Artes y Letras

Una vía para la insubordinación

Escrito cuatro años antes de su muerte y cuarenta y siete después de Un bárbaro en Asia, Una vía para la insubordinación (Alpha Decay, Barcelona, 2015) pertenece a ese período laxo de Henri Michaux en que la literatura (o lo que es lo mismo, sus artefactos) había dejado de ser “caligrafía” para convertirse en investigación, comentario pseudocientífico, curiosidad, pero sin la musiquita que muchos de sus grandes relatos –no hace mucho tiempo atrás– habían tenido.

Relatos que no solo estarían marcados por los dibujos o escrituras que él iría insertando en libros únicos como Miserable milagro, Las grandes pruebas del espíritu o Plume, para solo citar algunos de su larguísimo curriculum, sino, por una paradoja (esencial, podríamos decir): la de mezclar, como muy pocos antes habían hecho, delirio y concepto. O lo que es lo mismo, la capacidad de sublimar el yo hasta convertirlo en experimento…, y la capacidad de pensar hasta desembocar en un mundo clínico, de trip y excepción.

Michaux, quien nunca se afilió al surrealismo o grupo alguno de vanguardia, aunque varias veces fuera insertado en algunas de sus antologías, fue, en verdad, siempre un solitario, aunque su amistad con Cioran llegó a ser legendaria. Su obra, comparada muchas veces a la de Burroughs o Huxley (droga collection), nunca tuvo que ver específicamente con la de nadie. Sus poemas, sus dibujos, sus manchas, sus viajes, eran su propio “coso”. Su mezcalina.

Bastaría recorrer un libro como Ecuador para darnos cuenta del divorcio entre realidad y obsesión que gobernaba a toda su literatura. Fractura de la que trata precisamente Una vía para la insubordinación. Ensayo sobre el muy manido, incluso en el año en que se publica: 1980, tema del poltergeist.

¿No ha tratado gran parte de la literatura gótica y el mundo peliculero de los sesentas y la mayoría de las hagiografías, a las que Michaux era adicto, e incluso muchas de las fotos de principios del siglo XX sobre ese “espíritu que hace ruido”, ese energón que fuera de toda realidad, aunque siempre muy cerca de nuestros propios demonios, puede incluso llegar a mordernos o abofetearnos?

El poltergeist, para Michaux, no solo era lo desconocido, sino, y aquí estaba su sello, ese Mal que liberamos cuando reptamos por el adentro de nosotros mismos, cuando nos convertimos en túnel, pista de autoconocimiento, hueco…, de ahí que todo el mundo antiguo, ese de contrarreligión y atavismos fuera un mundo obseso por el “fantasma”, e incluso el self que construye la droga, siempre tan lejos de una moral de lo cotidiano y tan cerca de la risa negativa (dixit Derrida), fuera también una incursión en lo mismo, en el no-límite del conocimiento y la fuerza, esa que es imposible de conseguir observando desde el balcón o haciendo musculito.

¿Es el mundo contemporáneo un espacio, una comunidad, un impulso poltergeist?

Por desgracia, cada vez menos. La banalidad, el mercado y el neoanalfabetismo rasurador que viven nuestras sociedades, donde muy pocas cosas son vividas como ludos, apenas permiten esa introspección, ese buceo en la “clínica” que reclamaba el autor de Una vía para la insubordinación. Libro que, como ya dijimos, sin estar a la altura de lo excelso del belga (se nacionalizaría francés luego), es un excelente apunte sobre nuestra eterna vía oscura. Vía que hoy algunos continúan desde una zona en la que Henri Michaux fue precisamente un maestro: la pos-ficción y el juego filosófico con los géneros. La literatura como una construcción larga de eso que solo desde el falseto es posible aún inscribir como Yo.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de septiembre de 2015, 10:06 a. m. with the headline "Una vía para la insubordinación."

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