Artes y Letras

‘No hablemos de la desesperación’, poemas de una generación perdida

Cuando en 1960 el poeta José Mario Rodríguez, junto a Isel Rivero y Ana María Simo, fundó Ediciones El Puente, muchos creyeron que, tanto por sus polémicos temas (homosexualidad, feminismo, libertad religiosa, negritud), así como por su independencia editorial y autonomía creativa, no sobreviviría. Y tenían razón: no sobrevivió.

En 1965, Ediciones El Puente, después de haber logrado publicar -sorteando numerosos desafíos y enfrentando presiones de todo tipo- veinticinco poemarios, ocho libros de cuentos y cuatro volúmenes de teatro, terminó siendo clausurada. Y no solo eso, sino que algunos de sus miembros, entre ellos el propio José Mario, fueron enviados -acusados de tener vínculos con el exterior y de extender la homosexualidad- a los campos de concentración (eufemísticamente llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producción) en los que internaban a aquellos considerados “escoria social”.

Tres años más tarde, en febrero de 1968, José Mario pudo al fin salir al exilio. Atrás quedaban hogar, patria y un rosario de sueños rotos. Sin embargo, junto con él también salieron los poemas que formarían parte del libro, No hablemos de la desesperación, y que la Editorial Betania, con una introducción de Felipe Lázaro, un prólogo de Isel Rivero y un epílogo de Pío E. Serrano, acaba de publicar en una bella tercera edición.

Los veintidós poemas que lo componen fueron escritos entre los años 1965 y 1967 cuando José Mario, ya encarcelado en un campo de concentración, atravesaba uno de los peores momentos de su vida: “Éramos tratados como bestias, amenazados en nuestra condición de personas, ultrajados en nuestra dignidad, privados de todos nuestros derechos y en peligro de ser desaparecidos”. No es de extrañar, entonces, que estuviesen marcados por la desesperación, la tragedia y el desamor.

En muchos de ellos es posible comprobarlo. Como en el titulado Descubrimiento, cuando dice: “El corazón se agolpa. / Parece que no son las seis de la tarde, / que no ha recién comenzado la desdicha, / la inoportuna angustia o el consabido anochecimiento. / ¿Cómo es que aún puedo ser capaz de la emoción?”.

O como en Primer pequeño testamento: “Estoy tan solo como la muerte / Haberlo comprendido me ha hecho poderoso / Las palabras que solemos decir no son las justas/ Justas son nuestras acciones que todo lo demuelen / El pasado y mis enemigos me han enriquecido / He llorado la sangre de mis dedos y las heridas me suenan como una guitarra milagrosa”.

En otros, sin embargo, las circunstancias políticas y sociales en las que fueron escritos son una constante. El poema Participación es una prueba: “Esta ciudad a oscuras de tu alma en que creciste y ahora serás desterrado. / Llegaste en una época donde un mundo empezaba a consumirse / y había otras cosas junto al fuego / La palabra Revolución ardía. / Ardían las palabras como los muertos o torturados”.

No podían faltar, entre tanto dolor y sufrimiento, los poemas de amor y desencuentros, algunos envueltos -los más biográficos- en un manto de oscura pesadumbre: “Tus ojos hechos para esta tierra / -ceniza vegetal o dura piedra- / no sabrán responderte cuando el tiempo / pida cuentas y te nombre / entre las cosas perdidas sin remedio / Y para entonces será tarde, / porque todo será crueldad o cinismo/ La misma historia que escoge cada hombre. / Si pudiera esperarte yo lo hiciera / aun con el pecho hecho pedazos; / pero pienso que es larga la noche / en que se espera que algo sea”.

No hablemos de la desesperación es un libro valioso. No solo por su calidad poética, sino también porque rescata del olvido la obra de uno de los más importantes poetas de su generación.

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