Artes y Letras

Marcelo Rioseco: la poesía doméstica del exilio

Marcelo Rioseco (Chile, 1967), es escritor, se gana la vida dando clases en una universidad de Estados Unidos y conoce muy bien la dinámica de la literatura y la de su patria extranjera.
Marcelo Rioseco (Chile, 1967), es escritor, se gana la vida dando clases en una universidad de Estados Unidos y conoce muy bien la dinámica de la literatura y la de su patria extranjera.

“En literatura hay que acariciar los detalles”, decía Vladimir Nabokov con la certeza de que sus palabras sonaban como una máxima ante los estudiantes norteamericanos. Marcelo Rioseco (Chile, 1967), como el autor de Lolita, es escritor, se gana la vida dando clases en una universidad de Estados Unidos y conoce muy bien la dinámica de la literatura y la de su patria extranjera. Su nuevo libro de poemas, Domestic Life (Alliteration), es una guía afectiva de esa experiencia privada y pública donde los detalles, lejos de concebir una existencia minúscula, la pavimentan de cálidas revelaciones.

Cada poema de la obra, presentado en edición bilingüe y traducido al inglés por Arthur Malcolm Dixon, se centra en actividades cotidianas como preparar una taza de café, las compras en el supermercado o una caminata por el vecindario. Sin embargo, a través de estos escenarios, lo que emerge es una reflexión sobre la identidad y el arte como forma de resistencia.

Marcelo Rioseco es autor de Ludovicos o la aristocracia del universo (Editorial Universitaria), que ganó el Premio de Poesía Revista de Libros, que otorga el diario El Mercurio de Santiago de Chile. A lo largo de su carrera literaria ha publicado los libros de poesía Espejo de enemigos (Uqbar Editores), 2323 Stratford Ave. (Uqbar Editores) y La vida doméstica (Editorial Cuarto Propio), este último recibió el Premio Academia, que otorga la Academia Chilena de la Lengua al mejor libro del año. Su libro de poesía Olivia en los suburbios fue publicado en España por Valparaíso Ediciones. En la actualidad, el escritor imparte clases de literatura latinoamericana en la Universidad de Oklahoma.

En Domestic Life parece haber una mirada doble: la del inmigrante que observa la vida norteamericana y la del poeta que no termina de pertenecer a ninguna parte. ¿Esa distancia es una herida o una forma de libertad?

Definitivamente una forma de libertad. El inmigrante pertenece a alguna parte, ya sea a su patria de origen —que recuerda con una dolorosa y secreta melancolía— o a su deseo obsesivo por pertenecer a una nueva sociedad. En Domestic Life juego con la camiseta del Real Madrid y del Barcelona al mismo tiempo: estar en ese espacio intermedio, imposible. Hago trampa. Porque ¿cuándo uno deja de ser emigrante? ¿Es una categoría eterna? ¿Qué significa ser emigrante? ¿El que nunca será completamente de un solo lugar? ¿El otro, el distinto, al que le falta algo? Así como se puede decir “emigrante”, también se puede decir “expatriado”. ¿Por qué no? Los escritores que más me interesan son los que están siempre incómodos: les molestan los grupos, la pertenencia. El poeta no es un funcionario; detesta los gremios.

¿Qué te enseñó la traducción de Arthur Malcolm Dixon sobre tu propia escritura?

Me enseñó la extraordinaria dificultad que entraña traducir al inglés un lenguaje —como el de mi libro— bastante sencillo, muy coloquial. ¿Se debe ser literal o hay que traicionar el texto? Es la pregunta de siempre. Recuerdo una conversación con Arthur, donde discutimos el título. ¿Se debía llamar Domestic Life? Yo tenía en mente algo así como “Daily Life”; sin embargo, mi opción no convencía a Arthur. En ese momento comprendí que, en este tipo de proyectos, llega un momento en el que hay que soltar el libro. La traducción le pertenece al traductor: en este caso, a Arthur y a la lengua inglesa. Quedé muy contento con su trabajo. Me parece que el lenguaje de mi libro le daba poco margen de creación, y Arthur salió muy bien parado de ese desafío. Es un gran traductor, muy profesional.

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Los poemas hablan de la vida cotidiana en Estados Unidos: la cocina, el supermercado, la distancia. ¿Detrás de esa mirada hay un intento de construir desde la extranjería un hogar?

No, no lo creo. No hay hogar, no hay casa, no hay patria: eso parece decir el libro. Yo veo la realidad a la distancia, como un mundo que se examina desde el extrañamiento. Además, ¿qué es la extranjería? Cada vez que regreso a Chile, me siento más y más extranjero en mi propio país. Y la razón es sencilla: Estados Unidos también es mi país. No estoy hablando de algo que no es mío. Domestic Life es un libro que habla de mi barrio, el cual está ahora en Oklahoma.

En tus poemas hay una especie de ironía melancólica: una mirada que se ríe de la tragedia cotidiana del inmigrante sin dejar de reconocer su peso. ¿Ese tono viene de la experiencia o de la literatura?

De mi propia experiencia, pero, otra vez, no es la mirada de un inmigrante, sino de alguien que se coloca en el borde, a mayor distancia, para ver mejor, completamente solo, sin comunidad ninguna, pero con humor, sin tragedia y sin ponerse por debajo del resto —que es algo muy fácil de hacer para hacerse pasar por víctima. Un poeta es, primero que nada, un poeta, no un embajador de su país, aunque poetas-embajadores hay por cientos.

Además de poeta, eres profesor de literatura. ¿Cómo conviven el académico y el poeta en tu día a día?

No conviven. Yo me considero un agente encubierto al servicio de las fuerzas secretas de la poesía. Esto lo aprendí de Stanley Kubrick y Nicanor Parra. La academia hace mucho tiempo expulsó a los poetas de la República. Salvo raras excepciones, en casi todo Estados Unidos se estudian otras cosas muy distintas de la literatura. Creo que en una universidad del Este hay un curso de hidráulica amazónica en el departamento de literatura. Hay que trabajar a contracorriente, como un doble agente, a ver si uno pasa desapercibido ante el gran ojo de Mordor que es la academia actual.

Diriges Latin American Literature Today, una de las revistas más importantes sobre literatura latinoamericana en Estados Unidos. ¿Cómo ves hoy el lugar de la literatura escrita en español dentro del panorama cultural de este país?

En Estados Unidos se lee en inglés lo que ha sido originalmente escrito en inglés. Solo un 3 % de lo que se publica en este país proviene de traducciones. Estoy hablando de astronomía, cocina, viajes, deportes, autoayuda, ficción, etc. Si nos restringimos solo a la literatura, el porcentaje es de menos del 1 %. Hay un movimiento increíble —e incluso épico, diría yo— entre traductoras y editoriales que publican en traducción, pero todavía es muy poco. Me parece que no se trata de un problema de mercado, sino cultural. El mundo hispanoparlante, es obvio, está mucho más abierto. ¿No es esto una ventaja apreciable? No nos damos cuenta, pero es como comenzar un partido de fútbol con dos goles de ventaja.

¿Crees que la literatura latinoamericana traducida al inglés está siendo leída como literatura universal o sigue confinada a una categoría “étnica” o “marginal”?

Mucha literatura en español tiene ese problema, pero no toda. Es la visión de lo exótico la que predomina en lugares como Estados Unidos y el Reino Unido. Nos leen como literatura del tercer mundo, y eso predispone al lector a ciertas expectativas muy estereotipadas: por ejemplo, esperar que los libros hablen de un “nosotros”, de la vivencia social, como si todos fuéramos sujetos y víctimas de la historia. Aquí hay algo maquiavélico: esta mirada presupone que la interioridad es patrimonio del mundo desarrollado. Basta ver una película como Vicky Cristina Barcelona, de Woody Allen, para entender lo que estoy diciendo. Un monumento al colonialismo. Sin embargo, hay que reconocer que muchos de nuestros escritores han trabajado en esta dirección durante décadas, para ver si con eso les prestan atención. Y funciona: ¡hay congresos académicos gigantescos dedicados a promocionar esta lastimosa lectura de América Latina! Todo complota contra la pluralidad.

Muchos autores latinoamericanos que viven en Estados Unidos han reflexionado sobre el desarraigo. ¿Con quién sientes diálogo o parentesco en ese sentido?

Buena pregunta. La experiencia del desarraigo es una experiencia metafísica y no tiene bandera ni país. No sabría con quién coincidir ahora mismo en Estados Unidos. A este respecto, a mí me interesan escritores como Brecht, Thomas Mann en California o el mismo Nabokov dando clases en la Universidad de Cornell. Incómodos, demasiado europeos para este país, o sea, demasiado “otros”. O Solzhenitsyn, quien siempre estuvo a disgusto en Estados Unidos. Se comprende, pero el desarraigo también puede ser una experiencia feliz, renovadora, como descubrir una segunda piel. El desarraigo es la patria de los poetas metafísicos. Y si no lo es, debería serlo. Es como el nihilismo de Cioran: a mí el abismo me llena de alegría.

En tiempos en que las fronteras culturales parecen endurecerse, ¿qué significa publicar un libro bilingüe?

Resistir, seguir intentando abrir puertas allí donde históricamente han estado cerradas.

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