Entre el Sur y el Norte: historias de un barrio internacional
“Esa patria chica que es el barrio”, decía Carlos Gardel a modo de declaración de principios. En su primer libro de relatos, la escritora María José Caporaletti (Argentina) tensa ese territorio típico de Buenos Aires hasta los suburbios de Estados Unidos. Este desplazamiento revela una constante: aunque los personajes cambien de contexto, los desafíos persisten. En el trasfondo de cada historia subyace una crisis permanente.
Sin embargo, no hay que equivocarse. En Postales de barrio (Editorial Caburé) también aparecen momentos de felicidad, aunque sean fugaces. Las historias se entrelazan con personajes complejos y difíciles de clasificar, condición atractiva de todo relato.
María José Caporaletti (1969) nació en Buenos Aires. Se desempeñó como docente y guionista. Varios de sus relatos han sido seleccionados para publicaciones regionales. Participó de las antologías Los mecanismos del instante (Editorial Ars Communis) y Una familia extranjera (Ediciones Aguamiel). En la actualidad reside en la ciudad de Miami.
¿Qué descubrió sobre sus propios recuerdos mientras escribía estas historias?
Me encontré caminando por las calles de mi barrio. En algunos momentos, las historias son muy reales, en otras, imaginarias. Real puede ser un personaje inspirado en un amigo, pariente o vecino. Reales son las calles de Buenos Aires o Mendoza en Argentina y las de Miami que se convierten en escenarios donde recrear mis relatos.
Muchas conversaciones parecen triviales, pero esconden conflictos profundos. ¿Cómo opera el subtexto en los diálogos?
Siempre hay mensajes, pueden ser opiniones cargadas de pérdidas o ganancias, también muchas protestas y disconformidad con lo establecido o heredado. La abuela que teme quedarse sin casa, la niña que vende agua en el cementerio para poder comer, el retirado que es atacado al volver del banco, son algunos de los protagonistas de historias que son moneda corriente para muchos de nosotros.
La sección denominada “Norte” aparece ligada a tormentas, detenciones policiales y soledad. ¿Existe en ella una crítica al mito de la prosperidad inmediata en el extranjero?
En la segunda parte se cuenta que no siempre, llegas al paraíso de la postal con los flamencos rosados. No son relatos de vacaciones. Emigrar es sobrevivir a la adaptación y al desarraigo. Sueños desechados, y la falta del cariño de aquellos que dejaste atrás, esos que te podían dar un abrazo cuando más lo necesitabas.
A lo largo de Postales de barrio, los objetos —una llave, una casa, una trenza— cargan una notable densidad simbólica. ¿Le interesa trabajar con los objetos como disparadores de memoria?
Sí, creo que los objetos cargan con nuestra historia y la cuentan, la transfieren. ¿Quién no tiene una foto del abuelo que al mirarla te lleva a una vieja charla o a mí por ejemplo, al aroma de cuándo cocinaba? Todos tenemos alguna caja de recuerdos, con llaves viejas, botones usados, boletas de luz, alguna carta, la medalla de algún santo, un pañuelo bordado o escarpín. Cada uno de esos objetos, puede desterrar de nuestra memoria, días de lluvia, romances, canciones, o incluso personas que ya no están.
¿Cuál fue el relato que más se transformó desde su primera versión hasta la definitiva?
Podría decir que es el cuento “Vecinos”, historia basada en un hecho real, que incluso salió en los diarios. El protagonista masculino concurría al colegio que iba mi hija. Un día fui testigo de una conversación entre ella y sus amigas, lo que escuché contribuyó a la creación de otro personaje de la historia. Recordé lo impactadas que quedaron al enterarse de lo sucedido y me animé a recrear los eventos a mi manera. Le dediqué más tiempo porque quise mostrar los sentimientos del asesino y no caer en una crónica.
Sus textos parecen escritos con una cámara muy próxima a los personajes, como si el narrador respirara a su lado. ¿Concibe las escenas desde una perspectiva visual?
Totalmente. Puedo sentir una cámara de video en mis ojos, acá aplica lo que decía mi abuela, quisiera ser mosca para verle las caras cuando se enteren, ella contaba con lujo de detalles el chisme y lo que imaginaba que sucedería con los involucrados. Tal vez, también me ayudó, a tener esa mirada, que fui guionista de videos en una productora de publicidad y televisión en Buenos Aires. Cada minuto de audio era una hora grabación. Los detalles son esenciales a la hora de mostrar y no decir. “La mano que sostenía el cuchillo temblaba”, hace volar mucho más la imaginación que decir: Salí de acá.
¿Cuál fue la escena más difícil de escribir desde el punto de vista emocional?
Cada escena difícil lleva emociones inmersas, es como el actor en el teatro, el que escribe es un poco todos los personajes, siente el frío, la bronca, la pena, la desilusión y más. Si tengo que elegir alguna escena difícil de este libro, sería en el cuento “Sin salida”, donde la protagonista sintió que su cabeza comenzó a girar y el cuerpo se le dividió en dos … cuando una lengua seca y áspera se arrastró por su mejilla. Esa mujer de la escena soy yo, lo que ocurrió esa tarde, no es ficción. El miedo de ese día con el acosador lo reviví completo al escribir la historia y al corregirlo. Fui escritora, lectora y el personaje principal.
Vive desde hace décadas en los Estados Unidos. ¿Qué aprendió de la sociedad norteamericana?
Podría decir que aprendí nuevas reglas, que algunas se aplican y otras no. Que se vive en ciclos opuestos unos a otros. Que a veces es mejor guardar las opiniones. Que los sueños pueden hacerse realidad, pero que algunos alcanzan más sueños. Que a veces la ayuda viene de los desconocidos, como en época de huracanes y que sería más productivo invertir y educar en la tolerancia, que en el odio.
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