‘El otro espía’, una historia novelada basada en hechos reales
A mediados del siglo XIX, James Fenimore Cooper escribió, El espía (1821), considerada como la primera novela moderna de espionaje. Le siguieron, ya en el XX, El agente secreto (1907), de Joseph Conrad y Los treinta y nueve escalones (1915), de John Buchan, con las cuales el género verdaderamente despegó.
Sin embargo, no sucedió lo mismo con las novelas de espionaje escritas en español. De las pocas que hubo, una fue Mare Nostrum (1918), de Vicente Blasco Ibáñez. Pero la realidad es que nunca gozaron de una verdadera tradición literaria. Una de las principales razones es que no ha habido suficientes escritores que se hayan aventurado a escribirlas.
Es cierto que, recientemente, varios autores españoles han escrito algunas (Falcó, de Arturo Pérez Reverte y Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes), pero desafortunadamente el impulso no se convirtió en tendencia. De repente, ambos dejaron de hacerlo y volvieron a su zona de confort literario.
En el caso de los escritores cubanos exiliados ha ocurrido algo parecido. Es decir, muy pocos han abrazado el género. Entre ellos, hay que mencionar a Humberto López Guerra, radicado en Suecia desde 1969, quien sentó pauta cuando publicó, primero, El traidor de Praga (2012) y un poco después, Triángulo de espías (2016), una saga de la anterior que comenzaba en Estocolmo con el asesinato de la hija de un importante desertor cubano.
Y ahora, casi diez años después, López Guerra regresa con El otro espía (Saturn Förlag, 2025), no una novela de espías propiamente, sino una “historia novelada basada en hechos reales” (como él mismo la califica) en la que narra la captura en La Habana del espía alemán Heinz August Lüning y su posterior condena a muerte, llevada a cabo el 10 de noviembre de 1942 en los fosos del Castillo del Príncipe.
Ambientada en plena Segunda Guerra Mundial, El otro espía no comienza en La Habana como podría suponerse, sino en Hamburgo, cuando en la Oficina Central de la Seguridad del Reich, se recibe la orden ejecutiva de enviar al agente A-3779 a La Habana “con la mayor brevedad”.
Así, una semana después, el 21 de agosto de 1941, Majín Herrera, cónsul de Honduras, le entrega a Paul Kraus, oficial de las SS, un pasaporte hondureño a nombre de Enrique Augusto Luni de 29 años, comerciante y natural de Utila, Honduras, con el que un mes más tarde, cuando todo estuvo listo, Heinz August Lüning (el agente A-3779) partiría desde Barcelona hacia La Habana a bordo del vapor Villa de Madrid a cumplir su misión.
Estructurada en dos partes, sesenta capítulos y un esclarecedor epílogo, la historia avanza de una manera cronológica hasta que Lüning llega a una ciudad de La Habana repleta de espías, mafiosos, políticos corruptos, escritores que aspiraban a ser héroes y en la que cada día los periódicos publicaban el nombre de los barcos mercantes hundidos frente a sus costas por submarinos alemanes.
En escenas que se interconectan unas con otras van apareciendo los personajes principales: Floyd Jones, otro espía alemán cuyo verdadero nombre era Rudolf Arendt y transmitía información a Berlín; Raymond G. Leddy, coordinador del Servicio Especial de Inteligencia del FBI; Graham Greene, escritor inglés que también era miembro del M-16; Mariano Faget, jefe del Servicio de Investigaciones de Actividades Enemigas, quien junto a Manuel Benítez, jefe de la Policía Nacional, en un operativo espectacular para la época, capturó al espía Lüning. Y Ernest Hemingway, quien perseguía submarinos alemanes con su yate Pilar en aguas del Caribe.
El otro espía se basa en un evento histórico específico, pero por la minuciosidad con la que está escrita, es abarcadora en contenido y significado. Hay tantos detalles en los escenarios descritos que uno puede imaginar, no solo la profunda investigación que el autor debió realizar, sino también el esfuerzo que debió emplear para, utilizando las técnicas de la ficción, llenar los vacíos históricos de la trama y enriquecer literariamente su narrativa.
Como quizás debió hacer para escribir esta última escena: “Eran las 7:,57. El oficial regresó junto a los fusileros, levantando el sable con determinación. En un movimiento rápido, el sable descendió: ¡Fuego! El estruendo de los ocho fusiles resonó en el foso del Castillo del Príncipe. El cuerpo de Heinz August Lünning se estremeció con el impacto de las balas, y su cabeza cayó sobre su pecho”.