‘Los vientos de Ámsterdam’, espías en la Calle Ocho
En los años sesenta la mayoría de los espías literarios eran ingleses, americanos o soviéticos. Sobre todo, en las novelas de John Le Carré, Iam Fleming y Tom Clancy. Corrían los tiempos de la Guerra Fría y sus personajes ficticios deshacían entuertos por el mundo. George Smiley, el de Le Carré, por ejemplo, descubría crímenes cometidos por agentes de Alemania del Este. Por su parte, James Bond, el de Fleming, desactivaba complots internacionales mientras ordenaba (shaken, not stirred) un Martini. Y Jack Ryan, el de Clancy, ayudaba a escapar de Moscú a los agentes de la CIA que eran descubiertos por la KGB.
Pero las cosas han cambiado. Hoy día hay espías de ficción que son españoles, argentinos y chilenos. También los hay, desde luego, cubanos. Uno de ellos, el agente Callejas, es el nuevo personaje del escritor Oscar F. Ortiz, y debuta en Los vientos de Ámsterdam (Wolfgang Books, 2024), su más reciente novela.
No es la primera vez que Ortiz incursiona en este género, ya lo había hecho en El impostor, que tenía como premisa argumental la eliminación de un doble agente que sale de Moscú hacia Nueva York con una ominosa misión. En esta ocasión, sin embargo, ha situado la historia en la época de la invasión de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles y como telón de fondo la ciudad de Miami en la cual Callejas, trabajando en una editorial de Virginia Gardens que servía como empresa fantasma de la CIA, es reclutado para convertirse en agente libre, o como se les llama en Langley: Non Official Cover.
Estructurada en capítulos cortos que se concatenan unos con otros, Los vientos de Ámsterdam, avanza de una manera lineal. Ni siquiera los siempre necesitados segmentos narrativos interrumpen el flujo de la acción. Como tampoco lo hacen los útiles flashbacks que Ortiz introduce para otorgarle profundidad psicológica a los personajes.
A pesar de su limitada extensión, todos están escritos con muchos detalles de época, alguna que otra irreverencia coloquial y una buena dosis de humor. Como cuando Callejas describe las razones por las que aceptó la oferta de Marcel Salazar, alias Balzac, el agente de la CIA que lo reclutó: “Había varios motivos legítimos para aceptarla. El más esencial era irme a vivir a Europa, concretamente a Ámsterdam. Repudiaba la ciudad de Miami con su falta de cultura, su descortesía habitual y su rampante grosería”.
O como cuando describe a Ferney de Caldas, un importante líder del exilio cubano, a quien Callejas debe vigilar en su primera misión: “Había sido preparado por la CIA para la invasión de Bahía de Cochinos. Se había plantado firme después de ser capturado en un debate televisado que se vio en toda la isla cautiva. Su famoso grito ante las cámaras defendiendo la Tercera Posición (ni con los rusos ni con los yanquis) todavía hacía eco en la conciencia de muchos cubanos”.
Lo que sigue es una complicada trama que se desplaza desde Washington hasta la Pequeña Habana y en la cual sus actores se citan para conspirar en oscuros bares de la Calle Ocho mientras las organizaciones políticas del exilio cubano celebran sus reuniones mensuales en el salón privado de un icónico restaurant.
Al final, después de que Callejas entra en acción, no solo descubre que Ferney de Caldas no era quien parecía ser, sino que también desenmascara (es un decir: lo elimina físicamente) a un agente de la inteligencia cubana que había logrado infiltrarse en el grupo. Es entonces cuando todas las piezas sueltas comienzan a caer en su sitio.
Los vientos de Ámsterdam es una novela que está escrita como debe escribirse una novela de espionaje y acción: directamente y sin complicaciones técnicas. Pero está escrita también con mucho oficio, repleta de detalles, diálogos fuertes pero creíbles y una secuencia narrativa tan adecuada que el lector no se sorprende cuando al fin, de repente, Callejas se pasea por la ciudad de sus sueños: Ámsterdam.