María Cristina Fernández y sus historias en tiempos de máscaras
En la novela En el nombre de la rusa, María Cristina Fernández (Santiago de Cuba, 1970), demuestra que es una escritora con una audaz perseverancia en la búsqueda de la compresión humana, dentro de entornos y situaciones en su mayoría extremos.
El marco narrativo de esta obra (Bokeh, 2025) se desarrolla en medio del azote de la pandemia del Covid 19. Hay dos grupos que desfilan e interactúan en esta novela. Los primeros son empleados de una biblioteca pública, donde trabaja la rusa Svetlana. Personaje que desde las primeras páginas atrapa y escandaliza al lector, por llevar a cuestas una tonelada de amargura y odio a sus semejantes, si es que todos estos defectos se pudieran pesar.
El segundo grupo corresponde a los usuarios, en su mayoría desamparados que pernoctan por las noches entre las áreas verdes que rodean al centro de lectura, a donde por el día acuden a leer o aparentar que leen, a usar las computadoras para escribir o imprimir lo que han escrito. Servicios que con frecuencia solicita la afroamericana apodada Madre, cuya hija Rochelle pasa también el tiempo frente a una de las mesas, dibujando o copiando del internet ilustraciones de los comics japoneses llamados Manga.
Pero hay una justificación mayor en el asalto a esta biblioteca por parte de los que no tienen casa, que es la imperiosa necesidad de ponerse a salvo del sol abrazador, la lluvia o la pegajosa humedad de Miami. Además, aprovechar el aire acondicionado y el uso de los baños para asearse y hacer las consabidas necesidades fisiológicas. La aparición del mortífero virus alteró dramáticamente las vidas de ambos grupos.
Es de esa manera que la autora edifica una galería donde tanto los personajes que viven en la marginalidad, como los empleados de la biblioteca, entablan relaciones de una inusual familiaridad que en otras circunstancias no se hubieran producido. La cercanía con el fin crea sin distinción inéditos lazos entre los hombres. Las tareas propias de una biblioteca cambian drásticamente, y el personal se ve obligado a hacer cumplir estrictas regulaciones sanitarias para contrarrestar la proliferación del virus. “Tengo que hacer como si me importara la salud de todos”, se dice con rabia la retorcida Svetlana, y agrega: … “desinfectar los libros que sacamos del contenedor de afuera, libros a los que debo limpiar con alcohol y a los que con gusto les acercaría un fósforo”.
En esta novela, parecen cumplirse al unísono las funciones de testigo y protagonista, un sello que le ha brindado a la autora dos publicaciones anteriores conectadas a la presente novela, como si pertenecieran a una trilogía. P (Ediciones Furtivas, 2020) relatos inspirados en sus clases de literatura a presos de largas condenas en una cárcel estatal, y el poemario Miracle Mile (2021) publicado por Casa Vacía, nacido de la experiencia en una cocina de un concurrido restaurante de Miami.
Al parecer la escritora lleva de la mano al lector, como si le dijera: Anda y mira hacia donde nunca te has fijado, descorre las cortinas, baja las ventanillas del auto, y en los oscuros recodos contempla el paso de las siluetas de los que viven en el mundo como si nunca hubieran nacido.
“De pronto tuve una extraña visión, decenas de escarabajos azules, verdes y dorados como el del cuento de Poe, sobre el cuerpo de la muchacha que yo presumo muerta, afanándose en su descomposición”, reflexiona o alucina el personaje de Mónica mientras camina por los alrededores en su horario de receso. Mónica le entrega los manuscritos de la novela que ha escrito para saber su opinión a su compañera de trabajo, la argentina Andrea Armandini. Se supone que correspondan a En el nombre de la rusa. ¿Hablamos entonces de ficción dentro de la ficción? Andrea, que bien podría figurar en un guion del director de cine español Pedro Almodóvar, trae un toque de humor en medio del drama en que se desarrolla la novela.
María Cristina Fernández, que en buena parte de sus obras hace gala de alterar los tiempos, cortar y componer a su antojo el tejido narrativo con giros admirablemente desconcertantes, se esmera en el capítulo donde la culta Svetlana, acude al apartamento de Andrea con el fin de someterse a una consulta de regresión de vidas pasadas. “Tu linaje se entronca con el mismísimo Gengis Khan. Eres un alma muy vieja, siempre acostumbrada a una vida con lujos.” La consultante habla de imágenes que entrevé de ella tendida sobre la nieve, en un bosque aledaño a su casa en el natal San Petersburgo, donde ha sido violada brutalmente y abandonada, y es en ese instante cuando la endurecida rusa se quiebra. Se vuelve una criatura vulnerable.
Los capítulos finales resumen una suerte de reuniones entre los empleados para exponer sus preocupaciones, logros y fatalidades de una forma parecida a una catarsis de psicoterapia de grupo en una institución de salud mental, evocando quizás esas reuniones que aparecen El Decamerón de Giovanni Boccaccio, escrito durante el estallido de la mortífera epidemia de peste negra en la Florencia del 1348, que obliga a sus personajes a retirarse a una mansión campestre, donde deciden contar sus vidas y los secretos pecados. Lo secreto de este ritual entre los empleados y un par de lectores selectos de la biblioteca está asociado al nombre de otra rusa: Valentina Pavlovna Wasson. Pero toca a los lectores descubrir la naturaleza del ritual y el porqué de la intervención de una última rusa en la historia. En cuanto a mí como lector me evoca una asociación muy particular con el título de un cuadro colgado en una exposición a la que asistí hace un tiempo: No importa la máscara que uses, yo descubriré tu alma.