‘Paseo con tulipanes y otros paisajes’, una vida en forma de cuentos
La pentalogía El olvido y la calma, en mi opinión el proyecto literario más abarcador emprendido alguna vez por un escritor cubano exiliado, le tomó a José Abreu Felippe más de quince años escribirla.
De las cinco novelas que la componían, El instante (Editorial Silueta, 2011) fue la última en ser publicada. Desde entonces, Abreu no ha vuelto a incursionar en el género.
Como quiera que haya sido, al menos ha seguido escribiendo poemarios y obras de teatro. También, por suerte, libros de cuentos. Como el titulado Paseo con tulipanes y otros paisajes (Editorial El Ateje, 2025), el más reciente de ellos.
Este nuevo volumen comprende una decena de relatos de los cuales, la mayoría, se enmarca en los temas que han sido puntuales en su literatura. Sobre todo, el de la familia y los amigos. Y, en particular, el de la figura materna, tal como aparece reflejada en el primer cuento, Paseo con tulipanes, que da título al libro y que comienza en Madrid un 31 de diciembre: “Mi madre estaba sentada en la butaca. Sobre la mesa de la sala había tres platos con uvas y una botella de Codorniu. Era el último día de diciembre y en la pantalla del televisor se veía el reloj de la Plaza Mayor. Todavía faltaban como quince minutos para las doce”.
Pero antes de que en la Puerta del Sol las campanadas terminen de sonar y los fuegos artificiales comiencen a iluminar la noche, el lector habrá conocido la conmovedora historia de esta familia de exiliados cubanos que esperaba por una visa para viajar a Miami. Toda contada con una increíble minuciosidad narrativa durante el paseo que aquella tarde madre e hijo habían emprendido desde el barrio de Aluche hasta el centro de la ciudad. Hacía frío y mientras caminaban, rememoraban los recuerdos de su vida en Cuba. Pero la madre también recordaba los de su nueva cotidianeidad madrileña, como aquel en el que siempre, al llegar la primavera, iba a ver los tulipanes recién florecidos en el Paseo el Prado.
El cuento cierra cuando el reloj marcaba las doce menos cinco. La madre miraba hacia el teléfono esperando que alguno de sus hijos llamase antes de la medianoche y deseando que al fin “terminase el invierno para, por última vez, poder ir a ver los tulipanes”.
El segundo relato, titulado Aún nuestra juventud era una cosa ajena, es un texto que también se enmarca en otro de los temas preferidos de Abreu: la amistad. Escrito con gran realismo, hay escenas tremendamente gráficas. Está dedicado al joven escritor Juan Francisco Pulido, que se suicidó mientras estudiaba en la Universidad de Saint Paul, Minnesota.
La temática y el formato de algunos de los que siguen son diferentes. Como en Cándido, que está escrito con escasos segmentos narrativos, casi como un guion cinematográfico: “-Dónde es que lo ves? -Ya te dije, en todas partes… en la sala, en el baño, en todas partes. - ¿En el baño dijiste? -Sí. - ¿En qué momento? -Cuando me estoy bañando”.
O como el tremendamente erótico, Magda, mi amor, en el que se narra un breve romance entre una mujer casada y un exiliado cubano recién llegado a Miami: “La conocí en la cola de un cine, ya desaparecido, que por esos años era una especie de cinemateca”.
O como Verde o azul claro, con el que cierra el libro y que podría catalogarse, por sus alteraciones de tiempo y espacio, de tema fantástico: “El edificio daba la impresión de ser un complejo hospitalario. Yo no tenía conciencia de por qué estaba allí ni cuando había llegado”.
Paseo de tulipanes y otros paisajes es un libro escrito con muchos detalles. Como debe ser. Y es que, en ficción, no importa si es un cuento o una novela, el escritor debe ser específico para convencer al lector. Y José Abreu lo es. Tan específico es, que a veces uno piensa que todo lo escrito pudo haber sido realidad.