“La herida que permanece”, reflexiones sobre la tragedia cubana
Tomando en cuenta las definiciones de la Real Academia Española sobre las viñetas literarias (“un pasaje descriptivo breve que captura un momento específico en el tiempo”) y sobre las crónicas históricas (“una“ narración de hechos históricos por orden cronológico), podría considerarse que, por su brevedad, estilo y ordenamiento, los relatos que conforman La herida que permanece (Editorial Lunetra, 2026), el más reciente libro de Rafel Bordao, son una suerte de híbrido literario con un poco de ambos géneros.
Una prueba de ello es la manera en que Bordao, utilizando técnicas narrativas propias de ellos (empleo de capítulos cortos sobre momentos claves y el uso de un tono que a pesar de ser ligeramente académico y reflexivo es también tremendamente literario) describe la dolorosa tragedia cubana.
Por ejemplo, en el primero de los textos, titulado Un país convertido en guion ajeno, Bordao explica cómo el comunismo comenzó eliminando las instituciones, implantando un poder absoluto, doblegando a la población mediante el miedo y destruyendo todo lo que Cuba era como nación: “Hay tragedias que se escriben con sangre, otras con silencio, y unas pocas -las más corrosivas- con la lenta erosión del espíritu humano. El drama cubano pertenece a esta última categoría: no es solo político, ni solo histórico, sino ontológico. Afecta la estructura misma de lo que significa ser persona”.
Y en el último, bajo el adecuado título de La agonía del castrismo, describe su fin con un símil pugilístico: “La agonía del castrismo se percibe hoy como el jadeo final de un boxeador que ha recibido demasiados golpes y ya no tiene piernas para sostenerse. Cada día que pasa, el gobierno parece más consciente de que no puede seguir la pelea, pero aun así se niega a tirar los guantes. Prefiere esperar, casi suplicar, que algún país amigo le tire la toalla antes del nocaut definitivo”.
Entre ambos textos hay muchos otros en los que es posible advertir que fueron escritos, no solo con los mismos recursos narrativos del primero y el último, sino también a través de las experiencias personales del autor y con el peso de sus más de cuarenta años de exilio, como en el titulado Democracia: asignatura pendiente de los cubanos, donde como si fuese un profesor dictando una clase de historia, nos dice: “Durante más de medio siglo, el régimen de partido único en Cuba ha trabajado con una constancia implacable para desfigurar los valores esenciales de la democracia. No se trató solo de censurar palabras o prohibir libros: fue una reeducación profunda, paciente, que moldeó generaciones enteras para desconfiar del pluralismo, para ver la libertad como un lujo burgués, para creer -con una mezcla de ingenuidad forzada y malicia doctrinal- que existen ‘muchos tipos de democracia’, y que el comunismo, por arte de propaganda, podía proclamarse dueño de una versión propia”.
El libro también contiene un prólogo del escritor y periodista José Hugo Fernández y una breve introducción escrita por el propio autor en la que el lector puede anticipar el contenido de los artículos. Es imposible enumerarlos todos, pero un repaso a algunos de sus títulos puede darnos una idea: Cultura de izquierda, El miedo bajo la dictadura, Los poetas en el comunismo, El precio del exilio anticastrista y Un sistema que se desmorona.
La herida que permanece es un valioso libro en el que, aunque algunos de sus textos son de una gran complejidad, ninguno descansa en extensas bibliografías ni en interminables citas textuales. Es erudito, sí; pero accesible. En realidad, sus reflexiones -y conclusiones- sobre la tragedia cubana no solo se basan en datos históricos y análisis académicos, sino también en las propias experiencias de quien fue un testigo excepcional de la historia reciente de Cuba.
Rafael Bordao nació en La Habana, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1980. Es graduado en Filosofía (Ph.D.) por la Universidad de Columbia en Nueva York. Poeta y escritor con numerosos libros publicados.