‘Hilvanando memoria’: Laura Marsh e Inés Raiteri tejen comunidad, historia y sanación en Dot Fiftyone
En una galería de paredes blancas, en el corazón del barrio de Allapattah en Miami, el hilo no solo une telas: cose memorias, gestos y relatos compartidos. Esa es la premisa de Laura Marsh and Inés Raiteri: Labyrinth of Thread, la evocadora exposición en Dot Fiftyone Gallery que presenta el trabajo textil —distinto pero profundamente entrelazado— de la artista estadounidense Laura Marsh y la argentina Inés Raiteri. Aunque provienen de geografías y generaciones distintas, ambas coinciden en el bordado como acto colectivo, la tela como lenguaje simbólico y el arte como forma de cuidado.
Curada por Saul Ostrow —crítico, editor y curador con más de cuatro décadas de experiencia en arte contemporáneo— la muestra se articula alrededor de tres piezas textiles de gran formato. Dos de ellas son colaborativas: una iniciada por Marsh y finalizada por Raiteri, y otra a la inversa. La tercera, un lienzo comunitario, comenzó en Argentina y cobró nueva vida en Miami Springs, donde Marsh dirige sesiones semanales de bordado con personas mayores. Ostrow, quien ha curado más de 70 exposiciones en Estados Unidos y Europa y fue director del Departamento de Artes Visuales y Tecnologías del Cleveland Institute of Art, reside actualmente en la ciudad de Nueva York.
“Cuando Alfredo Guzmán [director de Dot Fiftyone Gallery] me trajo las piezas del estudio de Inés —una casi terminada, otra en blanco y un lienzo comunitario— sentí que debía responder desde el hacer”, cuenta Marsh. “Me lancé al textil comunitario, que se convirtió en el corazón de la exposición y sigue abierto a nuevas intervenciones. Durante meses, lo bordé junto a estudiantes del Miami Springs Adult Center. Cada semana sumaban una imagen, un recuerdo, un símbolo de sus vidas”.
Ese taller, dice Marsh, “no fue solo un espacio de enseñanza: se volvió un círculo de escucha, afecto e intercambio intergeneracional”. Una participante bordó un pájaro que empezó a aparecer en su patio tras la muerte de su sobrina. Otra, llamada Luceli, dejó un ave pequeña antes de fallecer. “Le escribí un poema en su honor”, recuerda Marsh. “Era sobreviviente de violencia doméstica, talentosa en la acuarela y el bordado. Su presencia sigue allí. Cada hilo es una memoria. Cada puntada, una historia contada con las manos”.
Para Ostrow, fue esa intersección entre materialidad, intimidad y pedagogía la que inspiró el núcleo conceptual de la muestra. “La exposición tiene un doble enfoque”, explica. “Primero, examina prácticas que desafían los límites tradicionales entre arte y artesanía. Segundo —y esto inspiró el título— profundiza en las bases conceptuales de cada artista, enfatizando cómo sus ideas solo se concretan plenamente a través del medio que han elegido. El laberinto funciona como metáfora de los caminos complejos y deliberados que ambas artistas recorren”.
Raiteri, formada en el prestigioso Programa de Talleres para las Artes Visuales dirigido por Guillermo Kuitca en Buenos Aires, ha explorado por años la dimensión comunitaria del bordado. “El arte ocurre con otros”, afirma. “Desde el principio, Laura y yo pudimos entrar rápidamente en el trabajo de la otra, aunque no nos conocíamos. Ambas entendemos la colectividad como un acto creativo”.
Su aporte incluye un lienzo bordado en talleres que dirigió en Argentina, usando sábanas que habían pertenecido a su abuela. “La tela conserva el tacto como caricias repetidas”, dice. “El bordado es una forma de texto: a veces oculto, pero siempre elocuente. Activa la memoria”.
Raiteri también bordó semamoris, amuletos inspirados en tradiciones japonesas en las que las madres cosen símbolos protectores en la ropa de sus hijos. “Son como talismanes portátiles”, explica. “Los combiné con patrones de papel tapiz que evocan paisajes naturales. Hablar de arquitectura, en cierto modo, es hablar de cómo habitamos el espacio”.
Para Marsh —egresada de Yale y del Cleveland Institute of Art— el bordado es un lenguaje crítico enraizado en la autobiografía, la protesta y el cuidado. “Una de mis piezas en la exposición es una gran banda azul bordada con la técnica india shisha”, cuenta. “Los espejos simbolizan reflexión y protección. Vengo de un entorno familiar difícil, y esta es mi forma de decir: no estoy de acuerdo con la crueldad. Seamos amables unos con otros”.
En su linaje artístico menciona a Jenny Holzer, Sheila Hicks, Jessica Stockholder y Alfredo Jaar. “Su visión de América como algo plural —Norte y Sur unidos— siempre me ha resonado”, dice. “Esa mirada influyó en cómo abordé esta colaboración”.
Ostrow señala que, aunque distintas, las prácticas de ambas comparten un impulso indexical. “Laura proviene del arte escultórico y visual, y trabaja con temas de identidad”, afirma. “Inés tiene raíces en la artesanía, pero un enfoque conceptual orientado a la comunidad. Curiosamente, sus enfoques antagónicos convergen en la enseñanza, un punto clave de intersección”.
Esa dimensión educativa —los círculos de costura de Marsh en Miami y las décadas de docencia temprana de Raiteri— impregna la exposición de una ética de transmisión. “Los talleres comunitarios lo son todo”, dice Marsh. “Dos veces por semana lidero sesiones con personas mayores. Exploramos puntadas —dividida, nudo francés, pluma— y lo que esos gestos significan. Es meditativo, táctil, empoderador”.
Una obra destacada es una rueda cromática de puntadas, creada en colaboración con sus alumnas. “Les ayuda a ver el hilo como medio pictórico”, dice Marsh. “El bordado permite mezclar colores, superponer sentidos y ofrecer presencia”.
Ostrow subraya cómo ambas artistas recuperan el bordado como herramienta conceptual y política. “Transforman el bordado de una labor pasiva en una práctica crítica activa, tanto personal como colectiva”, dice. “La aguja y el hilo se convierten en líneas de investigación; la tela, en un palimpsesto cuyas capas se resisten a ser resueltas”.
Incluso la concepción de la muestra refleja esa dialéctica. “No pensé tanto en las diferencias generacionales como en las culturales”, agrega Ostrow. “Laura e Inés narran distinto —de manera lineal y no lineal— y esperaba que ese contraste se percibiera en cómo se yuxtaponen sus obras, revelando el potencial de este medio”.
Los textiles, históricamente vistos como decorativos o domésticos, adquieren aquí una nueva significación. “El público a veces espera algo suave, menor, hogareño”, apunta Marsh. “Pero aquí, el hilo está cargado de fuerza simbólica y capas de historias personales y colectivas”.
Para Ostrow, esta transformación es reflejo del lugar que ocupa hoy el arte textil. “Hoy, el textil tiene un rol insurgente, casi subversivo. Participa activamente en los discursos sobre materialidad, trabajo, descolonización y jerarquías tradicionales. Es un territorio fértil de tensión productiva que refleja cambios profundos en la cultura contemporánea”.
Pese a la distancia física, las artistas desarrollaron un diálogo auténtico. “Nos comunicamos en inglés y algo de español —lo suficiente para entendernos”, dice Marsh. “Nos habría gustado hablar mejor el idioma de la otra, pero la voluntad estuvo ahí. Eso dice mucho sobre la convivencia. Colaborar así se sintió humano, compasivo”.
Raiteri coincide: “Nos unimos donde pudimos. Su comunidad entendió lo que significa crear juntas —respetando el espacio de cada una, bordando desde adentro”.
Laura Marsh and Inés Raiteri: Labyrinth of Thread se exhibe hasta el 13 de agosto, pero sus hilos siguen abiertos a nuevas manos. “Esta exposición confirmó algo en lo que creo profundamente”, dice Raiteri. “La belleza se puede construir juntas. Y me encanta que todavía me sorprendo”.
“Laura Marsh and Inés Raiteri: Labyrinth of Thread”, Dot Fiftyone Gallery. 7275 NE 4th Ave, Miami. Hasta hasta el 13 de agosto de 2025. Lunes a viernes de 12 p.m. a 7 p.m.; sábados de 2 p.m. a 6 p.m. Entrada gratuita. Más: (305) 573-9994 o dotfiftyone.com.
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