Artes y Letras

‘Made in Lorica’, entre el periodismo y la literatura

Enrique Córdoba
Enrique Córdoba

Para el escritor colombiano Enrique Córdoba su pueblo natal, Santa Cruz de Lorica, fue el lugar donde aprendió, escuchándolas en las márgenes del río Sinú, a escribir historias. Las primeras, como la del cura que sabía más de vallenatos que de salmos y la de la cocinera que ocultaba un hijo de padre enigmático, nacieron a partir de esa trinidad cultural -caribeña, española y árabe- en la que creció.

Las otras que vinieron después, escritas cuando ya recorría el mundo, fueron las que incluyó en sus dos primeros libros, El Marco Polo de Lorica (Palabra Libre, 2014) y De la tierra del hielo a la tierra del fuego (Palabra Libre, 2019). Eran tantas, que muchos creyeron que a Enrique Córdoba ya no le quedaban grandes ciudades, pueblos remotos, bosques inabarcables ni ríos misteriosos sobre los cuales escribir sus ya legendarias crónicas de viaje.

Portada
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Pero, sí; le quedaban. Y siguió escribiéndolas. Como las que aparecen ahora, seis años más tarde, en Made in Lorica (Pijao Editores, 2025), con cuyo título parece estar diciéndonos que todo comenzó allí: “Aprendí a observar entre toldos de colores y a escuchar acentos árabes en medio de acordeones sabaneros. Desde entonces supe que viajar no era salir: era mirar. Y mirar bien”.

El libro está estructurado en cuatro capítulos. El primero de ellos, titulado ‘Lorica era el mundo’, comienza con una confesión: “Yo creí, sinceramente, que no necesitaba salir de Lorica para conocer el planeta. Todo lo importante ya estaba allí. Las calles eran pasadizos a otros continentes, y las esquinas guardaban secretos en idiomas distintos. El mundo llegaba en canoas, con acentos rotos y almuerzos interminables”.

En el segundo capítulo, titulado ‘Miami era una fiesta’, Enrique narra, después de su etapa como diplomático, su llegada a la Ciudad del Sol: “Era diciembre. Yo venía huyendo del invierno ruso, con el cuerpo aterido por Moscú y el alma extraviada entre las nieves de Helsinki. Pero entonces apareció Miami. Y me curó como cura un caldo de abuela”.

Es en el tercer y cuarto capítulo -‘El mundo es un pañuelo’ y ‘El tiquete de la vida’- donde aparecen las crónicas que él quizás pensó le faltaban por escribir. Son muchas y es imposible mencionarlas todas, pero he escogido las que por estar escritas tan creativamente y con tantos recursos lingüísticos, son pura literatura: “Para mí, Portugal comienza en la mirada melancólica de los marineros que partieron sin regreso y en la saudade, esa palabra que no se traduce porque es el idioma del corazón huérfano”.

O esta: “Suiza cabe en un mapa pequeño, pero se despliega como un tapiz de idiomas. Alemán con bigote, francés con copa, italiano con ópera, y el romanche, que es como un susurro de abuela guardado en una caja de música”. O esta joyita repleta de metáforas marinas: “Venecia no está hecha de piedra. Está hecha de agua, de reflejos, de suspiros que no se secan. Es una ciudad que flota -como la memoria- entre los espejos del tiempo”.

Made in Lorica es, más que un compendio de crónicas, un homenaje a su pueblo natal. Una prueba de ello es posible encontrarla cuando en el epílogo que cierra el libro, escribe: “Volví muchas veces al punto de partida, a ese rincón del Caribe colombiano donde el río Sinú murmura los apellidos de mis abuelos y el mercado aún huele a historia frita”.

Es también, quizás, una reflexión sobre el paso del tiempo: “Estas crónicas no son una despedida. Son una promesa: mientras haya una página en blanco y un corazón dispuesto a asombrarse, el viaje no termina. No hay final para el que observa, anota y sigue andando. Porque descubrí, con la terquedad del caminante, que hay pueblos que contienen el universo. Y hay vidas -como la mía- que no han hecho otra cosa que caminar para poder contarlo”.

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