‘Efluvios’, breves poemas signados por su rítmica oralidad
Se ha dicho muchas veces que el título de un libro, sin importar su género, es su carta de presentación. Y los de poesía no son la excepción. Ellos también deben, como los de las novelas, captar la atención del lector, establecer su atmósfera y sintetizar el tema central. Deben, además, ser sugerentes y atractivos. La lista de requerimientos es extensa. Se espera de ellos que sean directos, cortos, originales y metafóricos.
Entonces: ¿Cómo escoger un buen título para un poemario? Algunos poetas lo hacen tomando en cuenta su temática; otros, su tono emocional o nostálgico. Para Antonio Machado, por ejemplo, era importante que fuese evocador. García Lorca consideraba que un buen título debía contener más referencias que el propio poema. Pablo Neruda, por su parte, siempre prefirió los que tuviesen fuertes vínculos con el contenido de la obra.
Como quiera que haya sido, lo cierto es que todos ellos escogían sus títulos de una manera diferente. No sé cómo Joaquín Galvez, uno de los más importantes poetas del exilio cubano, escoge los suyos. Lo que sí sé, es que el de su más reciente poemario, Efluvios (M/M Ediciones, 2025), encapsula la esencia de su contenido, a saber, breves poemas que son, atendiendo a la definición de la palabra, justamente eso: efluvios.
Es en uno de esos primeros efluvios -son setenta y cinco- que Joaquín Gálvez nos advierte: “Me propongo escribir un poema de un solo verso, / sin que me asistan los catorce de un soneto, / ni siquiera los cuatro de un serventesio. / Un solo verso justificará este poema”.
En realidad, algunos están justificados por más de uno. Como los cinco de esta probable tanka: “En ese vasto instante en que somos / los posesos de lo eterno, / perdemos nuestra casa: /somos, gloriosamente, los desamparados / de la nada”. O por los tres de este inevitable haikú: “Todo lo que poseí de una estrella / fue tu cuerpo. / Fundamos otra luz en un poema”.
Otros, sin dejar de ser poéticos y breves se acercan, por su ingeniosidad y sarcasmo, a los epigramas del satírico Quevedo: “Tú y yo somos diferentes en todo, / y no coincidimos en nada, / pero tenemos algo en común: / nos ignoramos mutuamente”. Los menos son sentencias que expresan, como los aforismos de Borges y Paz, grandes verdades: “Todo paso en la tierra es irrepetible. / Solo unos pocos dejarán huella”.
Del resto escojo este verso que por su tono de lírica intimidad es un verdadero efluvio poético: “En el silencio cómplice de esta escritura, / como un pergamino que cobija la memoria secreta / de una mujer desnuda, / la luna ha sido mi camino de regreso / a tu desnudez perdida”. O este otro, balanceándose melancólicamente entre certezas y dudas: “A veces converso con el niño que fui, / pero este anciano que seré / cada vez entiende menos su antiguo idioma. / Y entonces, / se aleja de aquel niño / y solo puede susurrar una canción/ que lo acerca más a la tumba”.
Efluvios es un poemario escrito, al igual que sus seis anteriores, con lo que para Gálvez es ya su marca de autor: un íntimo y depurado lenguaje poético. A mí sus poemas -creo haberlo dicho en otra ocasión- siempre me han sorprendido por su rítmica oralidad. Y estos de ahora -aunque breves como deben ser los efluvios- también la tienen.
Joaquín Gálvez (La Habana, Cuba, 1965) es poeta, periodista y promotor cultural. Reside en Estados Unidos desde 1989. Ha publicado los poemarios Alguien canta en la resaca, El viaje de los elegidos, Trilogía del paria, Hábitat, Retrato desde la cuerda floja y Desde mi propia isla. En la actualidad es editor de Insularis Magazine, revista de Literatura, Arte y Pensamiento.