llegaba tarde, si yo venía de andar zanqueando a mis hijos por toda la ciudad para dejarlos con alguien y poder venir a clases, que cómo él no entendía eso, si yo no tenía muchacha desde hacía más de dos meses y me estaba volviendo loca. Eso para mí era un problemón, me tenía la logística vuelta un ocho. Y bueno, como siempre te recomiendan que escribas de lo que sepas, de lo que conoces, de tu cotidianidad; pues esa era la mía: una mamá que tenía que trabajar, ama de casa, que preparaba loncheras a las cinco de la mañana, llevaba a los hijos al colegio, a las piñatas, al básquet, a la natación, al flamenco, en una ciudad caótica como Caracas… y necesitaba ayuda en la casa. Pero la verdad es que escribir sobre este tema es como escribir sobre cualquier otro, como escribir de policías o seres fantásticos, o del amor, terror o la muerte. Tal vez por obvio, poca gente ha reparado en la cantera inagotable de historias que se tejen alrededor de las empleadas del hogar. Todos los días alguien me sigue contando anécdotas, para que formen parte de un próximo libro.
¿Cuánto tardó en darle forma al libro?
Los cuentos que dan origen al libro conformaron inicialmente el proyecto final en la universidad. Ahí quedaron hasta que, en el 2022, se presentó la oportunidad con Oscar Todtmann editores. Desempolvé los cuentos, descarté algunos relatos que ya no funcionaban, y complementé con otros cuentos que había venido escribiendo en estos últimos años, sobre todo desde que me arraigué en Miami; creo que me tomó un par de meses armarlo. El libro está dividido en capítulos y por “oficios”. El primero, el oficio de adentro, que son todas las historias que tienen que ver con empleadas domésticas, donde se encuentra el relato que le da el nombre al libro (que no es ficción, sino que es un pase rasante por la vida de mi nana, la señora que me crio y que fue mi segunda mamá; ese es el hilo conductor del libro. Luego están los “pequeños oficios”, que son todos los cuentos que de alguna manera tienen que ver con niños; “gente sin oficio”, que tratan de todo y de nada, y “oficios varios”, que trata de lo que le pasa a esos protagonistas que desempeñan diversas labores.
A menudo hay una sorpresa casi al final de las historias de ‘En esta casa nadie come pan (ni cuentos)‘.
Para mí, donde hay la sorpresa es porque me parece el desenlace natural del relato. La verdad que a veces no sé hacia dónde va la historia, y la sorpresa se revela como el desenlace natural del relato, no para que diga “ah, me engañó”, sino de agradarlo. Pero sí, tuve que trabajar mucho para aprender que hay muchas otras formas de culminar una historia.
El humor está presente en sus historias, ¿pero qué lugar tiene en su vida?
Yo pienso y hablo como escribo, y, además, como buena dramática, soy exagerada; y la exageración es un recurso perfecto para hacer humor. También lo utilizo como un mecanismo de defensa, como un escudo protector de mi intimidad. Así que lo cargo a la mano siempre. A lo mejor alguien por allí de mi familia cercana te diría que eso del humor es solamente en los libros, que yo me la paso brava, que me molesto tomando agua, pero esas son puras calumnias, totalmente infundadas. Yo ando todo el día con una sonrisa que me muerdo las orejas.
¿Cuándo supo que era una escritora?
Lo supe cuando me percaté de que esos mismos casos que llevaba a juicio (y que al decir de muchos tenían un toque novelesco), podía contarlos como historias de ficción, en otro formato, sin la rigidez y la aspereza del lenguaje jurídico, y para un público más receptivo, que no andaba diciendo que dejara el drama que los iba a hacer llorar, como alguna vez me dijo un juez. Cuando vi que lo escribía gustaba, pues allí ya me asumí escritora. Aunque todavía me cueste llamarme a mí misma así, (excepto en los bancos, que ahora cuando me preguntan ocupación, digo escritora en vez de abogada y me tratan mejor).
¿Qué significa para usted la ciudad de Miami?
En Miami tuve que comenzar todo de nuevo. Nuevo oficio, nuevos amigos, nuevos retos. Como no podía trabajar de lleno en lo mío, pues me adentré en lo que ya venía trabajando como de soslayo. Miami me permitió escribir sin culpa, sin pensar que le estaba robando tiempo al trabajo. Además, es el punto de encuentro de la diáspora venezolana, el punto de encuentro de amigos y familia, así que ya me siento en mi casa.
¿Y Caracas?
Es el lugar adonde siempre quiero volver, donde se me quedó el corazón y la cabeza, donde duermo profundo.
¿Qué autores venezolanos contemporáneos recomendaría?
Por supuesto que el primero, Rafael Cadenas, premio Cervantes 2022; Fedosy Santaella, el hombre orquesta: es docente, escribe cuentos, novelas, poesía, crónica, y además dibuja; Alberto Barrera Tyszka, por lo actual de las temáticas de sus novelas, siempre amenas. Héctor Torres un tremendo cronista, su Caracas muerde es un must; Federico Vegas, con sus cuentos, Ednodio Quintero, por la genialidad de sus minicuentos y la maestría en el trato de lo fantástico. Ana Teresa Torres, profusa autora, por el tono femenino de su obra, es refrescante, aunque tengan una carga psicológica fuerte. Y si Historia de Venezuela se trata, es un placer leer a Inés Quintero y a Edgardo Mondolfi.
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