Una pared que nos atraviesa. La otra tierra y el otro mar de María Elena Hernández Caballero
Atravesar las paredes de la poeta y narradora cubana María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967) es como quien busca no salir a ningún sitio, como quien quiere quedarse para golpear una y otra vez esta palabra dura, que no admite moho ni grietas; es el único modo de leerla.
Cuando por privilegios obvios leí los primeros poemas de La pared (kyrne, Rockford University, 2024), supe que era un libro diferente a todos los anteriores porque, a mi modo de ver, es la poesía más intimista de toda su producción literaria. Acá la poeta abre un velo sutil hacia los sitios más vulnerables e intocables de su propia existencia. La amistad, el amor, la familia como tentáculo visible que atraviesa recuerdos y se instala para ser precisa como el humo. Pero, estos sitios apenas se muestran tangibles, es la poeta quien decide lo que nuestros ojos verán en este juego magistral con la imagen que va más allá del poema y se distiende ante nuestras propias preguntas existenciales, el adentro y el afuera cortándolo todo, puliéndolo todo con una obsesión primitiva por la palabra. La pared retrata el hueso mismo del sujeto que nada tiene que perder, porque el virus ya está instalado.
“La poesía es una enfermedad”, nos dice María Elena desde el título del poema en la página 39, lo dice con la seguridad del que respira. Y es cierto, la poesía es su enfermedad y ella no quiere un ángel, ella busca a su asesino, busca usar la tercera persona, hablar sin pudor de ella misma. Y lo hace, habla sin pudor, ataca, se sumerge en los filosos dientes de una sociedad que explota en su cara, que la llama basura blanca el día de los presidentes, pero no importa, porque María Elena flota, es un corcho, se levanta y no recicla ni una sola palabra, ni una sola imagen, a pesar del planeta, a pesar de las botas, y nos obliga a volar con ella para amar el gusano, ya sea mezcal, ya sea Dylan Thomas.
El lenguaje de La Pared es en ocasiones violento… Con las ganas que tengo de matar… Con las ganas que tengo de matar… No hay preocupación consciente por la estética en sí misma, sino una obsesión, otra vez, por la palabra. Cuando María escribe no descansa hasta dejarnos incómodos y vivos, hurgando en cada verso, hilvanando un hilo y otro, que a propósito ella rompe con giros que nos llevan a buscar afuera, para regresar al eje de adentro y aún allí dar vueltas y vueltas sobre la cabeza de algún dios que no existe. No hay alternativas ni curitas para leer este libro. Hay que ser valiente, tomarle el pulso a las heridas de una vez. Esta pared hiere, abraza, quema toda zozobra, para situarnos sin defensa ante nosotros mismos.
“Enough”, este poema-pared donde vivir no es respirar, es tal vez un lugar. Y, tarde o temprano, de cualquier lugar hay que irse, es un poema que mantiene la clave de los muchos libros de la poeta, la esencia nómada que habita su poesía del mismo modo que habita sus espacios físicos. En este poema la autora abre y cierra el catalejo hacia las sensaciones y las pérdidas, nos conmueve pero también nos pide hacer las maletas, porque hacer las maletas es el más efectivo modo de sobrevivir a la catástrofe, de entrar a la boca de la ballena, de saciar el hambre con cenizas.
“Sobre los hospitales llueve”, uno de mis poemas favoritos del libro, hace que la poeta disimule el llanto, corra dentro de la piedra y contra la piedra, cerca de la abstracción, comparta sus códigos de fidelidad y ternura para con los que ya no están y luego, bajo el agua de Kendall decir: Vivir toma tiempo. No me abandones. Te necesito vieja, Shirley Maclaine. Con este portazo cinematográfico, de la mano de Sigfredo Ariel, María Elena cierra la boca de este poema-nube, poema-rana, poema-magnífico.
El diálogo de la poeta con su existencia y con la sombra del mundo que la rodea. Su mecanismo de defensa, las llaves que no existen, el tiempo, el odioso tiempo disfrazado de poetas que quieren ser otros poetas, lo mal que está la poesía, el optimismo, las fisuras del puente que cae, que es ajeno y hay que cruzar con dignidad, según dice Ida Vitale, con quien quisiera casarse, pero no puede, porque sería bigamia.
Esta pared que nos atraviesa es la pared de María Elena Hernández Caballero, donde cierta melancolía y su fidelidad hacia la palabra nos hace creer en la verdadera poesía sin adornos y sin límites.
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