La calle habanera de las historias entrañables
En El cristo de la rue Jacob el escritor cubano Severo Sarduy deja de lado ese maquillaje exuberante que le dio prestigio en América Latina y, con un estilo vagamente directo, desnuda el relato de su vida. La mirada avanza entre el Café de Flore, Roland Barthes y Tánger para concluir con una carta de Lezama Lima, su maestro. Sarduy pareciera decirnos que al final del viaje siempre se vuelve a la semilla. En Calle Patria (SED ediciones) la escritora Ivón Osorio Gallimore (La Habana, Cuba) se recuesta sobre una arteria de la ciudad y, también desde el exilio, evoca el país que dejó tiempo atrás.
El regreso es un libro de relatos breves. Y es una niña, implacable y soñadora, quien cuenta su vida junto a la gente que la rodea. Como en una obra de teatro, los personajes entran y salen por una casa de puertas abiertas donde se hace imposible guardar esa literatura portátil que es el chisme.
Las historias de Osorio Gallimore están narradas con un estilo que subraya la potencia de las oraciones, siempre precisas, como un boxeador que mide los golpes. Calle Patria es también un manual de sobrevivientes.
Ivón Osorio Gallimore es escritora, poeta, guionista, directora y productora de programas de radio. Ha publicado los poemarios Fuga (Ediciones Voces de Hoy), ganador del Premio Maris Luisa Pino, y Dios es un animal (Ediciones Enemiga Lluvia). Ha participado en diversas antologías, entre ellas, Escritorxs Salvajes (Hypermedia), Una familia extranjera. Antología de autores hispanos en los Estados Unidos (Ediciones Aguamiel), Noir Tropical (SED ediciones) y Los mecanismos del instante (Ars Communis). También ganó el Premio Anual Ada Zaldívar. Actualmente, vive en Miami donde continúa desarrollando varios proyectos.
El epígrafe de José Martí —“Sin patria, pero sin amo”— abre el libro con una tensión que no se resuelve, sino que se multiplica a lo largo de todas las historias. ¿Fue una decisión deliberada poner en tensión el significado oficial de la palabra “patria” con su significado más íntimo y doméstico, o fue algo que el propio proceso de escritura fue revelando?
Más que una decisión deliberada desde el inicio fue el propio proceso de escritura el que fue revelando esa tensión. Las personas que no me conocen desde la infancia suelen preguntarme si el título responde a una tendencia, y he tenido que explicar que viví, hasta mi adolescencia, en una calle del municipio Cerro, en La Habana, que se llama Patria. Desde muy temprano intuí que, más que un personaje, el verdadero protagonista era ese lugar, con todo lo que implicaba en lo íntimo y lo cotidiano. El epígrafe de José Martí no lo elegí yo: me lo sugirió el escritor peruano Iván Thays. Sin embargo, al incorporarlo, entendí que no solo abría una tensión, sino que dialogaba profundamente con el libro, multiplicando sus sentidos más allá de cualquier intención inicial.
Calle Patria podría leerse como un libro sobre Cuba, sobre la infancia, sobre una familia, sobre la escasez, sobre la raza, sobre el exilio. Pero hay algo que lo atraviesa todo y que quizás sea lo más difícil de nombrar: es un libro sobre las personas que nos forman sin saber que lo hacen, y sobre lo que queda de ellas cuando uno se va. Qué fue primero: ¿el deseo de preservar a esas personas, o el deseo de entender quién es usted sin ellas?
Comencé con la necesidad de saber quién era yo a través de ellos. Primero los observé; después los escuché, hasta llegar, de algún modo, a convertirme en una extensión de mi propia estirpe. Sus gestos, sus silencios, su manera de enfrentar la vida fueron moldeándome. Cuando comenzaron a desaparecer, sentí que me quedaba a la deriva, pero fue tanto lo que me heredaron, que bastó para seguir adelante. Tal vez por eso escribo sobre ellos: porque viven en mí y porque, incluso en la ausencia, continúan ayudándome a entender lo que soy.
La infancia que narra no tiene nada de idílica, ya que está surcada por miedo, confusión y silencios. ¿Le interesa desmontar la infancia como refugio?
No me interesa desmontar la infancia como refugio, porque, de hecho, muchos de mis refugios nacieron allí y todavía los conservo: permanecer horas a la intemperie, leer un libro, escribir en una libreta todo lo que siento. Nada de aquellos sentimientos ha desaparecido, aunque narrarlos me ha ayudado a hacerlos más pequeños a medida que pasa el tiempo. No me gusta la frase “hacerme mayor”; siento que una parte importante de crecer consiste precisamente en regresar a esos lugares de la infancia para entendernos.
“Sincretismo” es el capítulo más breve, pero uno de los más densos: en él conviven el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de la Caridad del Cobre y la santería, todos como capas superpuestas de una misma necesidad de protección. ¿Cómo vivió esa multiplicidad de creencias?
En mi infancia no existía una contradicción entre el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de la Caridad del Cobre y la santería. Todo convivía dentro de una misma necesidad de protección, de fe y de consuelo. Esto lo describo con mayor profundidad en la novela que estoy escribiendo, Las hijas de las dos aguas: “Éramos una familia de clase media, dinastía de personas sencillas, honorables y cultas. Una estirpe de santeros y espiritistas, respetuosos de Dios”.
“La más oscurita de la casa” enfrenta algo que muchos escritores latinoamericanos eluden: el racismo intradoméstico, el que no viene de afuera sino de la mesa familiar. ¿Qué implicó escribir sobre el racismo dentro de su propia familia, y cómo eligió el tono —ni acusatorio ni condescendiente— con que está narrado?
Mi bisabuelo fue un chino cantonés que se casó con una mulata clara. Ahí comenzó una mezcla que todavía atraviesa a mi familia. El tono del relato salió deliberadamente neutro porque, a pesar de lo que narro, en aquel tiempo en mi casa de eso no se hablaba. Mi abuela y mi tía abuela fueron mujeres muy protectoras con lo que se decía y con lo que se dejaba en silencio. De hecho, mi madre leyó la historia y su único comentario fue: “Me extraña que yo te haya dicho que te sentaras y tú te levantaras y fueras detrás de mí”.
“La niña que hablaba separando las palabras” aborda la tartamudez de Cari con un humor que no la romantiza ni la victimiza. ¿La tartamudez tiene alguna relación con la escritura, con encontrar en la página la fluidez que la voz no siempre permite?
En mi casa a la persona tartamuda la llamábamos gaga, al menos cuando era niña, así nos decían a mi abuela, a mi mamá y a mí. Por ese motivo, de manera equivocada, me enviaron al psicólogo en vez de a un logopeda. Cuando hablo, soy una persona diferente, aunque de cualquier manera continúe siendo yo misma. Siga a Hernán Vera Álvarez @HVeraAlvarez