Artes y Letras

“Aprendices de brujo”, una novela de Antonio Orlando Rodríguez

El mensaje esencial es: “La magia más poderosa es la de creer, imaginar y crear sin miedo”. Ese es el núcleo simbólico de la novela.
El mensaje esencial es: “La magia más poderosa es la de creer, imaginar y crear sin miedo”. Ese es el núcleo simbólico de la novela.

Un libro es ese objeto precioso, que antes de la aparición de la tableta y el kindle, ocupaba las mesitas de noche de los aficionados a la lectura, hoy aún los lectores mayores mantenemos la costumbre a pesar de la tecnología. Sin embargo, hace pocos días estuve leyendo al joven filósofo alemán Wólfram Eilenberger en su trabajo “Con la inteligencia artificial cerramos la época de lo escrito y entramos en la época de lo oral” de su trilogía sobre la historia de la filosofía del siglo XX, y me sacudí frente a esta idea: “Termina la palabra escrita con la IA y puede emerger una nueva cultura. No puedo decir cómo será esa cultura. Creo que con la IA cerramos la época de lo escrito y entramos en la época de lo oral. Porque todo lo que está escrito perderá valor y perderá identidad”.

Interesante lo que plantea en defensa del lenguaje, la novedad y todo lo del mundo digital, pero automáticamente me vino a la mente el libro leía en esos días y que me esperaba por las noches en mi mesita. Una obra ambientada en los años veinte del siglo pasado, Aprendices de brujo (Ediciones Furtivas, 2024) del escritor e investigador literario cubanoamericano Antonio Orlando Rodríguez (Ciego de Ávila, Cuba, 1956). Es una novela ingeniosa, inteligente y con mucho humor, donde la fantasía y lo cotidiano se mezclan con una prosa lúdica y crítica a la vez. Es de esos libros que no quieres que terminen.

La historia gira alrededor de dos jóvenes adinerados de Bogotá, Colombia. Lucho Belalcázar y Wenceslao Hoyos, que viajan desde su ciudad a La Habana con el deseo de ver en escena a la muy famosa Eleonora Duse, actriz italiana considerada una de las más grandes de su tiempo. Con un estilo actoral críptico “La Duse” tenía un dominio excelente del espacio y la representación de los personajes entre los que se encontraban la legendaria Marguerite Gautier, de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo. También fue parte de la revolución de Ibsen “el padre del drama moderno” y representó muchas obras de otros famosos dramaturgos, estrenadas antes por la también enorme actriz Sarah Bernhardt, con quien competía el estrellato y serias peleas, que según las malas lenguas, hasta con tirones de pelo. Suficiente historia para decidir un viaje de encuentro y comenzar una lectura interesante.

Lo que comienza como una aventura teatral se convierte en un viaje alucinante con escenas extravagantes hacia los territorios del deseo, la superstición y la decadencia. La trama avanza entre cafés, salones y prostíbulos, donde se cruzan políticos corruptos, brujos, espiritistas y artistas desengañados, en una atmósfera febril donde la magia y la realidad se confunden sin remedio y ocurren crímenes, manifestaciones políticas, orgías, hechiceros que engendran transmigraciones de almas, tensiones sociales y mezclas de lo real con lo fantástico… También se narra la vida de “La Duse”, ya mayor y enferma arrastrando con el peso de su trayectoria; se repasan éxitos, fracasos y su relación con el teatro. Las voces narrativas alternan la de Lucho y la de Eleonora, lo que permite contrastes fuertes entre una juventud idealista, audaz, atrevida, y una mirada más madura, crítica y cínica. La novela combina muchos elementos: lo histórico, lo político, lo erótico, lo fantástico, lo sobrenatural y lo social.

El autor mezcla con maestría el registro popular y oral caribeño, la reflexión filosófica y simbólica, la ironía y el humor criollo, donde la risa es al lector cubano en particular refugio para la explosión de emociones y también un acto de liberación de desahogo, pero la risa puede ser también una declaración de subversión y un reto a lo ceremonial. Esa fusión le da a la novela una textura muy particular, cercana a la tradición de la literatura latinoamericana del realismo mágico, pero con una voz propia, más juguetona y más autoconsciente. El lenguaje es uno de los grandes encantamientos del libro. Rodríguez escribe con una prosa teatral, exuberante, cargada de ritmo y humor. Alterna registros cultos y populares, parodia y lirismo sin temor al exceso. El estilo recuerda por su riqueza expresiva a Carpentier, Lezama Lima o Cabrera Infante, otros escritores cubanos de puntería mayor, pero en Aprendices… su tono es más ligero y contemporáneo, la magia no es tan densa, es una metáfora de la palabra literaria.

Si entramos a analizar temas, tonos y estilo, veremos que en el marco comparativo la novela juega con la tensión entre Bogotá, que aparece como una ciudad más atrasada, rígida, conservadora en comparación con una Habana madura representada como un sitio más cosmopolita, abierto a vanguardias culturales. En lo más profundo, Aprendices… es una meditación sobre la identidad y el deseo de trascendencia. Los conjuros y rituales que atraviesan la novela no son sólo episodios fantásticos, sino metáforas del impulso humano por comprender —y dominar— lo que se escapa a la razón. En ese sentido, la novela no solo pertenece a una tradición latinoamericana de lo real maravilloso, sino que dialoga con ella, proponiendo una visión más lúdica y desencantada. Con la presencia de lo fantástico y lo sobrenatural, nos percatamos de que no es solamente un relato histórico, sino que incluye elementos mágicos, visiones, transmigraciones y hechicería, también hay alusiones a injusticias, luchas sociales, corrupción, tensiones políticas, y reflexiones sobre la modernidad latinoamericana y por supuesto, las relaciones amorosas, pasiones prohibidas, la sensualidad no son puestas al margen, están presentes como parte del tejido narrativo y el humor irreverente que aunque la novela aborda temas serios, el autor pone en juego el absurdo, la ironía, lo carnavalesco.

La novela no sigue una estructura lineal tradicional. Está compuesta por episodios, relatos entrelazados y digresiones que funcionan como una constelación de fábulas o parábolas. Esa fragmentación reproduce la idea de la búsqueda: el aprendizaje no es una línea recta, sino un proceso de tanteo, error y descubrimiento. El narrador juega con la multiplicidad de voces y perspectivas, lo que refuerza el carácter coral de la historia: los “aprendices” son muchos, y cada uno representa una posibilidad del ser humano. Convierte la isla en una alegoría del mundo contemporáneo, pero también del espíritu humano. La magia, los brujos, los falsos milagros, las supersticiones y las revelaciones se convierten en símbolos de la verdad, la ilusión, el poder, el deseo y la fe. Combina el tono de la crónica histórica con el del relato fantástico.

Puede leerse en varios niveles, como una fábula fantástica, como crítica política y social, y como alegoría existencial sobre el aprendizaje del ser, y está llena de cualidades trascendentales como la reflexión sobre el conocimiento y la libertad, ya que en el fondo es una parábola sobre la búsqueda del conocimiento auténtico. Se busca la magia, pero lo que encuentras es algo más profundo: la capacidad de pensar, de imaginar, de crear y de ser libres. El aprendizaje aquí es una metáfora de la iluminación espiritual, semejante a los caminos iniciáticos de la mística o la filosofía. El mensaje trascendental radica en que la sabiduría no se transmite, se descubre.

Con la crítica al poder y a la fe ciega, Rodríguez denuncia, con ironía y ternura, la tendencia humana a buscar salvadores o magos externos, y expone cómo los falsos brujos —políticos, religiosos, oportunistas— manipulan la esperanza y el miedo del pueblo. Desde el punto de vista trascendental, esta crítica apunta a una verdad esencial: El hombre debe liberarse de la dependencia espiritual y del engaño de las apariencias. Es meritorio señalar la dimensión ética y poética del ser en la obra. La enseñanza de los personajes conduce a una conclusión luminosa: la magia verdadera es la creatividad, la bondad y la imaginación. Lo que se traduce en una ética poética: el arte y la palabra son los medios por los cuales el ser humano se eleva. En ese sentido, Aprendices… conecta con una visión humanista y casi mística de la literatura como acto de transformación interior y colectiva.

El mensaje esencial es: “La magia más poderosa es la de creer, imaginar y crear sin miedo”. Ese es el núcleo simbólico de la novela. Tony nos invita a reaprender la mirada, a confiar en la imaginación como fuerza regeneradora frente al desencanto del mundo moderno. En un entorno marcado por la falsedad, la corrupción y el abuso del poder, el autor propone una utopía poética: sólo mediante la imaginación libre, la honestidad y el juego creativo puede el ser humano recuperar su sentido de lo sagrado y lo verdadero.

Desde el punto de vista literario, Aprendices de brujo es una obra rica, musical, simbólica y profundamente caribeña; desde el punto de vista trascendental, es una meditación sobre el autoconocimiento, la libertad y la autenticidad; y en su mensaje, es una defensa de la imaginación como acto de resistencia y de redención. Antonio Orlando Rodríguez logra que la literatura vuelva a ser un acto de hechicería. Y en tiempos de sobriedad narrativa, su novela recuerda algo esencial: que el exceso, cuando tiene alma, también puede ser una forma de lucidez.

Entonces ¿cómo dejar de disfrutar a plenitud la magia de la narrativa, la historia y la poesía en papel? ¿Cómo perdernos obras como esta que convierten el caos en arte narrativo? ...lo que está escrito no perderá valor ni perderá identidad, seguirá siendo nuestro más preciado patrimonio.

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