‘La sombra del reflejo’, un desafío a los límites de la realidad
Cuando ya había publicado ensayos, poemarios y libros de cuentos fue que el escritor cubano Tony Ruano escribió El lagarto azul (Enzo, 2022), su primera novela. Al parecer, le tomó gusto al género porque, apenas tres años después, ha regresado con otra titulada La sombra del reflejo (Editorial El Ateje, 2025), que abre con un poema de tono místico (“floto o quizás vago, todo lo puedo, ya nada quiero, si miro veo lo que deseo”) y que servirá de introducción a una trama que avanza, capítulo a capítulo, entre lo real y lo imaginario. Es decir, entre las cosas de este mundo y las del más allá.
Situada en el entorno rural de un pequeño pueblo, la novela comienza en un plano realista, justo en el momento en que se llevaba cabo el velorio de Jacinto, uno de sus más prominentes ciudadanos: “La humedad dominaba el ambiente. Una película de sudor se posaba en la piel de los asistentes. Las mujeres agitaban sus abanicos en busca de alivio al sofocante calor. Los fumadores se reunían en grupos dispersos, en el patio y en el frente de la casa, envueltos en una nube de humo”.
Sin embargo, la realidad pronto da paso a lo imaginario cuando el alma de Jacinto abandona su cuerpo: “Una vez que se sintió liberada, su alma se dedicó a explorar cada calle, rincón, portal, escondrijo conocido o por conocer”. Y es ese recorrido extracorporal el que Ruano utiliza para, desde la perspectiva del espíritu de Jacinto, no solo contar la historia del pueblo (“La magia, siempre la magia ligada a lo que aconteciese desde que los exploradores llegaran al río y decidieran fundar el pueblo cerca de sus riberas”) sino también la de sus habitantes, como la de Rosa y Miguel, cuyo romance es contado desde su principio hasta su final. La del niño Gabriel, que había nacido con el don de la clarividencia y vaticinaba catástrofes. La de Eloísa, la dueña del prostíbulo, iniciadora y vendedora de amor, que “reloj en mano” vigilaba el tiempo de los servicios amatorios. La de Juan Manuel, el inescrupuloso y usurero prestamista. Y otras muchas más, entre ellas la del alcalde, que se apropiaba del dinero destinado a la construcción de escuelas para su propio beneficio.
Son estas historias individuales, tan intrínsicamente ligadas, las que le dan un sentido de totalidad a la novela y la hacen, a pesar de su desenfrenada imaginación, creíble. Y es que en nuestros pueblos de provincia siempre han existido (ya se sabe: pueblo chico, infierno grande) amantes adúlteros, adivinadores de todo tipo, burdeles clandestinos pero permitidos, garroteros con antecedentes penales que no aceptaban plazos a la hora de cobrar y, por supuesto, políticos corruptos.
Contadas de una manera directa, en cada una de ellas los diálogos tienen un papel importante: hacer avanzar la trama. Sin embargo, no todo es escenificación. También hay oportunos segmentos descriptivos que no solo sirven de enlace, sino que, además, por su excelente prosa, le añaden literalidad: “Una neblina temprana se esparcía por la zona. Se alzaba del río para luego avanzar por todo el valle e ir a chocar con las faldas de las lomas que circundaban el pueblo, cubriéndolo todo a su paso. El trote de un corcel se escuchaba a la distancia. Todo sereno, todo callado, todo tranquilo, solo el marcado sonido de los cascos, rebotando sobre las piedras, se dejaba escuchar”.
Así, lo que comenzó en el velorio de Jacinto y continuó con su fantasmal recorrido, termina en el momento de su entierro. Esta escena final, que se desarrolla en el cementerio, cierra de una manera contundente: “Jacinto escuchó los discursos de despedida y el chirriar del mármol contra el concreto al tiempo de cerrar la tumba”.
La sombra del reflejo cuenta dos historias, la de un pueblo y la de sus habitantes, ambas integrándose en un solo relato que, desafiando lo límites de la realidad se convierte, por la capacidad fabuladora del autor, en una estupenda novela en la que todo es posible.