’La vida se gasta’, verdades sobre la vejez
La vejez, desde la antigüedad hasta nuestros días, ha sido un tema constante en la literatura. Ha sido, además, explorado ampliamente en sus diferentes géneros. Sobre todo, quizás por su carácter analítico y reflexivo, en el del ensayo. Como el titulado La vejez, de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, un riguroso análisis sobre las experiencias individuales de los ancianos que, en su momento, desató una gran controversia. O el de Martha Nussbaum y Saul Levmore, renombrados profesores estadounidenses, quienes, en su conocido ensayo, Envejeciendo con sentido, combinaron sabiamente sus diferentes y polémicas opiniones sobre la discriminación y los prejuicios que los ancianos debían enfrentar.
Sin embargo, lo cierto es que no hay que ser ensayista o filósofo para poder, de una manera honesta y veraz, opinar sobre un tema que, por sus implicaciones sociales, económicas y de salud, es tan importante para todos. Una prueba de ello es el libro, La vida se gasta (Roque Libros, 2025), de la escritora y periodista, Gladys Pérez, en el cual nos ofrece, sin necesidad de academicismos y solo a través de anécdotas personales y sagaces observaciones, su visión de una de las etapas más difíciles de nuestras vidas. Hechas, eso sí, con la “mesura y agudeza” que dan los años porque ella, también, pertenece a la tercera edad.
En los diez capítulos que lo componen y que ella, en un sentido cinematográfico llama “tomas”, Pérez analiza con gran profundidad y a partir de su propia realidad, los más diversos aspectos de la senectud. En cada uno de ellos, como una suerte de anticipo de lo que está por venir, un aforismo de su cosecha aparece en la primera página. Por ejemplo, en la Toma 1, advierte: “La vejez no es una travesura de la vida ni un mal momento que vamos a superar”. Y en la Toma 10, la última, lo siguiente: “Quisiera que la muerte me sorprendiera, no quiero verme morir poco a poco. Necesito que la muerte no me amenace, quiero no darme cuenta de que está cerca, no presentirla”.
Así, entre la primera y última “toma”, el libro avanza y va abarcándolo todo. En primer lugar, la soledad: “Seamos sinceros, los años finales son un período solitario. A medida que se endurece la vida, los ancianos suelen ser postergados por el escenario que les rodea”. En segundo lugar, le siguen las nuevas cotidianeidades a enfrentar, como los problemas de salud: “Las clínicas que reúnen a la tercera edad son un muestreo de quiénes somos los viejos de nuestro tiempo. Cuando decidí entrar en una de ellas fue porque estaba hastiada de divagar por consultorios donde no éramos la prioridad”. Y, en esa misma “toma”, también reflexiona sobre el comienzo del fin: “El pánico se apodera de nosotros cuando olvidamos las llaves, el nombre del vecino, la anécdota de aquel viaje, todos nos sentimos acechados por esa enfermedad que no discrimina a nadie: el alzhéimer”.
Por último, opina sobre la eutanasia: “Es una forma de morir en paz, con dignidad y respeto, es un proceso donde ya se hizo todo lo posible, donde la ciencia claudicó. Es una decisión en la que intervienen conceptos, ideología y derechos individuales. La eutanasia no es un asesinato autorizado ni un suicidio asistido, es un acto de piedad y compasión para evitar vivir en desahucio y penumbras”.
La vida se gasta es un libro escrito con una prosa que, aunque sencilla y directa, no está exenta de sabiduría, sentido común y buen juicio. Es decir: escrita con el corazón. Aquí no hay, como en muchos estudios académicos sobre el mismo tema, extensas bibliografías y agotadoras citas textuales. Lo que sí hay son muchas historias tremendamente conmovedoras que nos hacen reflexionar, no solo sobre la fragilidad de la vida sino también sobre nuestra propia mortalidad. Un libro que todos deben leer.