‘Invisibles triángulos de muerte’, nostalgias, testimonios y denuncias
No son muchos los escritores que, sin abandonar sus carreras literarias, decidieron convertirse en editores. Pienso, por ejemplo, en Carlos Barral, un destacado poeta español de la llamada Generación de los Años Cincuenta, quien después del éxito alcanzado con sus poemarios, Las aguas reiteradas y Metropolitano, fundó el sello Seix Barral y se convirtió en el artífice de la internalización del boom latinoamericano. O en el célebre novelista Javier Marías, también español, quien fundó una pequeña editorial, Reino de Redonda, con la intención de rescatar obras fundamentales -lamentablemente olvidadas- de autores como Joseph Conrad y Thomas Hardy.
Y pienso, también, en el poeta y narrador cubano, Felipe Lázaro, exiliado en España desde 1967, fundador de la Editorial Betania, quien mientras editaba el primer libro de su sello -el ya antológico Conversación con Gastón Baquero- continuaba escribiendo los suyos, tales como el que acaba de publicar, la segunda edición de Invisibles triángulos de muerte (Betania, 2025), un libro de cuentos en el que narra, a través de sus recuerdos infantiles, la cotidianeidad de su pueblo natal, Güines, durante los años que van desde 1958 hasta 1960, una época de profundos y terribles cambios sociales y políticos.
De los catorce cuentos que componen el libro, algunos están escritos en primera persona y en un tono tremendamente nostálgico, como el titulado El viejo Chon: “La tienda de Chon era un mundo especial, no solo por el montón de cosas que tenía, sino por su variedad. Lo que en verdad me llamaba la atención era la cantidad de jaulitas de güin que tenía colgadas y descendían del techo con toda clase de pajaritos que cantaban y chillaban al unísono: gorriones y tomeguines, colibríes y canarios, periquitos y pitirres”.
En otros, aunque el punto de vista narrativo utilizado es la tercera persona omnisciente, no dejan de estar presentes también los recuerdos. Como en Botas de agua, donde el personaje principal, Pedrito, en ese inevitable tránsito de la niñez a la adolescencia, descubre su sexualidad cuando abre la puerta del baño de su casa y de repente ve a su prima Lucía “desnuda dentro de la bañera, repleta de agua y espumas de jabón”.
Pero no todos los relatos son recuerdos de la niñez. Algunos de ellos, que se suceden con un cierto orden cronológico, están basados en episodios históricos que, por el tono en que están contados, se convierten en verdaderos testimonios del final de una época, como en Abajo la dictadura, en cuya trama un grupo de estudiantes participa en una marcha en contra del gobierno de Batista: “Tres jóvenes inician la manifestación portando una bandera cubana mientras gritan ¡Abajo la dictadura!”.
Los otros relatos que le siguen son también testimoniales; solo que pertenecen a la terrible nueva época que recién comenzaba, como el titulado Entrevista a una heroína, basado en la historia de Olga Marrero, una enfermera muy querida en Güines que fue detenida por sus actividades anticastristas y condenada a doce años de prisión: “En aquella época había un hervidero de organizaciones. Yo me integro en el Movimiento Demócrata Cristiano y como enfermera me encargo de suministrar medicinas y alimentos a la guerrilla de Pipero que operaba en la zona”.
Invisibles triángulos de muerte es uno de esos libros que se leen sin desmayo; no solo porque sus pequeñas tramas individuales nos atrapan, sino porque están escritas con tantos detalles que los lectores pueden recrear la vida diaria de un pueblo pequeño en aquella época. Y es, también, un libro valioso que rescata una parte importante de nuestra memoria colectiva.
Felipe Lázaro (Güines, 1948), es un poeta y editor cubano que salió de Cuba en 1960. Desde 1967 reside en España, donde se graduó como Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de seis poemarios y de diversas antologías de la poesía cubana del exilio. Fundó la Editorial Betania en 1987.