‘Del polvo no he venido’, la reparación de una injusticia
Los propósitos de las antologías son múltiples. Uno de ellos, quizás el más importante, es la conservación y difusión de la obra del antologado. Sin embargo, cuando esa antología es la de un poeta que, como el cubano Omar Rodríguez García, fue marginado y condenado al ostracismo en su propio país, el propósito inicial se convierte entonces en algo todavía más importante: la reparación de una injusticia.
Y es justamente eso lo que la editorial Betania acaba de hacer al publicar en España Del polvo no he venido, una abarcadora antología en la que se incluyen no solo poemas escogidos de sus libros -tanto de los publicados como de los inéditos- sino también aquellos que el autor, en su vital y azarosa andadura, fue dejando olvidados en el camino.
La antología, cuya selección y prólogo estuvieron a cargo de la licenciada Mirladys Ventura Portal, comienza con los del libro, Pequeña epopeya de un ángel, escrito en 1980, pero nunca publicado. Como muestra, escojo el verso que, además de dar título al volumen, sienta el tono de sufrimiento y desesperanza de los que le siguen: “Del polvo no he venido,/ ni del barro procedo con mis alas de sol, / que a pesar de sus mustios revuelos de penumbras, / son mis alas de ser, de sufrir, de soñar/, y de acusar de paso con dedo inquisidor/ los crímenes del viento”.
De su segundo libro, De flor y soledad (Editorial Capiro, 2003), la licenciada Ventura Portal escogió acertadamente una veintena de logrados sonetos cuyos endecasílabos parecen cantarle, primero, al amor: “Bien sé de una mujer, quizás de estrella, / quizás mejor de rosa vespertina. / Mujer de soledad, casi divina, / por quien pasa el dolor sin dejar huella. / Bien sé de esa mujer, y sé por ella, / que es de cielo el amor, que el cielo existe; / y a veces triste, como un ángel triste, / resulta siempre esa mujer tan bella”.
Solo para, enseguida, retomar la angustia y el desamparo que siempre permearon sus versos: “¿Qué soy, que a veces pienso en mi locura/ -en mi eterna locura de egoísmo-, / que no existe el amor, que es espejismo, / de aquello que sin ser, es desventura?”.
Rodríguez García no solo dominó, como ya vimos, el difícil subgénero del soneto, sino que, también, lo hizo con la décima. Una prueba de ello son las del titulado, Casi al estilo de Dios, en las que, a caballo entre el reclamo histórico y el elogio merecido, hace desfilar líricamente a los personajes populares de San Juan de los Remedios, su ciudad natal.
O las que aparecen en Para no perder la locura, donde le canta una vez más a su terruño: “Vieja ciudad, con balcones / de estrellas en los vitrales, / como ensueños coloniales / de pasadas ilusiones”.
En A cielo errante, su último libro -inédito como casi todos- regresa al soneto. Y lo hace retomando algunos de sus viejos temas, como el propósito y el sentido de la vida: “¿Entonces qué de mí, si no distingo/ mi divina porción, mi Yo soñado? / ¿Soy por fuerza no más el resultado/ de la alquimia del polvo en que me extingo?”.
Escojo como cierre el que escribió, ya casi al final de su vida, en la Prisión Provincial de Santa Clara: “He soñado un país inexistente, / utópico tal vez por soberano;/ de plena libertad, sin presidente. / Que pueda devenir después tirano”.
Del polvo no he venido no solo es una muestra cuidada y representativa de la obra de Omar Rodríguez García, sino también, en mi opinión, una merecida respuesta a la forma injusta en que las autoridades culturales de Cuba lo trataron. Y es, también, una excelente y oportuna manera de otorgarle póstumamente el reconocimiento que nunca le dieron en vida.