Ramón Fernández-Larrea: el cielo del poeta
“Uno nunca se propone escribir un libro de poesía”, confiesa Ramón Fernández-Larrea, ensayista y poeta cubano residente en Miami, sobre Todos los cielos del cielo, obra que obtuvo el sexto Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero, convocado por la editorial Verbum, de Madrid, y la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos de Salamanca, dentro de los actos del XVII Encuentro de Poetas Iberoamericanos, celebrado en España.
Lo que sí sabe muy bien Fernández-Larrea es que escribe diariamente. Así han llegado hasta los lectores Poemas para ponerse en la cabeza (Premio XX Aniversario El Caimán Barbudo, La Habana, 1986), Terneros que nunca mueran de rodillas (Premio de poesía Julio Tovar en 1997), Nunca canté en Broadway, entre otros trabajos en torno a la escritura como guiones para cine –Herido de sombras (1994), de Jorge Dalton– y radio y televisión, en el que su colaboración con Alexis Valdés en Esta noche tu night fue el pasaporte que lo trajo a Miami, luego de vivir en España.
Con 52 años Ramón Fernández-Larrea es un escritor prolífico que da cuerpo y verbo a una realidad que se transfigura con las brumas del exilio.
¿Es verdad que el libro se llamaba Todo lo que ardía? “El impulso final de armar el poemario fue ver las bases del concurso Gastón Baquero Descubrí tarde la gran poesía de Baquero, con quien tengo algunas deudas emocionales. Fue más una intuición que otra cosa, pero hay un poema mío titulado Vida secreta de los delfines, donde nada, en el fondo, el pez desolado de un poema de Gastón Baquero. El poema se llama Testamento del pez, y es un gran discurso contra el olvido. Entonces vino el problema del título. Yo siempre he sido bastante bueno con los títulos. De hecho, hay poemas de los que tuve muchos años el título, pero no el texto. Y también abro carpetas con títulos donde se van agrupando poemas y versos… y títulos. Este grupo o carpeta se llamaba Indian Creek Drive, que es la calle donde vivo. Pero necesitaba algo mejor para el concurso, y pensé en Todo lo que ardía, que fue el nombre provisional. Pero sonaba mucho a bolero, y ese no era el espíritu del libro. Entonces encontré el nombre que más me gustaba, que era un verso del poema La donna é mobile, y allí, en esa estrofa dice: “tu amor está muy bien/ el horror que está en mí/en el centro de la cabeza que viajó/por otra latitud de estas vidas/por todos los cielos del cielo/es una pérdida/una especie de lágrima viva/ empezando a crecer bajo las uñas”.
¿Un poema debe sugerir, encerrar un misterio, antes que decir? “El poema es, en sí mismo, un misterio. Si no, no es poesía. Y ese misterio es en primer lugar un misterio para el poeta. El poeta solamente es el instrumento, el portador, quien plantea el misterio, le da sonido y luz, o silencio y oscuridad. Por eso la poesía muchas veces puede parecer un acertijo. Porque todo depende de si los demás comparten o no las claves de ese misterio. Para mí el vehículo ideal es la emoción. Poesía que no conmueve, que no traslada un sentimiento, que no inquieta, que no siembra ese animal invisible en los demás, no llega a ser poesía. O por lo menos como yo la aprendí y como la concibo”.
Nació en un país de poetas exquisitos. La vara de la calidad literaria es muy alta. ¿A la hora de publicar es consciente de esa tradición? “Cuando uno tiene 20 años quiere romper cabezas y matar a los padres. Y cree que la poesía (y la vida) es un gran campeonato donde hay mejores y peores poetas. Hay poetas a los que lees y otros a los que no. Y los hay a quienes te sientes cercano o no. Pero están ahí y son una gran compañía. Los grandes poetas de mi país me abrigan, me acompañan, me echan el brazo sobre los hombros. Regreso a muchos, como a Fayad Jamís, a Eliseo Diego, a Eugenio Florit. Por supuesto que pienso en nombres como los de Heredia, Martí, Lezama. Me alegra pertenecer a esa cultura, a esa tradición, a ese cofradía”.
En los poemas de Todos los cielos del cielo no hay humor; al contrario, hay momentos sombríos. “Hay un aire trágico. Pero yo también siento, en algunos poemas, un sonido burlón, aunque luego, al final, el cierre sea más trágico que alegre. A esta altura del mundo son muy pocas las alegrías de la vida. Y a medida que uno vive y cree responderse las incógnitas, surgen nuevas preguntas. Y son más las preguntas que las respuestas. Creo que de ese desasosiego nacen estos poemas: he aprendido que lo único que sé, después de 57 años, es que quiero seguir aprendiendo. Aprendí a querer aprender. Y me doy cuenta de que no hay tiempo para eso. El mundo es demasiado grande, demasiado rápido, demasiado insomne para que un grano de arena entienda lo que es un desierto o una playa. No sé si soy un triste que hace humor, o que mi alegría sea en el fondo una tristeza que hace sonreír”.
¿Le molesta que a veces lo presenten como “poeta y humorista”? “No, nunca. Lo comprendí hace muchos años. He dicho otras veces que la poesía y el humor son mis dos autopistas hacia el infierno. Son las dos caras de una misma moneda. Una tierna y otra descarnada. Lo simpático es que uno nunca sabe a ciencia cierta si la poesía es la tierna o la descarnada. Los asumo los dos con la misma pasión, porque los dos son oficios muy serios”.
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@HVeraAlvarez
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de agosto de 2015, 8:48 a. m. with the headline "Ramón Fernández-Larrea: el cielo del poeta."