Artes y Letras

“Loba solitaria”, un ejercicio de sinceridad frente a los espejos de la memoria

Massiel Pita Hernández, autora de “Loba solitaria”.
Massiel Pita Hernández, autora de “Loba solitaria”. Foto de cortesía

La disfuncionalidad en el hogar cubano contemporáneo es un fenómeno complejo alimentado por la emigración masiva y la erosión de los lazos afectivos. Frente a esta crisis, reformas legales como el Código de las Familias han formalizado el rol de los abuelos como cuidadores principales. Sin embargo, ¿qué sucede cuando ese refugio generacional se convierte en el epicentro del trauma? Esta es la premisa implícita que explora la escritora cubana Massiel Pita Hernández en su ópera prima, Loba solitaria.

La novela funciona como un relato de iniciación que sigue los pasos de Lara, y su laberinto del abandono, una niña marcada por las fracturas de su entorno. Tras el divorcio de sus padres, Lara es entregada por su madre a la custodia de su padre y su abuela paterna. Este aparente acto de salvación es, en realidad, un traslado de escenario: la madre busca protegerla de un nuevo matrimonio sumergido en la codependencia y el abuso físico y psicológico, pero la deja a merced de una nueva hostilidad.

El verdadero peso de la trama no radica solo en el abandono emocional de los padres, sino en la convivencia con la abuela paterna. Con una personalidad manipuladora que roza la psicopatía, esta figura central empuja a Lara hacia un aislamiento extremo. Es a través de esta resistencia frente a la crueldad doméstica que la protagonista forja la resiliencia necesaria para transformarse en lo que el título promete: una loba solitaria.

Frente a una realidad absurda y asfixiante, Lara encuentra su salvación en el mundo de los sueños y el refugio de la literatura. Como bien señala el poeta Pablo Santiesteban en el prólogo, la autora “va tejiendo con un hilo certero y metafórico pequeños capítulos que bien pudieran ser las páginas del diario de una joven atormentada”. La escritura se convierte en el mecanismo de descarga para el dolor que la acompaña, siendo así búnker y catarsis a la vez.

El estilo de Pita Hernández en esta primera entrega es directo, libre de ambigüedades y, como la buena prosa, “limpia hasta los huesos”. Aunque la obra muestra la urgencia y la falta de distancia propias de una escritora novel —donde la pasión por contar a veces supera la mesura técnica—, los destellos de lucidez revelan a una narradora incipiente con una voz auténtica.

Resulta imposible obviar el trasfondo de la autora, el fantasma de la influencia. Su paso laboral por la finca La Vigía, el mítico hogar cubano de Ernest Hemingway, parece haber dejado una impronta en su oficio. Es probable que la convivencia con el fantasma del autor estadounidense, entre la maleza y sus libros viejos, haya encendido en ella esa necesidad compulsiva de narrar.

Loba solitaria es, en última instancia, un ejercicio de sinceridad descarnada. Es un cuaderno donde la obsesión y la autenticidad importan más que la perfección estructural. Massiel Pita nos entrega un espejo de sus propios demonios, recordándonos que hay avatares de la existencia que sólo la literatura es capaz de exorcizar.

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